¿Tiene una moneda para cargar la SUBE? – me preguntó un muchacho vestido con una campera de un equipo de fútbol europeo. Mintiendo le respondí que no, “nada”. Me encontraba sentado junto a una mesa sobre la vereda de una pizzería en la zona de Virreyes. Eran las doce del mediodía de un lunes. Ya le había dado cinco pesos a un nene y le había comprado tres pares de medias a otro flaco.

El receptor de mi respuesta caminó quince metros hacia la calle. Cuando parecía que se disponía a cruzar, un dúo de patrulleros interceptó su paso. Los dos policías con mejor físico bajaron corriendo y le pidieron documentos. Se los dio sin chistar. “¿Dónde vas?”, le preguntó uno. “A mi casa”, contestó. “¿Dónde queda?”  “acá nomás, sobre Garibaldi”. Acto seguido, el poli que llevaba la voz cantante le señaló una de las patrullas y lo invitó a subir, “cordialmente” le darían un aventón.

El muchacho, sin sus documentos, se subió

Mi cara no llegó a dibujar un gesto de asombro. “Se está poniendo feo”, le dije a mi compañero de almuerzo, un tipo al que poco suelen importarle las cosas que suceden más allá de su nariz.

– Me pasó el sábado. – Me respondió mientras su piel adquiría un tono pálido. En su cabeza empezaban a sobrevolar recuerdos que preferiría olvidar. Que preferiría no haber vivido.

Conducía su moto rumbo a su casa. Regresaba de trabajar. El sábado hacemos media jornada, serían las dos de la tarde. Una moto con dos policías se le puso al lado, el que no conducía le apuntó con una escopeta a la cabeza y le exigió que frenase. Cuando lo hizo, le ordenaron que se tirara al piso. “Qué pasa, qué pasa”, decía él mientras lo hacía lentamente por incredulidad más que por desobediencia. “Al piso o te vuelo la cabeza con casco y todo pendejo”. Una vez en el piso lo palparon de forma brusca y le sacaron la billetera. Miraron sus documentos, le repitieron su nombre a modo de pregunta y él afirmó. Se sacó el casco, o se lo sacaron, no recuerda; pero se lo tiraron a unos metros de distancia. Lo hicieron parar, lo apuntaba todo el tiempo el policía más apartado de la escena. Mientras, llegaban refuerzos; en total, dos motos y dos patrulleros. No estaban pintados de forma normal, eran parte de alguna brigada especial. Le hicieron el mismo cuestionario que al pibe que le negué una moneda, pero antes de proponerle que los acompañara le hicieron una tercera pregunta:

– ¿No tenés nada?

– No, nada.

– ¿Seguro? Me parece que te estás haciendo el salame.

– No tengo nada. – llegó a decir antes de que lo subieran al patrullero. Su moto se la llevó conduciendo aquél que conoció detrás de una escopeta.

Tenía un porro en la billetera.

En la comisaría lo tuvieron demorado aproximadamente cinco horas. Incomunicado. Sin permitirle llamada alguna.

Mi compañero tiene 19 años. Es un pibe. Como nos pasó a todos a esa edad, está muy despierto para algunas cosas pero no sabe desenvolverse en muchas otras. No conoce nada sobre sus derechos. En su nerviosismo pensaba en la moto. No quería que fuera confiscada. Entonces obedecía. Su moto es una Twister. Hasta donde mi ignorancia me permite, un modelo muy de moda entre los fanáticos de las motos. Buscada y admirada por los chorros. Su forma de vestir tiene el estilo de un reguetonero. Habla siempre de “perro” “nieri” “amigo”. Labura nueve horas de lunes a viernes y seis los sábados. Su sueldo le permite elegir su ropa y su moto. Fuma porro. Quizás en exceso.

Vos escondés algo, le repetía insistente un cana. Dónde ibas, acotaba otro. No te hagas el boludo, advertían ambos. El interrogatorio se daba en un cuarto de la comisaría. Él intentaba complacerlos, quería irse con su moto.

Lo hicieron desnudar. Revolvieron su ropa. No encontraron nada. Les llamó la atención que no tuviera celular. Unos días atrás se le había roto. No contentos con las respuestas y con la trunca búsqueda seguían insistiendo en que debía ser un tranza. Un pichi, pero tranza. Creían que había tirado el celular en algún momento, que lo había descartado. ¿Cuándo? ¿Antes o después de que su casco separara a su cabeza de una escopeta? Le exigieron que se agachara y se abriera de piernas, y que hiciera fuerza: “como si fueras a cagar, no te hagas el boludo eh”. Lo hizo. No cagó. No pasó nada.

Suelo retarlo cuando me entero que hace boludeces. Lo reté. No podía concebir la situación. Estaba entre indignado y enojado. Le expliqué a grandes rasgos cuáles eran sus derechos. “Lo que más sentí fue vergüenza”, me confesó. Jamás lo había escuchado ni siquiera usar esa palabra. Calcula que fueron cuatro o cinco horas. Después de cambiarse lo dejaron sentar en el salón de entrada de la comisaría. Durante una hora y media nadie le habló. En un acto de cierta valentía preguntó:

– ¿Qué pasa conmigo?

– Ah, seguís acá. Firmá esto y andate. – Le respondió el encargado de la entrada.

– ¿Mi moto?

– Afuera. Tomá las llaves.

Le dieron la copia de un acta que no dice nada sobre desnudez, sobre escopetas apuntado a la cabeza, sobre policías en motos ajenas.

Firmó. Se fue.  

La charla se consumió junto con la pizza. El sabor de la grande de muzza se pareció al de otros tiempos, hasta hace poco, lejanos.

Buenos Aires, 2019. Si estamos en democracia, es hora de poner un límite.

Rene Ruiz.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s