El 24 de marzo de 1976 fue el comienzo de la época más oscura de la historia Argentina. Una fecha que dio inicio a una tragedia que, al parecer, mientras todas las madres y abuelas no se reencuentren con sus hijos y nietos, no tendrá fin. Ese proceso que desangro al pueblo irrumpió en cada uno de los sectores de la sociedad, transformándolos para siempre. Cada esfera social se tuvo que repensar a si misma. Su rol antes, durante y después. Pero por sobre todas las cosas, tuvimos que aprender a convivir con el dolor, a intentar alguna cicatrización para construir la memoria y las subjetividades que llevarían a la tumba de cemento a los responsables. El rock fue uno de los actores sociales contemporáneos al genocidio. Intentaremos comprender cual fue el lugar que ocupo, su compromiso y utilidad, en una época tan dramática para todos aquellos que no formaban parte de los privilegios del poder.

Si hablamos de rock, hablamos de rebeldía. Por lo menos de la rebeldía que manifestaban los jóvenes en los albores rockeros. Esos chicos eran hijos de los veteranos de la segunda guerra mundial y de los obreros del fordismo. Les sobraban motivos para emanciparse de los ideales de sus padres e intentar una vida distinta. El rock les dio un refugio transgresor brindándoles una ruptura con las mentes esquemáticas que provenían del positivismo racional del siglo XIX. En Argentina, el 24 de marzo del 76, el género recién comenzaba y ya se lo hería de muerte. El régimen mostraría su cara mas sanguinaria para mantener el orden, y toda la música quedaría bajo la lupa de las botas.

Para reorganizar una sociedad, una de las metas que tendría la dictadura, era necesario intervenir la cultura y moldearla a gusto. En la búsqueda de este objetivo, la censura fue una herramienta vital. El rock fue intensamente censurado, a partir de la prohibición de letras o impulsando al exilio a artistas bajo amenazas de muerte. Pero a pesar de que el movimiento aporto sus desaparecidos, como cada sector de la cultura, en los inicios dictatoriales, se le permitieron eventos masivos. Podríamos recordar el estreno de la película Adiós Sui Generis en 1976, que, si bien fue clasificada para mayores de 18 años, tuvo un tenso estreno. Otro de los eventos simbólicos de la época fue la vuelta de Almendra, que colmaría el estadio Luna Park en 1979.

Aquí se manifiesta una de las contradicciones que tendría la dictadura respecto de su vínculo con la música. En el rock había encontrado un estereotipo de enemigo interno, que le daba una figura del personaje subversivo al cual perseguía desde la censura, amenaza o acción concreta, pero dejaba abierta una ventana, una especie de Aleph. Los grupos tocaban, bajo presión y con un profundo temor, pero tocaban. Los eventos se producían. La gente se juntaba y lentamente, al estar prohibidas a fuego y sangre las expresiones y reuniones políticas, el rock se convirtió en un lugar de agrupamiento. En un disfraz de resistencia.

De esta manera emerge el lugar que tuvo el rock y toda la música popular. Por esa hendija donde se filtraba el arte fluían las metáforas que buscaban desmoronar el orden. Porque la música es eso. Desborde. Se logra a través de la metáfora llegar, sin filtro y de lleno, a las sensaciones primarias, desbordando el ordenamiento racional. Es inconsciente y quizás poco pragmático, pero en tiempos en donde el pragmatismo político estaba siendo aniquilado, el manotazo de ahogado se presentaba en forma de guitarra. Había que meterle una bala a la razón. La razón militar. Pipo Lernoud, uno de los fundadores de la revista expreso imaginario, decía “Nosotros teníamos todo para publicar el primer numero en marzo del 76, linda fecha. No sabíamos que hacer, hasta que dijimos, bueno ataquemos con algo que no entiendan. Nuestra metralleta fue la literatura. Y así salimos”.

Entonces el rock fue eso, un error en la matrix del terror. Al estar permitido, tuvo muchas críticas progresistas. Pero el permiso estaba dentro de los parámetros de permisos dictatoriales. Es decir, te desaparecían a alguno, censuraban letras, discos o artistas pero había recitales, incluso algún que otro festival. En ese contexto, Charly desenvolvía su pistola y tiraba:

Se acabo ese sueño que te hace feliz. No cuentes lo que viste en los jardines el sueño acabo. Ya no hay morsas ni tortugas. Un rio de cabezas aplastadas por el mismo pie, juegan criquet bajo la luna. Estamos en la tierra de nadie, pero es mía. Los inocentes son los culpables dice su señoría.

No creo que tenga mucho sentido interrogar al artista para descifrar que quiso decir. La metáfora, tenga su inspiración en lo que sea, en esos tiempos era un todo. Nose si Charly estaba pensando en los desaparecidos, perseguidos o muertos, pero si en una celda alguna de las victimas escuchaba esa canción, estoy seguro de que hubiera derramado alguna lagrima, otra más. Quizás si algún confundido, de esa clase media siempre confundida, escuchaba el tema, se emocionaría y por ahí le generaría alguna duda. Esa duda era un triunfo. El mencionado desmoronamiento del orden racional a partir de la emoción. Poco pero un montón.

Este 24 tenemos que gritar fuerte, claro y sin metaforas por aquellos que no pueden hacerlo y para que los cómplices de la tragedia dejen de gobernarnos. Porque desde el 2015 algo está mas que claro, hay mucha tropa riendo en las calles y nuestro amo juega al esclavo.

Ignacio Calza.

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