Detrás del plasma, tras un amplio ventanal, se extiende un jardín con pocas plantas. Luis estira el cuello para ver sobre las cabezas de Alicia y Julio y al otro lado de unos matorrales alcanza a ver la calle. El mundo exterior, a primera vista, no le parece tan amenazante. Un niño pedalea solo sobre una bicicleta. Luis niega con la cabeza.

-Ya no se puede andar solo por la calle. ¿En qué estarán pensando esos padres?

El canal de noticias vuelve al móvil en José León Suarez: otra mujer embarazada fue asesinada en el Gran Buenos Aires tras quedar en medio de un tiroteo. Es la cuarta vez en el día que el canal transmite la noticia. Según informan, los vecinos se estarían organizando para dirigirse a la comisaría del bario e iniciar allí una protesta.

“No es para menos”, medita Luis.
Escucha que Mario, el jujeño que llegó al geriátrico hace apenas cuatro meses, lanza una frase al aire, sin un destinatario preciso:

-En en mi época esto no pasaba.

Mario es nuevo. Luis hace siete años que pasa sus días en la Residencia Geriátrica Los Años Dorados. Ya no recuerda a cuantos vio llegar. Tampoco puede precisar cuántos de ellos han fallecido. Mira a Juana y piensa que probablemente sea la próxima.

Juana fue siempre la más simpática de todas las “chicas”, como las llaman los enfermeros. Ahora, desparramada en un sillón, no tiene fuerzas para moverse, ni para hablar. Juana será, quizás, la próxima en irse.
Suerte para ella, piensa Luis. ¿Para qué seguir viviendo y ver el infierno en que se convirtió el país? Hace seis horas que está frente a la televisión y nada bueno ha sucedido. Ya no hay moral.
Luego de una columna de economía en la que un hombre canoso de unos cincuenta años cuenta de qué manera el freno en la industria comienza a impactar en el nivel de empleo, el periodista de policiales relata con lujo de detalles la morbosidad de un crimen mafioso en la Ciudad de Buenos Aires. Ajuste de cuentas entre narcotraficantes.
-Ya no se puede dormir tranquilo. ¿Sabés una cosa? -le dice Marta al oído-. Todas las noches tengo la sensación de que pueden llegar a entrar acá también. ¿Por qué no? Si ya no se puede estar seguro en ningún sitio.
Cerca de las cinco de la tarde, Juan se levanta de su silla y cambia de canal. Sintoniza una serie cómica. Una hora después, vuelve a poner el canal de noticias, que está nuevamente dedicado al crimen de la embarazada en José León Suárez.

Juan es el único que usa el control remoto y lo cuida como a un tesoro invaluable. De pronto, el rojo invade toda la pantalla. “URGENTE”. La conductora anuncia que en la provincia de Formosa una estudiante secundaria fue golpeada por sus compañeros hasta quedar en estado de coma. El miedo y la desazón se apoderan de la sala del geriátrico Los Años Dorados, del Barrio de Caballito. Marta se lleva las manos a la boca y ahoga un grito de terror.
-La situación en las escuelas está descontrolada -afirma la periodista. A Luis se le atropellan las palabras en la boca, pero igual logra articularlas:-Malnacidos.

Vuelve a mirar a la calle. Comienza a oscurecer. Piensa en sus nietos. Las escuelas no son lugares seguros. Martincito y Lucía son carne de cañón para las hordas de pibes incivilizados que no dudan en matar a un compañero sin motivo aparente.
“Nadie hace nada”, medita. Le transpiran las manos.
Se hace definitivamente de noche. En cualquier momento Manuel aparecerá en el salón para invitarlos a pasar al comedor y disfrutar de la cena. La mayoría de los que están en la sala duermen. Los ronquidos tapan el sonido de la televisión. “¿Cómo pueden dormir tan tranquilos con todo lo pasa en la calle?” Han asesinado a otra persona en el Conurbano. En esta ocasión, se trata de un extranjero.
Marta le toca el hombro.
-¿Viste eso? –le pregunta. Algo se mueve entre los matorrales.

Solo quedan despiertos Marta, Juan –que tiene el audífono apagado-, Mario y él. Ven a alguien salir entre las plantas y caminar algunos pasos en el patio. Luis siente que el corazón se le desboca. Lo paraliza el pánico. Pero Mario, que es un hombre de pocas palabras, se inclina en su sillón y saca un arma. Se pone de pie con dificultad.
-No, Mario –dice Marta. Es la única que tiene la calma suficiente para poder articular una palabra. Nadie se despierta. Mario gira sobre sus piernas, se saca la boina y les dice que él no se quedará sentado esperando a que entren al geriátrico y hagan con ellos lo que quieran.

Mientras el joven con campera negra se agacha para atar los cordones de sus zapatillas, Mario abre la puerta que da al jardín. El joven termina de ajustarse el calzado, se sacude algunas ramas del matorral del que acaba de salir y ve detrás de un rosal la pelota que anda buscando. Por nada en el mundo va a abandonarla en el jardín de esa casa: están un gol abajo y no tienen otra pelota El partido tiene que seguir.
Luis no se habría animado. No tiene idea de dónde sacó Mario la pistola, pero le parece lógico. Es la única respuesta posible ante la amenaza del exterior. Su compañero del geriátrico Los Años Dorados levanta el arma y la apunta contra el joven. Luis solo puede pensar en una palabra: justicia. Lo que les muestra la televisión día y noche está sucediendo en el patio de su residencia y ellos están a punto de actuar. No se puede hacer otra cosa en los tiempos que corren.

 

Rene Ruiz

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s