Obdulio estaba muy concentrado, las manos crispadas sobre el teclado de su “Deus ex machina”, como gustaba llamar a su ordenador, una fútil manera de esperar a que este materialice sus “esfuerzos creativos”, cuando estos, ante la ausencia de ideas, no llegan.

   El problema de Obdulio es que era un badulaque, su comprensión de lo que era la literatura, el dominio de la lengua española, de sus elementos expresivos, estaban fuera de su alcance. Ni entendía nada ni hacía nada por entender algo. Para él, la frase “Deus ex machina”, significaba, que  “Dios debía salir de la máquina para potenciar su creatividad”. Los diccionarios estaban para adornar su, por lo demás, sucinta biblioteca.

    Después de más de dos horas esperando a “Deus”, sus manos febriles y nerviosas escribieron:

    “Petunia, dulce florecilla, entristecida por su amado Requejo, al que más amaba y del que menos amor recibía, contempló desolada la partida hacia las guerras del moro de su apuesto caballero, mientras los rayos del sol trenzaban trillos castellanos en los campos de su Castilla querida, yerma del moro fratricida…”

    Después de los puntos suspensivos, suspendió su verborrea, repasó lo escrito, meditó unos segundos, dio un manotazo en la mesa y carcomido por la furia de ver tal engendro creado y del que no sabía cómo continuar, se levantó de la silla para arrellanarse en un sillón abatido. Llevaba intentando escribir su primer relato varios meses y no había conseguido llenar ni media página con sentido, en realidad aun no había logrado escribir nada, todo lo escrito eran sinsentidos.

   Pero en su interior algo le impelía a seguir intentándolo,  estaba seguro de que valía para escribir. Desde que su maestra, Doña Rosita le alabó una poesía infantil para el “Día de la Madre”, como la quinta  de su clase, se convenció de que entre los diez alumnos de Doña Rosita, él era en realidad el mejor y llegaría muy lejos.

   Ahora ya mayor, pero en nada adulto, compaginaba su trabajo matutino en la carnicería de sus padres, rellenando salchichas y chorizos, las morcillas le salían mejor a su madre, con la escritura.

    Soportando su acefalia seguía, cuando la frustración por momentos le iba minando la moral. En especial aquella tarde cuando  pensaba que había encontrado la inspiración y no la encontró. Sin saber qué hacer, hizo lo que nunca debió. Ir a pedir consejo a un escritor de algún renombre que conoció en una tertulia literaria.

  Al llegar a la casa del susodicho, la amistad con él era demasiado tangencial, le preguntó sin más preámbulos, casi sin dejarle reaccionar, como alcanzaba el escribiente la inspiración.

  Aquel literato, era bastante engreído y tenía por muy lerdo a Obdulio. Con exceso de vanidad de su parte le dijo, “que se sentara en una butaca que por allí había, que espirara aire y luego lo exhalara. Así todas las veces necesarias hasta que por fin te inspires bien”, mientras  decía esto, obligó al crédulo de Obdulio a realizarlo.

  Cuando pasada media hora el zote estaba exhausto del esfuerzo, le dijo:

  ─Si no te has inspirado lo suficiente, es que no sirves para escribir─. Y riéndose con sonoras carcajadas, muy descaradas y burlonas, se sentó en otra silla cercana.

   Obdulio, con mucho retraso como siempre, captó la cruel ironía de aquel pedante como un insulto contra su ingenio latente. Lleno de ira se levantó y cogiendo una máquina antigua de escribir que había en una mesita cercana a modo de adorno, se la estampó en la cabeza repetidas veces, hasta destrozarle el cráneo.

   Se quedó absorto, mirando el cráneo destrozado del “literato”, viendo el suelo manchado de sangre y sintió un cosquilleo que le recorrió la espina dorsal. No sabía interpretar esa sensación, pero poco a poco una sonrisa se dibujó en su rostro y una idea tomó carta de naturaleza en su penoso intelecto.

   Limpió con esmero sangre y  desperfectos, mínimos, si exceptuamos la cabeza del eximio. En una manta, enrolló el cuerpo del difunto como si de un “rollito primavera” se tratara y salió con discreción  del apartamento. Tuvo suerte, nadie lo vio, ya oscurecía y llegó a su coche depositando el “fiambre” de su extinto amigo en el maletero.

   Cada vez la expresión de sus ojos era más placentera. Llegó a la carnicería de sus padres, cerrada a esas tardías horas y sacó el cuerpo del “prometedor escritor”, llevándolo a la sala de despiece. Allí lo deposito sobre una bancada al uso, se puso bata, guantes, gorro y mascarilla antiséptica, comenzando a trocear y descarnar el cuerpo del literato sin ninguna inhibición moral.

   Los huesos, limpios de carne, los iba triturando en una máquina especial, mientras la carne la introducía en la salchichera. Las vísceras las troceó para hacer menudillos y la sangre la recogió en un barreño para que se coagulase. Le serviría para hacer morcillas a su madre. Una vez desaparecido el cuerpo del orgulloso escritor, que pasó a la “inmortalidad”, sazonó la carne triturada, preparando hamburguesas y salchichas. Las colocó con gracia en el mostrador de la carnicería, anunciando las salchichas y las hamburguesas como, “Productos especiales de cerdo blanco de Salamanca”. Después marchó, cansado por el trabajo a dormir y durmió, durmió como un “angelito”.

   Al día siguiente comentó a sus padres los nuevos productos que la noche anterior hizo con carne de cerdo blanco de Guijuelo. Sus padres alabaron la dedicación al negocio de su hijo por trabajar hasta tan tarde. Con esmero y labia, que para eso sí servía, vendió todo el nuevo producto a sus clientas para alegría de sus padres…y de su peculio.

   Al otro día, todas las señoras alabaron la calidad y el buen sabor de lo comprado, encargándole más producto. Sus padres le acuciaron para que acudiera a su proveedor, que Obdulio quiso mantener en secreto, para comprar más carne de cerdo blanco de Salamanca, que tan sabrosa había resultado y tan rentable les salió. Desde ese día, Obdulio, supo que había descubierto la “inspiración” que daría sentido a su vida.

  Esa misma noche, convenientemente preparado, en una discreta furgoneta, salió a la caza de nuevos “cerdos blancos de Salamanca”, para fabricar sus deliciosas hamburguesas y salchichas.

   Desde entonces Obdulio vivió una vida plena, satisfecho de sus artes gastronómicas elaborando exquisitos productos con la “carne de cerdo blanco de Salamanca” y viendo como la carnicería de sus padres se hacía famosa en toda la ciudad por la calidad de sus elaborados.

   A morir sus padres, heredó como era de ley las carnicerías. Obdulio vivió feliz y realizado como persona por el resto de sus días. Había relegado su faceta de escritor, para la que reconoció en un momento de lucidez que “quizás” no era lo suyo.  Trocó su faceta de escritor por la industria cárnica.

   Conoció el éxito, montando nuevas carnicerías, sin llegar a descubrirse nunca como obtenida su exquisita carne de cerdo. Se casó con una clienta que se relamía los labios con su producto estrella y fue muy feliz.

   Realizado como persona, padre, marido y carnicero,  mientras envejecía convencido que hacía un doble servicio a la sociedad. Limpiar las calles de “indeseables” y alimentar a sus conciudadanos.

Francisco Barata.

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