El empoderamiento de las mujeres y disidencias se va tejiendo en una red conceptual y conductual que a lo largo de los días y del cuestionamiento de lo que el sistema nos ofrece y enseña, no está sólo.

El ser feminista no es solamente reclamar sobre el aborto legal, seguro y gratuito, sino también poder –como se nombró antes- hacer un análisis actual de cómo ser feminista hoy y qué implica posicionarse ante cualquier circunstancia como feminista. Es decir, que el feminismo engloba toda la política actual y sobre todo, nuestra vida cotidiana. Y a su vez, construir el feroz impulso de querer transformar lo que ya no sostenemos más. No se trata de destruir lo instaurado solamente, sino que también de construir un nuevo presente para que el futuro sea menos doloroso, más libre y sororo.

Comenzando con la destrucción de conceptos, maneras de amar, de generar vínculos y sostenerlos, siguiendo con combatir a los estereotipos encargados de arruinarnos la vida,  ruptura de secretos sobre abusos y finalizando con las violaciones por parte de familiares o amigos de papá, también son parte de este proceso emancipatorio que promueve el empoderamiento de las libertades y de los sectores más vulnerados por el sistema que cada 29 horas nos asesina y sobre todo, que se encarga dentro de todos los monopolios comunicacionales, de enfrentarnos unas a la otras.

Estuvo de moda mucho tiempo el generar fantasmas entre nosotras. Vernos como enemigas, rivales y, por supuesto,  como una competencia que debía ser eliminada.Nuestra autoestima estaba medida por hombres y en proporción a otras mujeres. Si a la otra mujer le quedaba mejor ése vestido o si el color de pelo de las rubias era mejor que el de las morochas. Si teníamos más tetas o más culo. Listas interminables  de nuestros compañeros de curso en la secundaria que siempre estaba encabezada por la “más linda” o “la más puta”. Miradas fuertes y llenas de odio entre nosotras por un pibito que a ambas nos trataba como una cosa inservible. Peleas interminables con el lema de los códigos rotos entre nosotras por la complicidad machista de los varones. Millones de tops no comprados porque no cumplíamos el target que requería usarlo.

Sí. Ser mujer, lesbiana o disidente, siempre fue doloroso. Siempre requirió sacrificio, sufrimiento y autocastigo. Nos llenamos la vida imaginando un príncipe azul, un peso ideal, la ropa que la televisión nos vendia que teníamos que usar acorde a nuestro cuerpo, sostuvimos relaciones toxicas, con celos, golpes y puteadas porque deberíamos tener novio sino, eramos el tema central de cualquier encuentro familiar. Resignamos cenas con amigas, cervezas y un par de picadas enfrente de gente por vergüenza a que nos vean gordas. Dejamos de comer, hicimos ayunos de días enteros para que el que nos gustara nos mire un poco más. Pasamos horas en el gimnasio eliminando peso en vez de eliminar al patriarcado que nos estaba consumiendo.

El peso nos pesa. Bajamos 10 kilos en 2 meses y el peso seguía pesando. El vacío siempre estaba aunque los atracones a las 3 de la mañana generaban esa sensación de rellenar lo que nos quitaban con los años. El vómito como solución a querer largar eso que teníamos adentro sublimado como alimentación pero que hoy, algunas, sabemos que era.

El miedo a que nos miren sentadas, con alguna remera apretada o transpiradas. El miedo a no estar maquilladas o a maquillarnos de determinada manera para parecer menos gordas. Ni hablar de ponernos una bikini o un shortcito donde se asome la piel.

Llegamos hasta el hueso de peso. Llegamos a perder curvas y parecer una nena de 10 años con la vida de una mujer de 18. Es difícil sostenerse si lo único que hace el sistema es derribarnos desde cualquier perspectiva. Entre nosotras, con nosotras mismas, contra el espejo o contra nuestra cabeza.

En el Diario Perfil, María Teresa Panzitta, coordinadora del equipo de obesidad y trastornos alimentarios del Hospital Durand, Psicóloga explicó qué son los problemas de alimentación y cuál es el porcentaje que existe hoy en Argentina:

“El trastorno alimentario se define como un trastorno psicológico con un profundo –en algunos pacientes– compromiso emocional. Esto se expresa a través de conductas anormales, los pacientes cada vez restringen más sus alimentos. Comienzan con dietas muy restrictivas, posiblemente por una sensación de insatisfacción corporal, y a medida que va pasando el tiempo eso que les molestaba de su cuerpo comienza a convertirse en un aspecto obsesivo  (…) Una característica que tienen los trastornos alimentarios es que la imagen corporal está distorsionada: las personas sienten y se ven mucho más gordos de lo que son en realidad. A esto se suma una problemática emocional, familiar, personal y elementos culturales: la idealización que se hace hoy de la delgadez”

Entonces, el elemento cultural que hoy se debe hacer responsable de nuestro sufrimiento, padecimiento y autodestrucción, se llama patriarcado y capitalismo. Donde la belleza y el consumo están dirigidos a un sector en particular y sobre todo, si no sos parte de ese sector, esforzate y lastimate hasta el hueso para ser parte, sino fuiste.

Se estima que en Argentina, la anorexia y la bulimia nerviosa afectan entre el 5% y el 10%  de la población que va de los 12 a los 25 años. Según un relevamiento de Perfil en hospitales públicos y centros privados, las consultas por estas patologías se incrementaron un 30% en los últimos años.

En fin, el feminismo viene a romper con la gordofobia y a naturalizar los cuerpos reales. A que el amor propio no se pesa en kilos y tampoco el empoderamiento se basa en ser flaca y mostrarse. Tampoco en la aceptación física. Venimos a que lo físico deje de tener protagonismo en nuestra vida cotidiana para que deje de arruinar las vidas de las mujeres también desde ese ángulo.

Violencia también es caer en el reduccionismo de que el amor propio es subir una foto en bikini. No es solamente eso. Es subir una foto en bikini aunque tu cuerpo no sea el estereotipo de mujer que nos vendieron. El empoderamiento también es cortar con tu novio violento, es denunciar a un amigo, es agarrar una guitarra eléctrica y tocarla. Es enfrentar a tu padrastro en la mesa por hacer un chiste transfóbico. Es dejar de leer La Nación con un titular que promueve el ayuno de 21 días para limpiar el cuerpo; eso es una patología de alimentación. Es ayudar a tu amiga que todavía no usa ese vestido que tanto le gusta porque “la hace gorda”. Es romper con ese cerco de restricciones que toda la vida se encargaron de teñirnos todos los días. Es eliminar la tortura y el dolor de nuestra cotidianeidad.

Compañeras es momento de visibilizar que todavía nos falta y que la libertad es mucho más grande y difícil de conseguir de lo que creemos.

Seremos millones y lucharemos porque jamás nos digan que no tenemos que comer más.

Azul Verzura

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