Terminator

Subiendo a la ruta nueve me di cuenta de que me dolían mucho las piernas. Un dolor pesado endurecía mis gemelos y tironeaba de mis muslos. Quién me manda a jugar al fútbol a las once de la noche en Munro, en la loma del orto, pensé mientras miraba ansioso a la esquina de ruta nueve y Alvear a ver si venía el quince semi rápido que iba a salvarme de llegar tarde por tercer día consecutivo. Efectivamente ahí estaba, muy orondo y a punto de abandonarme, ignorándome por completo, descreyendo de mi existencia, como si yo fuera un fauno o el forro de Superman.

Pocas cosas más crueles que obligar a un cuerpo recién levantado y sin desayunar, con diez kilos de más y las piernas entumecidas, a explotar por emergencia y correr lo más rápido que se pueda para salvar el día.

Mientras corría recordé la vez que, como tantas veces, llegué tarde a un cruce y enganché los tobillos de Franco, un autoproclamado crack de Villa Urquiza, y lo hice rodar por la cancha de tierra. Recordé las gotitas de su odio salpicándome la cara. Una catarata de insultos, admoniciones sobre mi mala leche y advertencias sobre el inminente reviente de mi gorra a causa de sus poderosos puños. Desde ese episodio habían pasado casi diez años, yo por entonces tenía veinte años y él casi treinta.

Estaba a una cuadra de mi destino cuando el semáforo cambió y el quince dobló en la ruta, perdiéndose rumbo a la capital. Frené lo más en seco que pude. Con los pulmones incinerados y las piernas presas de la desesperación muscular, traté de mantener la compostura frente a los laburantes que esperaban sus colectivos en las cuatro paradas. Debo haberme visto tan ridículo, pensé, qué gordo forro que soy.

Me apoyé en el caño verde de la parada y me puse a mirar con intensidad el horizonte que esconde la antigua estación de trenes detrás de la ciudad de Benavídez (bueno, ciudad es un poco generoso, qué se yo). No había manchas ni luces verdes allí, así que me puse a observar la perfecta construcción de la iglesia mormona que decora la esquina. Trepé por los impecables ladrillos rojizos hasta la extraña y característica punta de lanza que decora todas esas iglesias, de un blanco inalterable. De nene, cuando pasaba con mis hermanos rumbo a la escuela, con las manos en los bolsillos de mi guardapolvo blanco, solía imaginar que alguien caía desde el cielo y se enterraba en aquella punta, como el final de tantos villanos de películas yankis.

El cielo estaba cubierto de nubes grises con un leve tono violáceo. El sol aún escondido pintaba sus panzas de un rosa que no pude definir. ¿No te pasa que hay colores del cielo que no podés nombrar? A mi me pasa con todas las cosas que miro, incluso con mi cara en el espejo.

Recordé de pronto que había olvidado el libro que me regaló mi hermano por mi cumpleaños. Doce cuentos peregrinos, de Márquez. Puteé sin voz. Pocas cosas tan cobardes como hacer las mímicas de una puteada, putear sin putear, sin atreverse a putear.

A veces pienso que le perdí el gusto a leer. Con un libro tardo meses, y la mayoría de las sesiones de lecturas terminan con un cabeceo modorrero abrumador. Cosa que no me pasaba de pendejo, cuando llegaba a deshojar libros en horas, encerrado en mi habitación sin puerta. Lo que te digo no se lo confesé a nadie, solo a vos, porque es absolutamente increíble haberte encontrado. Es vergonzoso para mí, cuando todos me veían siempre con un libro en la mano, o con mis eternos dibujos que maravillaban a las esporádicas multitudes. El niño artista. “Cuando seas famoso, yo voy a vender este dibujo que me regalaste.”

Famoso, JÁ, qué puta mierda. Tengo treinta años y no hice un carajo con mi vida. Soy una nada. Lo único que tengo ahora es culpa por estar acá, en Escobar charlando con vos, cuando debería estar atendiendo viejas chotas en Once.

Mientras mi desesperación subía porque la hora avanzaba veloz como un charco de pis sobre el cemento y el puto quince semi rápido no aparecía, me acordé de vos insólitamente. Se me vino como un estornudo inesperado el recuerdo de aquella madrugada otoñal, hace doce años, en la terminal de bondis de Escobar, cuando te vi reflejado en un charco. Me acordé de tus pómulos pronunciados por la flaqueza de tus mejillas, de tu mentón cuadrado y afilado, de tus ojos grandes enterrados en ojeras violeta oscuro, tu flequillo para el costado y la cicatriz en tu frente, casi perdiéndose en el bosque castaño de tu pelo. Te veías absolutamente deprimido, a tus dieciocho años. Cómo odiábamos laburar en esa metalúrgica, por Dios.

Entonces ni lo pensé. Crucé la Alvear y me puse a esperar el doscientos tres. No tardó en llegar, amarillo, reluciente y vacío, con sus comodísimos asientos forrados con cuerina negra. Me eché un reconfortante sueñito y abrí los ojos cuando ya estábamos acá, en la terminal. Bajé por atrás, sin saber qué mierda hacía. Nostalgia, me respondí sin paciencia, mientras observaba con deseo las tortillas que despedían su aroma seductor desde la parrilla negra, en una esquina de la viejísima terminal.

Y ahí sucedió lo realmente increíble. Parado detrás de cinco personas, estabas vos. Exactamente igual que hace doce años. Todavía con los gruesos pantalones azules, los zapatos punta de acero y la remera de Rowa. Igual de lindo que hace doce años, guachin, con la misma cara de orto. Te juro que no lo puedo creer todavía, acá sentado con vos, en el bondi que nos lleva a la metalúrgica de mierda esa. Cuando te vi, se me llenaron los ojos de lágrimas.

¿Todavía tenés la faquita que te encontraste esa vez en la parada? Siempre la tenías guardada en el bolsillo de la mochila, por si acaso. El ambiente de la fábrica es jodido a veces. ¿Cómo que te la encontraste la semana pasada? ¡Te la encontraste hace doce años, pelotudo! Acá está, perdoná que te revise la mochila, eh. Pasa que también es mi mochila.

Ahora te contemplo fijamente. Me pierdo en tus ojos cansados que no terminan de reconocerme bajo mis kilos de más y toda mi tristeza acumulada. Pasaron doce años y somos los mismos, o mejor dicho, seguimos en la misma mierda.

Entonces siento aquella lejana excitación de la niñez, cuando abría el costurero de mamá y me pinchaba la piel con los alfileres y las agujas, y levantaba la mano fantaseando que mi piel tenía magnetismo. A veces lo hago en la mercería, mientras descifro lo que me dice una vieja achicharrada por los años. Siento esa misma sensación de explorar el propio dolor, llegar a su borde, mirarlo por la ventana y llamarlo. Empuño la faca y te miro como cada mañana en el espejo, con odio, con decepción, con una especie de esperanza ya desmentida, relegada a un mundo paralelo, de fantasía que viaja en los vidrios a través de los años.

Hay sorpresa en tus ojos. Te descargué dos puntazos en el pecho y estoy a la espera de la sangre, de los gritos.

Te recostás sobre el asiento del 503 y apoyas la sien en el vidrio de la ventana. Una mancha bordó se extiende por tu remera. Tu rostro está tan pálido. Tosés sangre. Quiero pedirte perdón pero prefiero sacar el celular y ver la hora. Son las ocho menos veinte. Un hilo de sangre sale de la manga de mi campera y cae en el huequito de la mano que sostiene el teléfono. Yo también estoy muriendo.

Antes de irte del todo, me reconoces completamente. Giras la cabeza hacia izquierda y derecha, muy lentamente, sin quitar tus ojos de los míos. Soltás un suave espasmo de risa y mostrás tus dientes en una especie de sonrisa grotesca, mirándote en mi boca. Te peinas el flequillo mirando el mío. Ahora que te entiendo, te regalo una última sonrisa sanguinolenta.

 

Juan Zirpolo

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