Todos los años el ocaso del verano nos regala un último tirón de alegría estival: El carnaval. Durante estos cuatro días, el trabajador emerge de las profundidades de la explotación y saborea una migaja de libertad. Llega ese momento de no hacer nada, anhelo de toda la humanidad y que tan mala prensa tiene en tiempos de productividad. Pero ¿Por qué contamos con este regalo?  ¿Qué celebramos y por qué lo hacemos?

Es difícil dar una respuesta definitiva a estos interrogantes. El carnaval es la palabra que se encontró para conglomerar a fenómenos sociales que suceden en diferentes latitudes y que tienen características propias. Significante hay uno, significado tantos como lugares. Pero a pesar de esto, no cedemos ante la dificultad y buscamos entender qué pasa en nuestro país, utilizando un denominador común como lazo entre las variedades: el festejo popular.

En una etapa medieval, forma elegante de decir Europa hace mucho, el fenómeno se vincula al cristianismo y al inicio de la cuaresma. Era un tiempo en donde los muchachos religiosos tejían el entramado espiritual que los depositaría cuarenta días después en el domingo de resurrección. En zonas menos religiosas, pero más comerciales, se utilizaban esos días para armar las ferias. Si nos ponemos etimológicos, feriado viene de feria, feriar. El único momento en que el campesino feudal podía romper con la rutina estática de día en la siembra y noche de descanso con la familia, en una sala compartida con los cerdos. En ese acontecimiento, los mercaderes hacían negocios, pero el resto de los mortales, la mayoría, festejaba al compás de la música y el disfraz. Al ritmo del carnaval.

Cuando la modernidad irrumpe en la escena humana y Colón desembarca en América, el carnaval adquiere un significado completamente distinto. Ni comercial, ni religioso. Las fiestas se impregnan de la cosmovisión de la realidad que tenían los nativos. Su vínculo era con el mundo, no con otros seres humanos. Poco importaba entender al otro. Lo que se buscaba era comprender a la tierra, la Pachamama. Hoy en día, vemos como esta tendencia continúa en el norte del país, extendiéndose por toda la Puna. El carnaval Jujeño consiste en desterrar al diablo Pujllay. Momento épico que da inicio a la celebración. Una alegría que se otorga por un par de días a un pueblo que tiene pocos motivos para alegrarse. La liberación cronometrada.

Una semana de festejos que culminarán el domingo siguiente con el entierro del demonio, infinidad de brindis y la nostalgia de presenciar el momento más lejano hasta el próximo encuentro. En los carnavales del litoral, más precisamente en Corrientes, la tradición tiene componentes particulares, pero el concepto es el mismo. Aunque el festejo comienza a estar atravesado por el negocio turístico de comparsas y corsos, que encontrara su meca en Entre Ríos.

Si bien todo el país está atravesado por los festejos, la Ciudad de Buenos Aires, junto con el norte y el litoral, es uno de los puntos claves. En territorios capitalino, a principios del siglo XIX, los festejos pertenecían a las clases dominantes, los señores se juntaban en caserones a tertuliar disfrazados. El encierro no duraría mucho. Poco a poco la costumbre se fue popularizando y las casas no daban abasto para albergar tanta algarabía, trayendo algunos inconvenientes para los finos de cream roulette. El consumo de alcohol y el clima festivo producían disturbios. Inevitablemente, la fiesta se tuvo que trasladar a la calle, produciendo la democratización del festejo. Los negros incorporaron elementos del candombe y la fusión entre elementos indígenas y españoles le dio un color que se mantuvo desde épocas precolombinas hasta nuestros días. 

A pesar de todo, los disturbios continuaban en las calles. Ya en época de Rosas se quiso regular, estableciendo por primera vez una fecha fija y con controles en plazas. La cosa empezó a normalizarse, pero la semilla del mal, como siempre, se había despertado en la oligarquía. Como decíamos, el carnaval dejó de ser parte de la elite y se transformó en un festejo popular. Los señores empezaron a mirar con desconfianza a la gentuza que se juntaba en las calles, tenían miedo y ejercían presión para prohibir la fiesta.

Para principios del siglo XX la murga y las comparsas se tiñen de arrabal y tienen un período de auge. Aunque Uriburu agazapado preparaba el fusil para herirlo de muerte. Recién para 1956 se establece como día de no labor. Parece ser que el peronismo no necesitó feriados para una fiesta popular. Se dice que los festejos eran todos los fines de semana con asado y vino de pingüino. El carnaval peronista.

En una nota de festejos no vamos a hablar de la larga noche, pero como bien sabemos, en 1976 se cierra la persiana a todo. Pasó mucho tiempo para que las clases populares tuvieran nuevamente algunos días de regalo. Los días de festejo popular. En febrero de 2011 pudimos volver a emerger. Por que sí. Ni por Dios, ni la virgen. Tampoco por la resurrección, ni por un acontecimiento militar. Un gobierno de locos decidió brindar dos días de regalo. Y fue criticado. Podés atacar por muchos lados, pero ¿atacar un feriado? Áspera debe quedar la lengua de lamer botas.

Si bien el carnaval tiene muchos matices que dependen del lugar, sus características y época histórica, es un momento en el que las clases populares encuentran un impase. Se corta el círculo vicioso de rutina explotadora. Se festeja con diablitos conectados a la tierra, competición de comparsas y murgas, cantos y bailes autóctonos o en asado con amigos, pero el fin es el mismo, la liberación, el tiempo propio. Por esto mismo, reivindicamos los festejos y agradecemos a todas las murgas que con esfuerzo y vocación tiñen las calles para brindar un momento de alegría al pueblo trabajador.

Ignacio Calza

Festejos de carnaval; historia del carnaval; carnavales en argentina; fecha del carnaval; lugares de festejo del canaval

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