El título de una nota nos suele envolver en largas discusiones. Buscamos que explique, que enganche, que describa. Lo simple suele ser la mejor opción. ¿Para qué más? En esta ocasión tenemos un apellido largo, cinco sílabas concatenan doce letras que en realidad son siete y con apenas dos vocales. Explican, enganchan, describen. Lo sencillo, lo complejo, lo genial. Él. El negro.

La caricatura es una de las expresiones culturales más trascendentales de la cultura Argentina. Está atravesada por una larga lista de artistas y personajes: Quino, Caloi, Oesterheld. Mafalda, Clemente, El eternauta. El negro aportó al rubro a Boogie, a Mendieta, a Inodoro. Pero no se frenó ahí. Fue más allá del trazo de sus dibujos.

Este mes en la Provincia de Córdoba se va a llevar a cabo el Congreso de la Lengua Española, organizado por la Real Academia Española. En 2004, en otra edición del mismo Congreso, se explayó en una defensa del uso de las malas palabras. Hizo reír y enseñó en un ámbito que aún le debe un verdadero y merecido reconocimiento. Según Sasturain, para los gozadores de la literatura académica “cometió el error de hacer reír y de tener lectores a patadas”.

Su estilo de reírse de todo pecó al reír de las estructuras existentes. Le importó poco. Sus cuentos nacidos en las mesas del bar El Cairo (mudados en sus últimos años de vida al Bar La Sede) patearon el tablero, como supo hacer también el Gordo Soriano en sus novelas. Sus historias trascendieron las páginas de los libros. “La mesa de los galanes” llegó a la televisión en el inolvidable ciclo de canal siete protagonizado por Coco Sily y Daniel Araoz, entre otros. Sus cuentos futboleros endulzaron oídos en la voz de Alejandro Apo. Lo mejor del negro no está en la historieta. Su genio se explaya sin igual allí donde menos ahondó y donde menos transcendió, en la novela.

En su primera novela le dio vida a un agente secreto sirio que recorre el mundo ganándose la vida mercenariamente. Su nombre titula a la obra: Best Seller. Desde el bautismo de su personaje se rie del mercado de la venta de libros. Lo mejor de Best Seller se encuentra en su segunda novela, Área 18. El negro vuelca todo su mundo en esas páginas y consigue una obra inigualable, la mejor novela cómica de la historia de la literatura. Entre risas, esboza toda su inteligente filosofía, describe irónicamente rincones del mundo que jamás conoció, ensaya explicaciones sobre temas de los que nunca sabremos si supo algo en realidad. A través de esas excusas da la sensación de que su cabeza pasó por la vida habiendo entendido todo, absolutamente todo. Para hacerlo le bastó con mezclar sus lecturas y conocimientos, con todo lo que palpó, mamó y amó de su querida Rosario.

Esta ciudad, capital cultural Argentina, tiene la particularidad de que sus genios tienen un arraigo especial por sus veredas. Sólo los habitantes de determinado lugar saben que tal personaje trascendental pertenece a ese lugar. Tenemos que Googlear o husmear en alguna biografía para conocer el origen de Quino, Borges, Soriano, Charly García. Sin embargo, todos sabemos de donde son originarios Olmedo, Fito, El negro, entre tantos otros.

En lo que fue su bar, allí donde estuvo su mesa, tiene una merecida estatua. La noche, los suyos, los amigos, los vecinos, los amantes de su obra y de su genio sin igual, fueron quienes pusieron la escultura. Los certámenes, las editoriales y la intelectualidad en general, omitieron y omiten el reconocimiento a uno de los más grandes. Él se fue del planeta poco preocupado por eso. Otro grande también futbolero e hincha de Central, Osvaldo Bayer, pasó a la eternidad sin conseguir uno de sus grandes objetivos, la demolición del monumento de Julio Argentino Roca. Los hijos de muchos de nosotros asisten a escuelas con el nombre del general genocida. Extraigo para compartir, del capítulo 13 de Área 18, un pasaje en el cual el negro resignifica los monumentos de ese tipo de mal nacidos.

[…]

-¿Qué le ha ocurrido a esta obra, entonces –tornó al asalto Seller-, la han extraído de alguna ruina? ¿O quizás el volcán Mombasa…?

-No. Nada de eso –se animó el hombre-. Nada de eso. En este país hay una bella costumbre. Una bella costumbre. La de erigir monumentos no sólo para los héroes o para los próceres. No sólo para ellos.

-Ahá.

-Sino que acá, desde siempre – continuó el empleado-, se han levantado, y se levantan, monumentos a los que cometen grandes errores. A los perversos. A los traidores. A los responsables de grandes calamidades. “¿Para qué?”, se preguntará usted.

Seller asintió con la cabeza.

-Para que la gente pueda verlos, recordarlos y enseñar a sus hijos, quiénes han sido estos personajes. Y decirles: “¿Ves, ves hijo mío, ese señor inmortalizado en esa estatua? Bien, ese señor fue un miserable traidor”. O bien “por culpa de ese señor sufrimos la peste de la viruela negra, o cualquiera de esas cosas”. Entonces las generaciones futuras ya saben quiénes los han perjudicado. Y aprenden a reconocer también a los buenos y a los malvados de carne y hueso, un poco por la enseñanza que ya traen de sus padres. Digamos, acá no hay olvido para los malos. […]

En el número especial que la Revista Caras y Caretas le dedicó tras su muerte, su editor de toda la vida escribió: “lo que más me gustó en este mundo: ser editor de libros y tener un autor como Roberto Fontanarrosa”.

Sergio Delbreil

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