Las siestas de Don Luis

Cuentan las mujeres de mi familia que mi abuelo fue hijo de un padre trotamundos y pirata. Se cuenta en mi casa desde que soy chico que mi bisabuelo se escabulló de España y tuvo hijos en cada país en el que desembarcó,  a lo largo y ancho del Caribe y más al sur. En la selva brasilera o en Jamaica. Volvió a Granada por poco tiempo y allí vio por primera vez la luz el papá de mi mamá, Luis, el abuelo Luis, Don Luis. Su nacionalidad fue capricho puro del tiempo y del azar.

Tuvo fama, él también, de mujeriego. Jugó a la pelota y vivió a su modo, hasta que cerca de los treinta unió su camino con el de una muchacha, la más linda del barrio, la más cabrona, la más dura y no se separaron nunca más.

Pero un día cualquiera, justo cuando todos empezábamos a pensar que iba a ser eterno, que no se moría nunca, que sus noventa, tan bien llevados, podían convertirse en cien y más, le falló el corazón.

Fue carnicero y peronista. Hizo una pequeña fortuna que se apuró a perder, entre regalos y préstamos imprudentes.

Recién de viejo, después de toda una vida de laburo, se acordó de España y comenzó a renegar de la Argentina en la se hizo hombre. Murió mirando para allá, hacia una Europa a la que nunca volvería, viendo TVE y los partidos del Real Madrid, comiendo galletitas de agua y quedándose dormido en todas partes con una tranquilidad y una efectividad de la que solo pueden gozar los que tienen la conciencia tranquila. Era cuestión de que estuviera quieto unos segundos para pasar al otro lado, sin trámites.

Discutió hasta el último día de su vida, orgulloso, defendiendo sus posturas.

Las tardes en el comedor de su casa, las peleas interminables con mi abuela, los chistes sobre fútbol, sus siestas al costado de la pileta en Beccar, son tatuajes en la carne que no se me borran, aunque a veces me cuesta acordarme de su cara y tenga que ir a buscar una foto.

Pero vale la pena mirar cada tanto hacia atrás, acordarse, buscarse, intentar reflejarse en la historia de los que fueron lo que fueron para que nosotros hoy seamos lo que somos. Quizas, para eso sirva esta gambeta al olvido en una baldosa o pequeño pase de magia para traer a alguien de vuelta por un rato.

Sebastián Pujol.

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