Cuando el siglo XV se encontraba cerca de llegar a su final, Cristóbal Colón le presentó una propuesta muy particular a los reyes de España, Fernando II de Aragón e Isabel I de Castilla. Los moros y los judíos habían sido definitivamente expulsados del territorio y los españoles vivían una etapa marcada por el triunfalismo patriótico y religioso. Los largos años de guerra, por otra parte, habían agotado las riquezas de la realeza.

La idea de Colón era comerciar con Asia y en lugar de hacerlo por Oriente, proyecta navegar por occidente a través del Océano Atlántico.

Alejo Carpentier en la novela El arpa y la sombra, lo sitúa a Cristóbal Colón presentándose ante varias cortes europeas y otros posibles financistas para ofrecerles su proyecto, buscando inversionistas:

Armaba mi teatro ante duques y altezas, financistas, frailes y ricoshombres, clérigos y banqueros, grandes de aquí, grandes de allá, alzaba una cortina de palabras, y al punto aparecía, en deslumbrante desfile, el gran antruejo del Oro, el Diamante, las Perlas, y, sobre todo, de las Especias. Doña Canela, Doña Moscada, Doña Pimienta y Doña Cardamoma entraban del brazo de Don Zafiro, Don Topacio, Doña Esmeralda y Doña Toda Plata seguidos de Don Gengibre y Don Clavo del Clamero a compás de un himno color de azafrán y aromas, malabares donde resonaban con musicales armonías los nombres de Cipango, Catay, las Colquidas de Oro y las Indias todas.

Colón era un lector ávido de los viajes del mercader veneciano Marco Polo, quien contaba con lujo de detalles en sus libros las riquezas que se hallaban en las Indias:

Se encuentra oro en enorme abundancia y las minas donde se encuentra no se agotan jamás… También hay perlas del más puro oriente en gran cantidad. Son rosadas, redondas y de gran tamaño y sobrepasan en valor a las perlas blancas.”

La corona española necesitaba más que nunca esas nuevas riquezas y conseguir un acceso directo, sin intermediarios, a las riquezas del oriente. Además, los estimulaba la posibilidad de, con dichas riquezas, extender a otros territorios la guerra contra la herejía.

Una vez llegado Cristobal Colón a lo que él suponía eran las Indias (murió sin saber que había llegado a América) fue descubriendo que esa abundancia de riquezas no era tal. Desde el momento en que pisa tierra firme y ve pequeñas cantidades de oro en poder de los indios, no hace otra cosa que buscar a este preciado metal. Las deudas contraídas con sus financistas lo acicateaban.

En los diarios de Colón, compilado y resumido por Barolomé de las Casas, escribe lo siguiente:

Y yo estaba atento y trabaja de saber si había oro, y vide que algunos de ellos traían un pedazuelo colgado en un agujero que tienen a la nariz, y por señas pude entender que yendo al sur o volviendo la isla por el sur, que estaba allí un rey que tenía grandes vasos de ello, y tenía muy mucho. Trabajé que fuesen allá, y después vide que no entendían en la idea. Determiné de aguardar fasta mañana en la tarde y después partir para el sudeste, (…) a buscar el oro y piedras preciosas.”

La palabra más escrita, la que le da unidad a los diarios de viaje de Colón, es “oro”. Alejo Carpentier, en el libro antes mencionado, hace un recuento: la palabra “oro” aparece más de doscientas veces, mientras que las menciones a Dios son solo catorce. El 24 de diciembre, en lugar de pensar en “el milagro de la Navidad”, escribe la palabra “oro” cinco veces en diez líneas. Hasta llega a escribir: “Nuestro Señor habría de mostrarme donde nace el oro

Eduardo Galeano, en el libro Las venas abiertas de América Latina, escribe:

La epopeya de los españoles y los portugueses en América combinó la propagación de la fe cristiana con la usurpación y el saqueo de las riquezas nativas”.

Según la profesora de literatura Beatriz Pastor “Colón construyó América como un botín. Este objeto que nunca se encuentra, que siempre está en otro lugar, el que da unidad a los viajes, es el oro”.

Cuando Colón regresa al país no trae consigo demasiado de este metal precioso, o por lo menos no lo que la corona española esperaba que trajera. En los viajes sucesivos, reemplaza el preciado metal por otros posibles botines: la belleza de la naturaleza, las almas de los salvajes para la evangelización, la esclavitud de los indios.

Si bien las creencias religiosas antagónicas siempre existieron y fueron históricamente motivo de guerras e invasiones, detrás late en todo momento un afán de apoderamiento económico. Esto es demasiado evidente en las palabras pronunciadas en el diario de Cristobal Colón que nos llegan a través del sumario que realizó Bartolomé de las Casas sobre los cuatro viajes del almirante.

Los diarios de este navegante genovés relatan y son testimonio del comienzo del saqueo de todo un continente. Dicha depredación continúa, en cierto modo, hasta el día de hoy, aunque ahora vienen por el oro negro.

Sebastián Pujol

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