La ilegalidad de la ilegalidad

Cada vez que uno prende la televisión y hace un repaso por los canales informativos, puede encontrar informes sobre la guerra contra las drogas. Periodistas caminando por barrios humildes, mostrando a personajes que salen detrás de los muros y que serian integrantes de bandas. Sin entrevistar ni con mucho argumento, pero con una energía convencedora y con esa voz lúgubre que busca atemorizar conciencias. Los crímenes y el narcotráfico atraviesan las pantallas. La problemática del consumo, sus devenires históricos, matices de gobiernos y posturas de los diversos actores sociales no ocultan la verdad más unánime: El narcotráfico no es solo un problema local y su abordaje ha sido ineficaz de parte de todos los poderes responsables. Mas allá de las permanentes campañas de turno, hay preguntas que la sociedad debe formular si es que se quiere encontrar la punta del iceberg: ¿Por qué el hombre altera sus sentidos? ¿Desde cuándo lo hace? ¿Por qué a pesar de tantos esfuerzos estamos cada vez peor? ¿Estamos cada vez peor?

Cualquier sustancia que modifique el comportamiento natural de una persona y contamine su organismo contiene un grave peligro individual y colectivo, y por lo tanto se debe desalentar su consumo. Ningún ser para transitar la vida durante el mayor periodo posible debería tener acceso a estos riesgos. Pero ¿qué pasa cuando el ser humano, como en tantas otras cuestiones, va en contra de sus principios biológicos e insiste tanto que transforma su comportamiento en cultura? El consumo de estupefacientes tiene orígenes milenarios en cualquiera de sus formatos y los motivos que lo incentivaron son tan variados como los efectos que obtuvo.

En América, en el siglo X a.C. los nativos Chibcha de Colombia cultivaban la planta de coca que usaban como estimulante y que difundirían hacia el sur. Los Incas tenían tres cosechas anuales y la consideraban una planta sagrada. Los Aztecas consumían peyote como medio para vincularse con su mitología. Mucho antes, en el oriente medio, a 3.000 años a.C. se descubre el opio. Un tipo de amapola que tiene como ingrediente activo a la morfina, buena para adormecer el dolor, inducir el sueño y generar sensación de alegría. Por la misma época, en Asia central se consumía cannabis y hachís con fines terapéuticos y místicos. En occidente aparece a comienzos de la edad media para usos medicinales.  

Como vemos, ante el más elemental repaso histórico, se puede verificar un consumo global y antiguo que se mantuvo cautivo y aceptado dentro de cada comunidad hasta la llegada de la edad moderna.  La irrupción de la industria genero alteraciones en cada uno de los engranajes que componen la estructura humana. Desde el cambio de un modo de producción hasta los aspectos mas privados del individuo. Las drogas no quedaron al margen de ese proceso.

Fue a comienzos del siglo XX que la popularidad alcanzada por muchos de los estupefacientes, a través de una tecnología en el área que posibilito un comercio prospero, es decir que se encontró un mercado, genero un uso recreativo a nivel mundial que junto con una realidad repleta de desigualdades trajo el grave problema de la adicción, comenzando a considerarse como un peligro sanitario. La primera respuesta que brindo la hegemonía del poder fue la prohibición del tráfico y tenencia, intento eliminar el consumo.

Esta claro que la prohibición no soluciono las cosas. El hombre consumió desde que se han obtenido registros, antes de cristo, antes del descubrimiento del papel. Prohibir en ese contexto fue lo mismo que no hacerse cargo del problema y dejarle una intensa y desesperada demanda al mejor postor, en este caso el narcotráfico. De esta manera, el problema sanitario se incrementó a la par de los crímenes del negocio negro. Cuesta creer que la estrategia prohibicionista sea la que se continúa aplicando con distintas variantes según la ubicación geográfica.

Se sigue intentando reducir el consumo hasta eliminarlo, salvando el pellejo de todos nuestros chicos y dejando a un narcotráfico encarcelado y en la ruina, derrotado en una guerra de calle, triunfando el bien sobre el mal. Se acude a las fuerzas de seguridad como herramientas, sin entender que desde siempre fueron garantes de las mafias, dado que sin su consentimiento el negocio sería imposible. A pesar de los publicitados esfuerzos de los gobiernos, es difícil encontrar objeciones cuando se afirma que estas políticas son repetidas y que a lo largo de las décadas no han solucionado nada. El narcotráfico aumenta y es un fenómeno global. Ante este problema sin solución cabe preguntarse porque no se cambia el pilar fundamental de estas políticas, cambiar ilegal por legal.

Si se logra superar el shock de la frase “legalizar la droga” se podría obtener la ilusión de un abordaje realmente distinto. Lo legal no se convierte en un sálvense quien pueda. Un lugar en donde cada uno hace lo que le plazca. Esa atmosfera existe en la ilegalidad en donde se está ciego ante la actividad subterránea. La legalidad trae responsabilidades reales de parte de todos. En vez de ocultar y perseguir a las mafias dueñas del negocio se podrían desfinanciar, tomando el mercado en su totalidad. Desde esta posición las reglas las impondría el estado. Si la actividad estuviese regulada por una ley, uno de sus artículos podría ser la creación de centros de ayuda a adictos. Se podría incluir la prevención dentro de los programas escolares para explicar causas, consecuencias y efectos que el consumo provoca. Educar para prevenir. Afirmación que de tan obvia se convierte en peyorativa y termina ausente.

 El adicto no va a dejar de consumir de la noche a la mañana, gracias a un folleto y la juntada en una plaza que le diga vos podes. Los que mueren son personas de bajos recursos, en donde las oportunidades escasean y las sustancias son de pésima calidad. Legalizando se le puede dar estructura a la venta. Esos pibes ya no conviven y alimentan al mafioso, involucrándose en los negocios de tiros y cuchillos que este propone. Le irían a comprar a un estado que los registra y los encamina hacia la recuperación. Claro que para esto se deben destinar recursos, se debe incorporar la partida en el presupuesto, imposible de pensar en la ilegalidad.

Legalizar no significa liberar el país y que sea un descontrol. Significa reconocer que el comportamiento es histórico, cultural y global. Significa que se obtiene un marco regulatorio que permite destinar recursos no represivos y aparta a las fuerzas de seguridad del núcleo de la solución, dejándolo a sectores más idóneos. Significa que si se quita el financiamiento se hiere de muerte a las mafias. Significa ser condescendientes con las libertades individuales.

Solo puede darse si la sociedad en su conjunto profundiza en la reflexión y no se espanta ante una actitud presente en todos los tiempos y civilizaciones. En una sociedad en donde de una vez por todas se rompa con el sistema ético y moral de valores impuestos por la iglesia. Solo será posible si apostamos a una política que no obtenga recursos de los sectores hoy ocultos.

Ignacio Calza.

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