“¿Qué tan cierto es que las mujeres maduran más rápido que los hombres?” La pregunta rondó en su cabeza durante semanas. La noche estaba perfecta para un buen vino en la plaza al lado de algún compañero con quien conversar. La pregunta continuó en su cabeza y el cigarrillo que no terminaba de ahogar nunca sus penas, sus dolores, sus ideas.

“¿Cómo es que siempre buscamos respuestas en el afuera y no vemos que dentro nuestro están las marcas?”. Recordó dentro suyo.

El cumpleaños de su amiga Chechu había sido el sábado por la noche. Ella siempre llegaba temprano; no había forma de agarrar el colectivo correcto sabiendo que viajaba de Benavidez al culo del mundo (Capital). “Siempre lo mismo, perdiendo mi tiempo; esperando que algo suceda”. Pensó aquella vez. Mientras la ciudad comenzaba a moverse cual fin de semana típico: lleno de personas con ‘Libertad condicional’ como los llamaba un amigo querido, ella reflexionaba otras cosas. Una vez dentro, entre pizzas, empanadas y agua, en el micrófono anuncian un show de Steepers. “¿Y esto, qué es?” Su amiga no le había dicho que iba a haber un show así. “¿La oportunidad perfecta para romper estructuras, tal vez?” No tenía muchas ganas de secuencias extrañas, pero no había otra, el destino la llevaba a su juego preferido. Aquella noche, en el primer show (que según el micrófono anunció, era para hombres) apareció una mina vestida de militar. Bailaba radicalmente en el caño haciendo cosas que a ella le provocaba más dolor de espalda que placer; tenía entre 50 y 60 y le recordó a Madonna. El segundo show con música romántica (supuestamente para mujeres) mostraba a un hombre todo trabado físicamente y que la única habilidad que tenía (además de producirle vómito por la sonrisa operada y el cuerpo increíblemente duro) era sostener la camisa que se había sacado, con su miembro (para esto debía consumir alguna que otra dosis de Viagra). Ya pareciendole absurdo y sin razón todo ese show, y generandole sensación de acidez en la panza, algo llamó su atención e hizo que levantara la cabeza del plato de comida. Llegaba el tercer de show de la noche: La Colegiala.

“Ahí estaba la respuesta” recordó de pronto esa noche en la plaza “Todo se volvió tan claro. Sexualizadas desde colegialas, esa es nuestra realidad.” Mientras le daban del pico a la botella de tinto, conecto ese suceso con la charla actual y dijo:  “Tantas mujeres abusadas o violadas física y emocionalmente desde temprana edad. Así me parece tan obvia la respuesta a esas verdades que nunca nadie cuestiona. ¿Acaso estamos ciegos? Claro que sexualmente maduramos o experimentemos la sexualidad más temprano si tenemos algún tío borracho que nos tocó los pechos en alguna fiesta de navidad cuando nadie veía; o un abuelo que nos mostró sus bolas caídas y su pene apenas levantado y nos preguntó: ¿te gusta?. La sexualidad irrumpe en nuestra vida desde temprano y violentamente”

La joven continuó con su grito mientras vomitaba sus odios, sus vivencias. “Alguna vez me han dicho, algunos Hombres que Escuchan,  que sentían admiración por nuestras historias ¿Pero que admiran? Si somos como cucarachas que sobreviven en la basura de esta Sociedad. ¡Claro! Admiradas por las marcas que acumulamos desde jóvenes, como si fuéramos heroínas del cuento; pero la vida no es un cuento, y no todos tienen finales felices.”

Su cuerpo se iba poniendo cada vez más tenso y se enojaba hasta consigo misma “¿Somos tan imbéciles, ignorantes, negadores del lugar en el que vivimos? Desde niñas solo somos objetos que se exponen desde lo que nos impone el masculino. Con el chip de que para atraer al hombre, tengo que ser superficial y no registrar mi incomodidad, mi inseguridad o mi deseo; y encima con la carga de que la única manera de realizarme es al lado de alguien más.”

Él seguía mirándome con ojos brillosos, atento a lo que decía y a lo que sentía. “¿Sabes cuál es el la otra verdad con la que crecimos muchas mujeres?” Dijo desafiando su propio intelecto. “Que siempre debemos agradecer y que para obtener algo, siempre hay que dar otra cosa a cambio”. Ese es un precepto clave en nuestro crecimiento. Esa ha sido la Verdad Absoluta en la que crecimos muchas de nosotras y por eso no nos animamos a subir al auto del vecino: aunque llueva, aunque sea de noche o esté con mis hijos. De una manera tengo que pagar dentro del capitalismo del orto; con una sonrisa, con mi número de teléfono o con la respuesta a si tengo novio o no. Nosotras siempre debemos pagar; con sangre, con dolor, con cicatrices, con la vida. Esta ha sido nuestra única verdad, nuestros absolutos. No somos nada sin Ellos, porque Ellos nos construyen. No nos dan nada sin tener que dar algo a cambio, porque nosotras somos objetos y como dice un gran maestro mío: tienen precio puesto desde ayer”.

El compañero me escuchaba extasiado, observaba mi reacción, mi enojo y mi dolor. “ Si, ganamos su silencio, como dicen algunas personas, pero al escucharme y ver su empatía y mi dolor, entendí que no es suficiente.

 

Maria Del Mar.

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