La revista Marfil reunió a cuatro mujeres mayores de cuarenta años para hablar sobre su relación con la sexualidad durante su niñez y adolescencia. Una arquitecta, una directora de un jardin de infantes, una monja y una diseñadora gráfica.  Saquen sus propias conclusiones al respecto de la importancia de la educación sexual.

 

“La pregunta clave era: ¿Estás avivada?”, cuenta Susana, arquitecta de 59 años sentada junto a sus tres amigas, cuyas edades no bajan de los 40, en su casa en la localidad de Beccar. Sonríe y redobla la apuesta: “A mí me contó algunas cosas una compañera. Ella me dijo como era estar casada. Me acuerdo perfecto. El hombre y la mujer se desnudan, me dijo. Eso podía ser todas las noches o no. Nada más que eso. Yo tenía doce o trece años.”

Patricia tiene apenas un año más que su amiga y es directora de un jardín de infantes: “El adolescente no preguntaba. Podías salir de la secundaria sin tener ni idea.” asegura. “Cuando cursabas anatomía te daban el sistema nervioso central, todas las enfermedades, pero el aparato reproductor no se daba. Coincidía con que era una época totalmente represora. Era la época de Onganía. De eso no se hablaba. No hubo educación sexual.”

“Para aprender más”, dice Susana, “tuvimos que ir, con 17 años, a ver al cine una película que se llamaba derecho a nacer, en la que se mostraban escenas de partos. Era la única forma de aprender, de ver como nacían los bebes.”

Sin embargo, para Jorgelina de 42 años, que cursó la secundaria en un colegio de monjas en Rosario durante los años ochenta y del que salió para dedicar su vida al mismo camino que sus tutoras, la relación entre la educación sexual y la enseñanza era otra. “Cuando yo tenía 13 o 14 años era el auge del método Biling. Andábamos todas con el termómetro y la tablita a cuestas. Las monjas te explicaban en catequesis. Nos decían que teníamos que empezar a cuidarnos así porque era lo único que aceptaba la iglesia.”

“Dentro de las familias tampoco se hablaba”, explica Patricia y cuenta una anécdota que puede ayudar en parte a encontrar las razones de tanta desinformación: “A los veinte años me puse de novia con un muchacho que estudiaba veterinaria y que no podía concebir que una chica que iba a la facultad pudiera ser tan ignorante en este tema. Entonces me trajo un libro de medicina y a la semana siguiente me iba a tomar prueba oral” explica, “un día yo estaba sentada en la cama con el libro abierto lleno de dibujos cuando se sentó al lado mi mamá y me dijo: yo tuve tres hijas y esto tampoco lo sabía.”

Donatella, diseñadora gráfica que llegó a los 18 años a Buenos Aires desde Milán, cuenta hoy a los 42 lo notorio que era el atraso que había en la Argentina en el tema sexual. “La escuela pública italiana era mucho más liberal. Para las chicas de acá era todo un drama. Para mí era algo normal. El sentimiento del pecado no existía.”. Para dejar todavía más al descubierto el contraste entre las dos culturas, asegura que si ella lo pedía su madre la llevaba al ginecólogo para que le explique cómo funcionaba el aparato reproductor. “Mis papás sacaban libros, enciclopedias, de todo. Hoy en día te lo puedo dibujar a la perfección”.

“Todo cambió con los Beatles, ellos revolucionaron todo”, cuenta Patricia. “El tema del amor y la paz. Con el movimiento cultural de los hippies. Hagamos el amor y no la guerra. Los padres lo veían como si fuéramos locos, pero se tuvieron que acostumbrar.”

Jorgelina, desde su posición de religiosa, opina que ahora la situación se corrió hasta el otro extremo, y que “en la actualidad hay mucha información y nada de educación. En la tele solo falta el hecho explícito. Nosotros aprendemos muchas cosas gracias a Tinelli. Antes no se decía que por adelante, que por atrás. Antes solamente frente a frente, El misionero. Yo de la 66, la 69, o que se yo, no sabía nada”.

“Yo me enteré del misionero gracias a un afiche de Arnaldo André que con el tiempo censuraron. Aparecía en esa posición promocionando una obra de teatro en Mar del Plata”, remata Patricia.

 

René Ruiz

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