Bajando de Misiones en barco por el Río Paraná hacia Buenos Aires, Celia de la Serna tiene contracciones mientras atraviesan Santa Fe. Es 1928, el hijo de Ernesto Guevara Lynch y Celia de la Serna se llamará Ernesto, lo conocerán algún día como “El Che” y nace rosarino. La familia se muda a Buenos Aires. El niño sufre ataques de asma. Los médicos le recomiendan mudarse a Córdoba. El clima seco de las sierras lo ayudará a aliviar los ataques. Por recomendación de una familia amiga, se mudan a la ciudad de Alta Gracia. Los Guevara alquilan varias propiedades, pero hay una de ellas en la cual viven once años, entre los cuatro y los quince años de Ernesto, y fue bautizada como “Villa Nydia”. A fines del siglo veinte la municipalidad de Alta Gracia, a treinta y seis kilómetros de la Ciudad de Córdoba, adquiere esa propiedad y en el 2001 abre sus puertas el Museo casa de Ernesto Che Guevara.

Puede pasar que el día en que uno se decida a visitarla, como le sucedió al autor de la nota, sea un sábado por la mañana y el sol caliente de a poco después de varios días nublados y llegue cruzando la ciudad -una localidad con cincuenta mil habitantes y unas hermosas ruinas jesuíticas alrededor de la plaza principal- hasta el barrio Carlos Pellegrini, estacione el auto en las cercanías del domicilio de la calle Avellaneda 501, enfile hacia la casa construida en 1911 para el personal del ferrocarril, de techo verde de chapa y paredes blancas con revestimientos de piedra, y se encuentre a modo de bienvenida con una escultura del Che siendo un niño sentado en la amplia galería central, con la mirada seria e inteligente que uno le vio en tantas fotos: una manera de entrar en situación, de ir metiéndose en clima.

Alguien se queja al tener que abonar los cincuenta pesos que cobran el ingreso. “En Cuba no te cobran nada en ningún museo”, dice enojada la señora. La visita guiada ya comenzó. Cerca de treinta personas escuchan a la guía mientras recorren las cinco salas, repletas de fotografías y documentos que repasan la vida del Che: su infancia, sus estudios de medicina, los viajes por América Latina, la Revolución cubana y su última lucha en Bolivia. Las primeras salas, donde se representa su infancia y su época de estudiante, se fueron armando con documentos aportados por su familia, amigos y por el centro de estudios del Che, entre otros.

Bárbara, la guía del museo, una vez terminado el recorrido, acepta que le haga algunas preguntas y cuenta que “en el año 1997, cuando en Bolivia se recuperan los restos del Che y los de sus compañeros, el municipio empieza a darse cuenta de que podía hacer un reconocimiento a su persona. Se comienza con el trabajo para hacer el museo. La casa en la que estamos es una de las tantas que él ocupó en Alta Gracia. La municipalidad decide hacer acá el museo porque es donde más tiempo vivieron y la compran en 1999 a dueños particulares.

-¿Cuáles son las joyas que tiene el museo?

-En primer lugar, considero que el edificio es muy importante. Se mantiene igual a cuando él vivía. La motocicleta que exponemos, que no es la original, pero es igual a “La Poderosa”, que usó en el viaje por América que se cuenta en la película “Diarios de motocicleta”. Junto a la moto se encuentran una parte de las cenizas de Alberto Granado, amigo del Che y compañero en ese primer viaje. El mobiliario es el típico de la época. Después tenemos al comienzo del museo y al culminar en el patio dos esculturas del Che realizadas por el artista Luis Hougras: el Che niño y el Che comandante. No hay quien no se saque una foto con esas dos esculturas. Es la postal.

-¿Cómo es el público que visita el museo?

-Es un público muy amplio. Vienen muchos extranjeros especialmente a visitar la casa del Che. Otros que están paseando por Córdoba, se enteran y se acercan. Hay gente que viene repetitivamente y siempre se vuelve a conmover, gente que viene de paso, gente que no lo conoce o que no está de acuerdo, pero vienen porque algo lo atrae de su figura. Es un personaje histórico. De alguna manera, es un museo debate.

En el patio espera la estatua del Che, comandante, sentado en un banco de plaza, fumando un puro, invitando a la foto.

-Uno viene acá a sentirse cómodo -me dice un señor vestido con ropa deportiva que espera para la foto y que viene de vacacionar en La Cumbrecita- Vinimos a Alta Gracia nada más que para esto. Todo lo que nos dijo la guía ya lo sabíamos, pero venimos a otra cosa. Uno se conmueve y además se siente a gusto, rodeado de gente que más o menos piensa como uno. Yo ya tengo cincuenta años y con mi mujer vamos a marchas en Buenos Aires y nos sentimos cómodos, rodeado de gente parecida. Eso de mirarse en los parecidos. Acá me pasa mas o menos lo mismo y a la vez uno siente que no hizo nada en comparación con lo que hizo este tipo.

Sebastian Pujol

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