Ella había despertado con las muñecas vendadas y los ojos ardiendo. La cabeza no paraba, tambor penetrante, mortífero, punzante; voces, ruido a motor de autos, todo resonado al mismo tiempo. Sus ojos comenzaron a aclararse.

“ ¿Por qué lo hiciste? ¿Cómo te atreviste a hacerlo?” Frases recorrían caras de familiares, noticieros y amigos. Todos, las mismas preguntas, ninguna por ella.

En un principio la culpa la hizo temblar, hasta que el mundo se vio interrumpido con su grito súbito y ahogado en saliva: ¡Eran ellos o yo!. La habitación quedó en silencio. En la cama blanca apenas se había levantado la mitad de un cuerpo que aún no sentía las piernas, un esqueleto frágil que había alcanzado a reflejar un rayo de verdad. El efecto de la anestesia había pasado, el dolor punzante se localizaba bajo su ombligo, la garganta le quemaba; la imagen de tener atravesado un hierro en la tráquea, era lo más parecido al dolor de tantas silenciadas.

El sol de la mañana asomaba por la ventana, no sentía ni frío ni calor. Su cuerpo, roto en pedazos y con los puños aún doloridos no dejaban de repetir la misma frase una y otra vez: “Eran ellos o yo”

La historia recorrió los noticieros. La habían metido en un auto, habían intentado inyectarle algo pero ella, justo ella, ya había escuchado suficiente. Tantas muertes, violaciones, penetraciones con objetos. En esos minutos, todas esas mujeres dentro de sí, todos esos dolores fueron suyos en su cuerpo y el impulso desgarrador del instante decidió acabarlo: “Si tenía que morir me los llevaría conmigo y no me importaba absolutamente nada” Eso sera lo que más tarde declarará a las cámaras.

Su cuerpo le recordaba cada secuencia. El dolor en los hombros era producto del forcejeo con el acompañante de atrás, al cual le sacó la jeringa que tenía en la mano y en el movimiento, llegó a clavarla en el cuello del conductor, lo que produjo que volcaran. A medida sus familiares seguían discutiendo sobre sus intenciones y lo buena niña que era en el colegio y que jamás le había hecho daño ni a una mosca; ella seguía concentrándose en su cuerpo. Las piernas sostuvieron encima al acompañante de atrás, que había quedado inconsciente luego de volcar, por eso aun no las sentía; la anestesia o el cerebro seguían negando esa sensación. Le aclararon que el auto dio muchos giros en el aire antes de caer del puente localizado a metros de Ruta 26. En algún momento despertó dentro del auto y pudo sacarse de encima el otro cuerpo.

Mientras acariciaba las sabanas de la cama sus manos recordaron el asfalto firme y caliente. Creyéndose muerta, agotada, dolida; sintió una mano que acarició su cabeza: “Está bien, ya fue suficiente” dijo.

La mujer, de costado sobre la camilla de hospital, no podía ver lo que sucedía a su alrededor. Con toda la fuerza que pudo, luchó contra lo que se le venía, pero aún se cobraron algo. El dolor punzante bajo su ombligo, era la marca que cargaría toda su vida. En algún momento el acompañante de adelante, había despertado del golpe, y al ver el peligro en el que estaba, y ver que la piba de 16 años aún se movía en la ruta, tomó un fierro 22 y apuntó a inconsciencia. No había usado un arma, pero le habían dicho que para quedar impune, debía dejar todo limpio de testigos. Apenas sabiendo dónde le había dado y viendo que la joven no se movía tras el disparo, salió huyendo.

La sobreviviente, una entre pocas, tenía destrozado el útero y parte del intestino delgado. La bala giró dentro del cuerpo rompiendo todo a su alrededor. Pudieron reconstruir el intestino, con todas las complicaciones que había llevado, pero el útero y la infección que se generó en los ovarios era irreversible. Su sistema reproductor ya no servía para nada.

Las nubes de recuerdos se iban volviendo más nítidas. No había tenido miedo, no había dudado y ella lo sabía; así como en aquellos minutos de adrenalina supo lo que debía hacer, ella ahora miraba a su alrededor y no sentía nada. Sus familiares intentaban ver si había angustia en sus ojos o culpa en sus palabras, pero sólo encontraban una mirada firme, fija en la pared blanca de la habitación.

Todos los noticieros le hicieron preguntas y trataron de hacerla ver como víctima o victimario; solo uno reprodujo las declaraciones de la joven, para el resto, no era marketinera al público: “Se muy bien lo que hice, porque sabía muy bien lo que iba a pasar. No decidí por la adrenalina, ni por venganza. Sabía lo que debía hacer, supuse como acabaría de una u otra forma. Soy responsable de las muertes, tanto como soy responsable de mi vida y mi supervivencia. Solo diré lo último que pensé antes de accionar: “Eran ellos o yo”. Como mujer, me hago responsable de mi misma. Ya no víctima y débil, ni victimaria cruel y asesina. Sino responsable de las decisiones que tomamos en esta batalla en donde somos nosotras o ellos. Nuestros cuerpos son, el nuevo campo de guerra, y muchas decidimos, dar pelea.

 

Maria Del Mar Bisignano

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