Salvo algún paranoico extremista, podemos decir que no existe persona alguna temiendo la extinción del ser humano por medio de la coalición de un meteorito con características similares al que eliminó a los dinosaurios. Quizás porque aquello es una teoría. Quizás porque se produjo hace 65 millones de años. Hace apenas unas décadas, existía un miedo global más tangible: la guerra nuclear. El ritmo vertiginoso de la vida actual lo sepultó en el olvido. En estos lados del mundo, sabemos perfectamente que la falta de memoria es realmente peligrosa.

Se dice que el asteroide mortal tuvo una fuerza un millón de veces mayor a las bombas de Hiroshima y Nagasaki. La vida no acabó inmediatamente. Producto del impacto, el mundo se vio cubierto por un invierno global con el aire envuelto en cenizas. Esta comparación, entre meteorito y bombas, puede ser exagerada. A lo mejor juega en contra de mi juicio el fanatismo de mi hijo con aquella vieja especie. Lo cierto es que los Dinosaurios habitaron este planeta durante cientos de millones de años y los primeros hombres primitivos apenas datan de dos millones de años. Incluso, sólo unos cientos de miles de años tiene la evolución actual. Quizás para eliminarnos no sea necesaria tanta fuerza.  

Este tema se apoderó de mí hace unos meses, cuando hice una nota de la época centrada en la figura de Henry Wallace (https://revistamarfil.com/2018/10/25/el-presidente-que-no-fue-henry-wallace/). La semana pasada, se reeditó mi interés producto de mirar y por ende escuchar una conferencia de prensa del líder Ruso Vladimir Putín. Allí, un enviado de la CNN lo interpeló acusándolo de atentar contra la paz mundial por estar haciendo una serie de pruebas militares. Sin necesidad de aplicar mucho esfuerzo, el presidente Ruso salió ileso y pasó la pelota del terror al país de su interlocutor. Acusó que EEUU posee bombas atómicas colocadas y listas para ser usadas de inmediato en sus aviones o submarinos alojados en sus conocidas bases militares alrededor del mundo. La guerra atómica posee plena vigencia. Sólo está olvidada por la ciudadanía. Los líderes y militares de las potencias mundiales la tienen presente y muy en cuenta.

El año pasado, Estados Unidos presentó el nuevo diseño de sus bombas atómicas. Las mismas tendrán vigencia hasta el 2020, año en que presentaran otro nuevo diseño. El pentágono y la Casa Blanca ven estos proyectos como de gran importancia para mantener los acuerdos existentes de no agresión atómica. Renovar su capacidad nuclear provoca la disuasión de sus enemigos. Esto que parece una locura, es la misma estrategia utilizada durante la guerra fría. Sin embargo, culpabilizar sólo al imperio es un error recurrente. Otros países también tienen su armamento nuclear. La mencionada Rusia posee una capacidad similar, y en menor medida Inglaterra, Francia, China, Japón, Corea del Norte, Pakistán, India e Israel también cuentan con sus propias armas nucleares.

Luego de la segunda guerra mundial, los ciudadanos del mundo veían inevitable la destrucción masiva producto de un inminente conflicto bélico que se dirima con armas de este tipo. Esta amenaza estuvo latente durante la Guerra de Corea y la Guerra de Vietnam principalmente. Tuvo su momento crucial en el famoso conflicto de los mísiles de 1962 que envolvió a EEUU, Cuba y la URSS. El miedo se veía reflejado en la literatura y el cine. En Estados Unidos fue célebre la novela La Hora Final de Nevil Shute que fue llevada al cine en 1959. Describe los días posteriores a una guerra nuclear de apenas cinco días. En nuestro país, Hector Oesterheld jugó con ese pánico en el comienzo del Eternauta. La lluvia fluorescente de las primeras páginas es leída en principio por sus personajes como una consecuencia de haberse desatado una nueva guerra. En Japón, el país más devastado por este tipo de armamentos, surge Godzilla. Este animal se cree que mutó debido al contacto con material radioactivo y el miedo que provoca es una metáfora de lo sentido por el pueblo japonés luego de las conocidas bombas. Se estrenó en 1954. Justo el año en que aquél país vio renovado el peligro atómico producto de una lluvia similar a la vista en El Eternauta.

A partir de 1946, sobre las Islas Marshall, un territorio de islas apartadas sobre el pacífico, EEUU que tenía jurisprudencia sobre dicha región realizó una serie de pruebas para probar la capacidad de sus bombas y para estudiar los efectos subsiguientes sobre el territorio y la población. En ese contexto, en 1954 detonó la bomba Castle Bravo sobre el atolón Bikini. Esta bomba fue la primera bomba de Hidrógeno norteamericana. Contaba con una capacidad de 15 Megatones, es decir, mil veces mayor que la bomba Little Boy lanzada sobre la ciudad de Hiroshima. Su prueba fue famosa en el mundo entero debido a un error de cálculo que se sumó a una variación inesperada del viento. Al día de hoy, este atolón que es una maravilla de la naturaleza, desde 2010 declarada patrimonio de la humanidad, se encuentra inhabitable. Sus habitantes fueron evacuados hacía islas vecinas con anterioridad a las pruebas, jamás pudieron volver. Inclusive, las mencionadas islas vecinas tuvieron que ir siendo evacuadas posteriormente. Los hijos de aquellos testigos nacieron con malformaciones producto de la radiación a que fueron expuestos sus padres. Obviamente, esto no fue lo que hizo famoso a aquél fatídico suceso. La tragedia se hizo conocida porque un barco pesquero japonés que se encontraba a  150 km de la zona de aislamiento fue alcanzado por la nube de cenizas. Dicha nube fue registrada por 120 estaciones meteorológicas aún cuatro meses después del hecho. Los tripulantes del barco pudieron ver el reflejo de la explosión y escuchar un ruido ensordecedor. Prontamente el capitán guió su nave fuera de la zona pero esto no logró evitar la intoxicación. La piel se les volvió negra, los mechones de pelo se les cayeron enteros, sus ojos emanaron secreciones purulentas. Volvieron a Tokio y todos fueron internados. El atún que cargaban insólitamente fue vendido, por lo que luego se confiscó y eliminó todo el atún que podría haber provenido de allí. Meses después, uno de los tripulantes murió estando internado, sus últimas palabras fueron rezo por haber sido la última víctima de una bomba atómica. La historia de aquél pesquero fue llevada al cine en Japón con una película que lleva el nombre del buque: Daigo Fukuryu Maru.

La concientización producida desde los distintos sectores de la cultura tuvo rápido eco en la población. En EEUU para 1960 más del 60 por ciento de las personas estaban en contra de las pruebas nucleares. Sin embargo, no se detuvieron. El plan de disuadir al enemigo siguió su curso. Los potenciales enemigos no se quedaron atrás en esta carrera armamentística. Francia imitó a los norteamericanos y sus pruebas las llevó a cabo en las Islas de Mururoa y Fangataufa. Sus bombas fueron en principio de 2 o 3 megatones. Aún hoy, los nietos de algunas personas que trabajaron en esos centros sufren secuelas de la radiación. Inglaterra realizó sus pruebas en las islas de Malden y también en zonas desiertas de Australia. Los indígenas Australianos tomados como conejillos de indias son aún hoy un tema de estado. En 2017, a cincuenta años de las pruebas en ese suelo, el gobierno de Australia mejoró la asistencia sanitaria para ellos. El Cáncer y las enfermedades dermatológicas son moneda corriente y en aquél entonces hubo nacimientos de niños sin vértebras y con intestinos duplicados. En 1964, China hizo estallar su primera bomba atómica en la zona de Lop Nor, un lugar aislado de su propio territorio. Dicha zona era conocida como Lago Lop y en la actualidad es un terreno seco. Las primeras bombas Chinas poseían 3 o 4 megatones. Tres años después hicieron explotar su primera bomba de hidrógeno, con una capacidad de destrucción similar a las norteamericanas. La Unión Soviética hizo explotar en 1961 la conocida como Bomba del Zar, la mayor detonación nuclear de la historia. Una bomba de 50 megatones, es decir, más del doble de potencia que la sufrida por el Atolón Bikini y más de 3000 veces superior a Little Boy. Fue arrojada sobre Nueva Zembla en el Océano Ártico. No existen datos certeros pero se estima que han explotado en el mundo más de 2000 bombas nucleares. Parece mentira que nos hagan creer que el agujero de ozono pueda ser culpa de los desechos que ayer tiramos en una bolsita que nos cobraron en el supermercado.

En 1947 un Boletín de Científicos creó el reloj del apocalipsis. Marca cuánto tiempo necesita una guerra nuclear para terminar con el mundo. En 1953 alcanzó su tiempo más cercano al abismo. Después de que la Guerra Fría no produjera el tan temido desastre nuclear, el reloj perdió relevancia. Los temores fueron olvidados. Con la asunción de Donald Trump fue corrido treinta segundos. Hoy marca que el mundo puede estar a dos minutos y medio de su final. Dicho conteo, está lleno de demagogia y jugadas políticas. Aunque no deja de sorprender su sola existencia. El viraje de la ideología de los líderes mundiales hacia la extrema derecha, el crecimiento de movimientos neo fascistas en todo el globo y las guerras que se extienden cada día más en Oriente, hacen erizar la piel cuando uno se sienta a mirar con cierto pesimismo esos dos minutos y medio. Se estima que en el mundo existen más de 15600 bombas nucleares. Con cálculos matemáticos que están lejos de mi entendimiento, se calcula que el mundo podría ser destruido con ellas cerca de mil veces.  

En 2017, Corea del Norte probó misiles nucleares paradójicamente sobre aguas que Japón reclama hace varias décadas. El presidente norteamericano en la última reunión del G-20 se negó a firmar los tratados de cuidado del medio ambiente. Por más que intentemos mirar hacia otro lado y la autobiografía apocalíptica de Sebastián Pujol que supimos compartir en Marfil (https://revistamarfil.com/2018/10/06/autobiografia-apocaliptica/) parece una locura producto de la libertad literaria, la amenaza atómica permanece en las gateras del hipódromo de la guerra.  

Tengo consciencia de que los mayores peligros que acechan a la humanidad son más tangibles y cotidianos que el arsenal nuclear almacenado. Las guerras económicas, el hambre, las enfermedades producto de la miseria y las condiciones de desigualdad es probable que terminen con hombres y mujeres de forma más lenta y tenaz que una guerra nuclear.

No tendría ningún sentido temerle a algún asteroide que esté dando vueltas en la órbita del planeta.

Sergio Delbreil

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