Odio a las barberías. Me retrotrae a la adolescencia, al despertar del odio. La infancia suele enarbolar el amor y la alegría. El surgimiento de la sexualidad (resurgimiento dirá la psicología) trae apareado un sentimiento novedoso, al menos para el adolescente clasemediero: el odio.

En esos años no existían las barberías. Por historias de mi viejo sabía que en su juventud o más precisamente en la de mi abuelo habían existido. Luego, el mejoramiento de las prestobarbas hizo que nadie se recortara, todos empezaron a afeitarse en casa. Las barberías me causaban nostalgia. Un baluarte de tiempos mejores. Es sabido, salvo cuando le tocó ser presente, todo tiempo pasado fue mejor.

En la actualidad, volvieron. Son un boom comercial. Por todos lados las hay. Por todos lados veinteañeros, treintañeros e incluso cuarentones recién separados (es decir, lo mismo que los primeros) andan por la vida luciendo sus relucientes y prolijas barbas. Éstas tienen distintas formas, distintos largos y las más osadas hasta un dibujito. Y como el barbero es barbero pero principalmente es comerciante aprovecha y también les corta el pelo. Obviamente haciendo juego. Sin tijeras. Está “out” cortarse con tijera. Así, poco a poco se funden y desaparecen los peluqueros.

Tampoco soy fanático de los peluqueros. En la nombrada adolescencia, también quise verme “cool”. Recuerdo haber ido a la peluquería, pedirle al encargado que me cortara como Tom Cruise y salir parecido a Araceli Gonzalez. Hubiera sido un detalle de no haber tenido un partido en el club. Los contrarios me cargaron, como buen bocón los mandé a la mierda y al instante tuve un equipo entero dispuesto a cagarme a trompadas. Creo que también alguno de mis compañeros quería sumarse. Odié a los peluqueros.

Hoy me dan nostalgia: odio a los barberos.

El odio es el más influyente de los sentimientos. Los más románticos dirán que el amor lo es más, pero disiento; he visto amores profundos disiparse. Nunca un odio profundo. El odio suele surgir de una falencia propia, de un vacío que jamás se llenará. El mío es sencillo: no me crece la barba. “Linda barbita de dos días”, me dicen. Es de un mes y medio.

Este relato nació de la unión de lo narrado y el disparador más grande de la humanidad: la lectura. Su título lo anuncia, acabo de leer a Charles Bukowski. Uno de los tantos escritores con mal genio, uno de los mejores. Me había metido en su literatura con otros títulos, por ejemplo La Maquina de Follar o Se Busca una mujer. Ninguno me pegó como lo hizo ahora La Senda del Perdedor. En los cursos de literatura, una discusión fundamental gira entorno al tema de la obra. El rencor, la vida, la pobreza, el paso del tiempo; una discusión de nunca acabar sería en este caso. Yo elegiría el odio. Si deberíamos mencionar cualidades, la genialidad sería una elección unánime: Bukowski odia con genialidad. Las sociedades y yo sólo odiamos con odio.

Henry Chinaski es el personaje principal de la novela La Senda del Perdedor. Su adolescencia choca contra la crisis del año 29 y su primera etapa de vida adulta contra la segunda guerra mundial. Odiará a todos y no encajará con nadie. En su vida universitaria discutirá con profesores que viven haciendo propaganda Yanqui anti-Nazi. Él no es Nazi, pero discute igual. Se le querrán pegar éstos, también los odiará.

Habiéndolos situado en este marco de la ficción mencionada, les comparto un episodio que transcurre en el capítulo 52 luego de que el personaje se haya explayado en una discusión con un profesor sólo para contrariarlo:

[…] Creí que a causa de mis abarrotados discursos estaba solo en el campus pero no fue así. Algunos más me habían escuchado. Un día, mientras me encaminaba a la clase de Reportajes de Actualidad, oí que alguien seguía mis pasos. Nunca me gustó que nadie me siguiera de cerca. Por eso me giré mientras andaba. Era el Delegado general de los estudiantes, Boyd Taylor. Era muy popular entre los estudiantes, el único tipo en la historia de la Universidad que había sido elegido Delegado por segunda vez.

-Oye, Chinaski, quiero hablar contigo.

Nunca me había fijado mucho en Boyd, era el típico joven americano bien parecido y con un futuro garantizado, siempre vestido con corrección, simpático y gentil, con cada pelo de su bigote perfectamente atusado. No tenía idea de cuál era su atractivo para los estudiantes. Se puso a mi lado y anduvo conmigo.

—¿No crees que no es bueno para ti, Boyd, que te vean caminar conmigo?

—Ese es mi problema.

—De acuerdo. ¿Qué pasa?

—Chinaski, esto es sólo entre tú y yo, ¿entiendes?

—Claro.

—Escucha. No tengo fe en las acciones o ideales de tipos como tú.

—¿Entonces?

—Pero quiero que sepas que si ganáis, aquí y en Europa, aceptaría con agrado estar a vuestro lado.

Sólo pude mirarle y reír.

Se quedó plantado mientras yo seguía andando. Nunca te fíes de un hombre que tiene el bigote perfectamente igualado… […]

El bigote se arregló toda la vida en casa. Odio el bigote, por supuesto. Pero por algún motivo, me agarré con las barberías.

Sergio Delbreil

Charles Bukowski; La senda del perdedor.pdf; analisis la senda del perdedor; baberias zona norte; barberias zona sur; barberias zona oeste; barberias centro;

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s