Tengo un 24 de marzo grabado en mi memoria, el de 1976 y eso que yo nací en el 84. Lo tengo grabado en la memoria y en el cuerpo y en el alma. Lo recuerdo, lo siento, lo huelo, lo sufro. Lo lloro. En mis primeras marchas, hace ya unos cuantos años, observaba en silencio a aquellas y aquellos, esas personas mayores que yo  que marchaban con semblante duro. Los miraba desde mi incertidumbre; sabía qué había pasado durante esos años infames, pero no podía saber lo que significaba haberlos vivido.

Nacida en democracia, complicada y siempre a punto de tumbar, pero democracia al fin, ciertas cosas me resultaban lejanas: historias escritas en libros, relatos oscuros de alguien, el “Nunca Más”. En mi casa no se hablaba mucho del tema, mis viejos siempre dijeron que ni siquiera se habían enterado de lo que sucedía, que ellos no molestaban y por eso estaban vivos (siempre lo dijeron como si por un lado fuese un alivio y, por otro, una culpa).

El colegio, algunos profes copados y la vida misma me fueron llevando a querer saber más de esa historia funesta de un país que era el mío, aunque lejano. Y también una compañera, la recuerdo perfectamente. En una clase de historia que estaba a cargo de un docente que años después me crucé en recitales y en bares, un barbudo que nos hacía debatir y reflexionar, ella dijo casi como si se le hubiese ocurrido en el momento, “algo habrán hecho”. Ese instante fue una bisagra en mi vida, tomé posición para siempre: el corazón me explotó, mi boca empezó a decir palabras que no salían de mi cabeza, era como si miles me guiaran, como algo externo e interno a la vez. Ese día tomé posición, para siempre.

Hoy, tengo ese 24 de marzo en la piel. No lo viví físicamente, pero lo vivo y lo viviré en el cuerpo y en la sangre de los 30.000 compañeros y compañeras secuestrados, torturados y desaparecidos. Y también en cada marcha y en cada garganta que grita: “a donde vayan los iremos a buscar”. Allí lo vivo; en las lágrimas y sonrisas que recuerdan a quién se llevaron en una noche oscura de botas; en el rostro de esos niños y niñas que en la marcha portan su inocencia; en las madres, mujeres inmensas que con su fortaleza se llevaron y se llevan puesta a la injusticia.

Tengo un 24 de marzo grabado en la memoria y en el cuerpo y en el alma. En una memoria, un cuerpo y un alma colectivos. Este año, como siempre, la plaza nos reunirá en una comunión extraña: miles y miles de cuerpos, almas y memorias recordando a quienes ya no están, repudiando a las bestias, exigiendo justicia. Miles de cuerpos, almas y memorias amando a la vida y a la libertad, amando a las madres y a las abuelas de la plaza y abrazándolas con el corazón. Amando y abrazando a esas mariposas que quizás vuelvan a visitarnos, como alguna vez hace no mucho tiempo. Miles de cuerpos, almas y memorias gritando, hoy más que nunca, “nunca más”.

 

Vera Suárez

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