Todavía no entendemos bien que es la Posverdad, parece un insulto que desde el campo de la comunicación se habilite este ¿concepto? Poco entendemos de sus mecanismos, que no son literarios, pues si el surrealismo intentaba ampliar la percepción de lo “real” por medio de diversos mecanismos y con una intención estética, la posverdad amplia el campo de la mentira, pero con la intención de que hacerlo pasar por lo verdadero. Hasta ciertos discursos de mediáticos “progres” justifican la Posverdad, es decir relativizar la verdad pero no para problematizar, sino para dar rienda suelta a la mentira, pues si no podemos definir qué es verdad, tampoco qué es mentira. Al menos hubiese sido un acto de honestidad intelectual llamar a esta idea posmentira.

Y si de imagen se trata, de puestas en escenas y de posverdades, la derecha argentina ha dado cátedra en su praxis, supo capitalizar el horizonte de farsas que pasan por verdad haciendo uso de todos los medios  de difusión posibles.

Es así como una de las candidatas del Pro en San Fernando, Agustina Ciarletta se permite promocionar vía Facebook imágenes falsas. La imagen es de una señora que está saludándola, esta imagen acompaña una publicación que menciona que estuvieron entregando títulos de propiedad, pero la señora de la imagen, madre de una amiga mía, no recibió ningún título de propiedad. Tal vez, hayan entregado dichos títulos, pero a esa señora no.

No es la primera vez, ni la más grave, que este espacio político utiliza sin autorización imágenes o datos de personas, basta recordar la cantidad de aportantes truchos de campaña en la Provincia de Buenos Aires, o que arman puestas en escena fabulosas como la que aún recuerdan los vecinos de las islas del Delta, de esta misma candidata, justificando el cierre de escuelas. Hay que reconocer que la derecha argentina ha logrado ensanchar los límites de la mentira hasta espacios impensados, reconozcámosle el derecho de autoría de la posmentira o de la PROmentira.

Si estos espacios políticos hacen uso de los medios de comunicación que son socios suyos o de las redes sociales con total impunidad, ¿no será hora de marcarles el terreno, el límite “moral” y comenzar a escracharlos por todos los medios que tenemos a nuestro alcance? Y si ellos usan tan bien los espacios virtuales y las redes sociales, ¿no es hora de escracharlos en el terreno que mejor le sienta al pueblo trabajador: el espacio público, ¿La calle? ¿Qué estaremos esperando?

 

Pablo Piris

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