Valeria era un personaje. Sabíamos que estaba llegando, cuando la escuchabas a dos cuadras del Hospital a los gritos: ¡Ay, me muero, me muero!

No faltaba casi nunca aquel desconocido que la agarraba del brazo y la acompañaba también gritando: ¡Corran que se muere la vieja!

Si escuchábamos bocinazos corríamos a abrir las puertas del pasillo para que no rompieran nada como era habitual en esa situación. En seguida, interceptabamos al acompañante que seguía gritando: ¡Se muere!, ¡Se muere!. Para entonces tomábamos a Valeria del brazo y la llevábamos a una habitación. Luego nos dirigiamos a calmar al acompañante que normalmente se iba agitado y preocupado. Pobre, no se daba cuenta que todo era un show.

-¡Valeria! Siempre igual vos. Calmate y anda a hacer mates, dale-

Claro que hasta que no le ponías el nebulizador, no paraba. Lo que tenía que ser un tratamiento de 15 minutos terminaba en cinco y ya la teníamos dando vueltas por los pasillos de la Guardia.

La situación más anecdótica fue cuando la ví subir al colectivo al que yo iba. Corrí a sentarme a la parte de atrás para espiarla y ver qué hacía. Apenas Valeria puso un pié en el colectivo, comenzó la función.

-¡Ay me muero, me muero! Dios Bendito ayudame que me falta el aire –

Yo sabía que todas las semanas hacía lo mismo, una mujer grande sintiéndose mal era motivo más que suficiente para ir directo al Hospital más cercano. Me asusté cuando el colectivero aceleró, sin importarle semáforos ni peatones, acompañado de bocinazos descontrolados. Aquella vez, corrí hacia la cabina del conductor y tuve que confesarle al chofer que era enfermero para que se calmara y bajara la velocidad. Cuando llegamos y el colectivero se fue entre aplausos y suspiros de alivio de la gente, la tuve que cagar a pedos:

-¡Valera! Casi nos matamos por tu culpa. Andá a hacer mates que me cambio y entro-

No le confesé, por razones obvias, que esa noche me salvó de llegar tarde y lo gracioso es que al rato la tenía persiguiendome por los pasillos con el termo bajo el brazo.

– ¡Queriiido!, ¿Me preparas un té? – Decía con una taza en las manos, sentada en los bancos de espera con una sonrisa picarona en la cara.

Pasaba horas charlando con los diferentes pacientes que llegaban y después se acercaba a la sala de Médicos a contar el chusmerio del que se había enterado. Caminaba muy lentamente por los pasillos, saludando como quién recorre el vecindario de su casa y deteniendose con cada persona que tenía el tiempo de escucharla o contarle historias. Mi padre me habló de ella y mientras me relataba sus jugarretas de edad, sus ojos se veían nostálgicos y ensoñadores, casi como sucede en todas las personas que evocan recuerdos de tiempo pasados; mejores para muchos. Mi padre terminó de contarme la historia y me explicó muy dulcemente:

“Ella era la vejez y la risa juntas como nunca lo ví. Su edad había llegado rodeada de soledad y hambre. A veces bastaba con una taza de té y pan para que volviera a su casa. No había maldad ni capricho, solo un corazón y un estómago vacío. Al menos, así la recuerdo”

 

A mi padre, que me ha enseñado a ver lo mejor de las almas en cada rincón de mi camino.

Y mucho más.

 

Maria del Mar – crotoxina.webnode.com

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