Es para vos, Ponce


“ No hay nada peor para el arrogante, que la humillación”

Recién despierto, y la saliva en mi almohada me dice que tuve un sueño profundo, bastante profundo. Trato de reconstruir ese sueño y me agarra pánico. Tal vez lo que recuerdo de mi sueño es inadmisible o inconcebible. Trato de pensar y de materializar los detalles y todos se me hacen nítidos. Así y todo, la lluvia golpea a fondo las chapas de casa y hay una parte de todo que no cuadra. Siento las piernas y los muslos que duelen como nunca; más bien me duele desde el primer pelo hasta la uña del pie. Estoy destrozado. Me niego a dar crédito a mis sueños, ya que es sencillamente imposible. Los personajes de la historia que tejió mi cabeza, existen, sin lugar a dudas. Los acontecimientos, me niego a pensarlo.

Porque Ponce estará ahí, al lado de casa, porque es mi vecino. Un mal nacido, pero mi vecino al fin. Y Juan Gianfrella, seguramente estará atendiendo el almacén que a la fuerza, heredó de sus padres, que con mucha honra lo llevaba adelante junto a su hermano, el Laucha.

De repente, un sonido surge de la puerta de mi dormitorio. Escucho que el picaporte se acciona y una mujer de delantal entra a la pieza. Es mi vieja. Me mira, se acerca, aproxima su mirada y chequea que esté despierto.

  • ¿ Estás despierto, Cele?
  • Ahora no, vieja
  • Y si, con lo que corriste ayer, nene…

Ahí, se me encendió una alarma a mi inconsciente. Ayer. No tenía ni la más mínima idea de lo que había pasado ayer. Pero una idea, de alguna forma, tenía.

  • ¿Ayer?¿ Qué pasó ayer, má?
  • Dale, no te hagas el vivo, que bien sabés que ayer ganaron el torneo del barrio y que vos metiste el último gol.

Era cierto. Todo el sueño que tuve durante esa madrugada de lluvia, más que un sueño, fue la reconstrucción de los hechos dentro de mi cabeza. Pero más aún era cierto, que el Tano la dejó chiquita, que Elías Ponce había tragado cada una de sus palabras y que yo, de alguna manera me transforme en el héroe del barrio.

Y ahora era todo claro. Veía, con lujos de detalles, dónde había empezado esta paliza  con todas las letras.

Me arranqué el pijama del cuerpo y me vestí para ir al almacén a buscar al Tano, a Juan Gianfrella. Salí a la avenida y el cielo no paraba de llover; me percaté tarde que no llevaba el paraguas conmigo. Ahí ví la canchita, ahora un lodazal, las redes y los arcos pintados de blanco sobre el óxido y esa tribuna improvisada que armó Don Raúl, para ver la final de ayer. Todo el barrio estaba allí. Todo barro era ahora.

Camino por la vereda y las baldosas  salpican el agua marrón a cada uno de mis pasos. Levanto la cabeza y veo que el Laucha está saliendo del negocio, pero no me animo a salirle al cruce. Llego a la puerta del almacén que daba a la ochava, tomo aire profundamente, exhaló y me decido a entrar. La falta de WD40 en la puerta hace que mi entrada sea resonante.

  • ¡Un aplauso para el goleador del campeón, viejo! ¡ Arriba todo el mundo!¡ Arriba los corazones!

De repente, una ola de aplausos inunda el local; eran todos mis vecinos con los cuales coincidía en lo del Tano.

La voz de mi amigo me erizó la piel, por lo amplia y lo penetrante. Ese metro ochenta de cabellos rubios y ojos verdes, no tenía aspecto de ser humano sino de ropero con un gran corazón. El Tano Gianfrella es uno de esos tipos que yo estaría gustoso de cortarme un brazo, como ofrenda a su amistad, sin dudarlo. El tipo desplegaba una alegría sin par, a todo momento. Sus ojos claros brillan, como brilla su alma: Juan es el tipo más bueno del mundo, sin dudarlo. Solamente una vez lo ví desenfocado: cuando fallecieron sus papás en ese accidente en Sunchales. Él estaba cuidando al Laucha cuando lo llamó la tía y le contó. Juan estuvo días sin hablar, llorando en silencio, mostrándose fuerte ante su hermano menor, haciéndose cargo del negocio. Toda la cuestión al Tano lo endureció, pero con todo, el tipo siguió siendo el divino de siempre. Si hasta con entusiasmo se había puesto al frente de organizar la kermesse de fin de año en el barrio. Ofreció como diez salamines y dos hormas de queso para rifar en el festejo. El tipo tenía mi edad, pero para todos era un adulto, un pendejo que se tuvo que hacer grande a los porrazos.

Con todos los quilombos que conlleva llevar un negocio adelante, Juan no olvidaba hacer pie en dos cuestiones fundamentales: el estudio y los amigos. Ese año era el de nuestra graduación, y a pesar de llevar adelante tamañas responsabilidades, el Tano tenía excelentes notas, al igual que el Laucha. Y el boliche lo cerraba de dos a cinco de la tarde, bajaba las persianas, y sacaba una coca bien fría para compartir con nosotros. Todos los santos días, sin fallar. Éramos siete: el Cabezón, el Mono, el Negro, Tiburcio, el Tano, el Laucha y yo, Celestino. Los muchachos demostraban su amistad imperecedera, no haciendo alusiones a mi nombre de pila. Éramos los siete o nada. Si se enferman uno, se merendaba en la casa del enfermo de turno. Nos conocíamos hasta el olor de los pedos; nos entendíamos con una mirada, todos y cada y uno de nosotros. Pero dentro de todo grupo, hay un líder, un patrón sin nombramiento, y ese era el Tano. Se hacía lo que proponía el Tano, no porque el tipo la tenía más grande que todos, sino por el solo hecho de que el flaco era el mejor amigo de todos nosotros. Quilombo que teníamos, ahí estaba Juan Gianfrella.

Y fue uno de esos días previos a la kermesse, justo cuando el Laucha nos contaba que la gente grande quería armar un torneo de fútbol 7, en la canchita del baldío de la avenida San Martín, cuando ahí, en ese momento, aparece Ponce. Y te digo que el tipo era desagradable con solo mirarlo, porque chorreaba maldad por las pupilas. Exageradamente flaco, con su sonrisa en exceso blanquecina, falsa y repugnante; y su equipo de fútbol de Temperley puesto para salir a jugar a toda hora.

  • ¿Que pasa “Fiambrella”?¿Te quedaste huerfanito?

Elias Ponce era el hijo adoptivo de Don Ponce, abogado y un vecino ejemplar del barrio. El doctor se ofreció a hacer todo el papeleo del velatorio y el entierro de los Gianfrella, pagando todo de su bolsillo y sin esperar nada a cambio. Don Ponce renegaba del destino, por este hijo que le había tocado, el cual no valoraba en lo más mínimo las facilidades que este buen hombre le daba, y que además, no respetaba el dolor ajeno, sin recordar que él también pasó por lo mismo.

  • ¿ Qué te pasa, pedazo de gil?¿ Quién te pensás que sos?- arremetió el Laucha con el odio a flor de piel.

El menor de los Gianfrella se le iba al humo al hijo del doctor, cuando lo atajamos entre el Cabezón y yo. Juan estaba en silencio. Lo miré profundamente en ese momento, y vi como no le dejaba de parpadear el ojo izquierdo y de alguna manera, se aguantaba las lágrimas como un señor, como un caballero.

  • ¡Ponce!- la voz del Tano penetró el espacio del tumulto. ¿Te vas a anotar en el torneo del barrio este sábado? Porque nosotros, si..
  • ¿ Van a jugar todos los negritos juntos en el mismo equipo? No me lo voy a perder. Nos vemos allá, Fiambrella…

Estoy seguro de que en cada célula, en cada poro del Tano había odio. O que se yo, eso pensé en ese momento.

La kermesse llegó con la rapidez de quien quiere saber el final de la película. Cuatro equipos, dos partidos eliminatorios y la final. La canchita la arreglaron los vecinos para la ocasión: se pintaron todas las líneas reglamentarias, se agregaron redes a los arcos, se contrató un árbitro para la ocasión. Don Raúl hizo las gradas para que los vecinos vean el partido. Sin contar los que venían con la reposera a pasar el día con la familia.

El primero nos tocó con unos pibes de Luis Guillón. Nuestra estrategia era bastante sencilla. El Cabezón sacaba todo del arco, aprovechando su experiencia en las inferiores en Los Andes. El Mono, El Negro y Tiburcio eran un paredón defensivo que en cuanto la tenían en el pie la reventaban al cielo. El Tano era el jefe del medio, y el Laucha y yo, dábamos rienda suelta a nuestros pulmones tipo wines. Mucho huevo, poco lujo. Al primer contrincante lo aguantamos atrás, y lo ganamos de contragolpe. Nadie festejaba. Todos esperábamos a que Ponce ganara su partido y nos viéramos, tal cual como nos prepoteó.

El equipo de Ponce lo integraban unos primos suyos de Canning y unos conocidos de Temperley, porque ese condenado no era capaz de tener tener amigos en el barrio. Eso si, todos eran bien flaquitos y corrían una barbaridad los hijos de mil. No había muchas esperanzas. Los resultados se dieron como habíamos pronosticado: nuestro equipo y el de Ponce iban a jugar la final.

La final de ese campeonato de kermesse del barrio estaba por empezar y todos los tapones de nuestros botines apuntaban a Ponce. El polvo de la cancha corría de lado a lado, metiéndose en las retinas de los vecinos. Cada uno de los siete de nuestro equipo, era el protagonista en el escenario del campo de batalla de la vida cotidiana: íbamos a dar la vida por el que teníamos al lado y por la amistad que nos unía. Eso nos hacía fuertes. Sobre todo para Juan: el se jugaba, de alguna manera la memoria de sus padres fallecidos. Y la cosa iba en serio, porque ni bien pitó el árbitro el inicio del partido, el Tano empezó a correr en línea recta hacia delante, pero no hacía la pelota. Hacia Ponce iba. Era una locomotora, Juan. Sabía que siempre la pelota iba a ir a los pies de Elías. Yo estaba seguro: iba a romper. A todos, incluyendo al Laucha, su hermano, se nos heló la sangre a ver a ese mastodonte ir con tanta furia hacia el escarbadiente a Ponce. Milagrosamente, Ponce atina a mirar de reojo a su costado con la pelota en su dominio, justo cuando Juan se tiró al piso con los tapones hacia delante. En el momento justo en que sus tapones se iban a incrustar en los tobillos de Ponce, Juan abre los dos pies en forma de V y le perdona la vida, pero dejándole el vigor en sus tobillos por siempre. Ví la mirada de mi amigo, el casi homicida futbolista, y ví en él lágrimas de amargura que, seguramente era por el recuerdo de sus padres que ya nunca iban a volver. El Tano endureció su cara, mientras emprendía la retirada a nuestro campo, con los puños apretados de la furia devenida en desazón.

El partido arrancó y los larguiruchos esos ya  nos estaban pasando como conitos, eran rapidísimos. Llegaban al borde del área grande con mucha facilidad, pero al momento de tirar el chanfle, nos tirábamos de cabeza para evitar el desastre. Éramos, una suerte de soldados​ espartanos del fútbol, ya que no nos importaba salir lastimados y, hasta yo diría, estábamos incluso dispuestos a dar la propia vida. Nos tenían en nuestro arco y Ponce era su jefe. El tipo mandoneaba a su tropa, que era tan altanera y tan arrogante como su líder.

En un momento, uno de los suyos, se decide a patear a quemarropa, con un buscapié en el corazón de nuestra área. El tiro rebotó en la pierna de Tiburcio y luego, en la rodilla del Negro, desacomodando al Cabezón que se había tirado para el otro lado. Nuestras miradas se clavaron en el danzar de nuestra red vencida. 0-1. Los larguiruchos festejaban como locos. Ponce nos miraba desafiante y buscaba al Tano con su mirada. Juan miraba adelante, con las manos en la cintura. Estaba tranquilo, como sabiendo la manera en que todo se iba a desarrollar. Y así fué.  Porque otro de los amigotes del inaguantable de Ponce, encaró solito al área y enfiló para nuestro arco, y el Negro, no tuvo otro opción que bajarlo en la área y penal. Ni una queja o protesta. Se nos venía la noche y todos lo sabíamos. Y para colmo de males, Ponce agarra la pelota. Con esa mirada de malnacido de siempre, lo tantea al Cabezón. Y no sólo eso, sino que se la pica y la pelota cae mansita a la red, dejando a nuestro arquero desparramado y a este hijo de mil yéndose hacia su campo. Nos mirábamos entre los siete y ninguna explicación era válida para comprender semejante paseo. El único sereno parecía Juan. Pero yo sabía que por dentro, el tipo era un fuego, pero se la bancaba para que todo no terminase en tragedia. Juan sólo, con sus falencias futbolísticas, con su torpeza corporal y  según los antecedentes, era incapaz de dar vuelta esta historia. Si bien era la voz de mando, era un tipo que se movía en cámara lenta y a veces se tropezaba con sus propios pies. Valía más como compañero, que como futbolista.

Sacamos del medio y los grandotes de Canning, y Ponce  sobre todo, se nos vinieron al humo enseguida. La rifamos en un intento de despejar y en ese quilombo la perdemos en nuestra área, como si quisiéramos entregar el partido, ante semejante exhibición futbolística del rival . Todos los jugadores que conformaban los dos equipos, menos Ruiz, el arquero de ellos, estaban en nuestro campo. Ponce patea, la pelota da en la base del palo, y se mueve por el largo de la línea de gol. Cualquier empujón era gol y campeonato para Ponce y los suyos. Cuando menos lo esperaba la suela de un botín gastado, paró la pelota en la línea, congeló la historia en un segundo y salió jugando como si nada. Era el Tano Gianfrella e iba hacia el arco contrario con decisión. Iba lento pero decidido, con todo el ropero encima. Los largos del equipo contrario le salen al cruce. Y ahí, veo una polvoreda de polvo levantarse del sector donde estaba el Tano. E inmediatamente después, escucho el fierro del travesaño de ellos sonar. Juan había tirado un misil desde atrás de la cancha, que casi nadie lo pudo visualizar; todo el mundo estaba asombrado. Nunca ví algo así. La pelota reventó el palo, pegó en línea y salió afuera. El arquero no la vió ni de casualidad. Lo ví a mi amigo y lo sentí totalmente transformado: sus ojos estaban inyectados en sangre y la fatiga no se hacía percibir en ningún músculo a la vista. Parecía que su cuerpo era la de un atleta olímpico, hasta más flaco parecía. Gianfrella tenía el aura de un superhéroe, de un hombre nuevo y fuerte. Tenía la fuerza de un demonio armado y la templanza de un cura en medio de la misa.

Ahí empezó otro partido. Porque para nosotros que nuestro jefe esté despierto, era más que un incentivo: era un grito de guerra ante una derrota casi irrevocable.

En una de esas, veo que Tiburcio cuelga la pelota del cielo de un zapatazo. El Laucha y yo miramos la pelota en el aire y empezamos a correr. La redonda cae de mi lado, la controlo como puedo, y arranco hacia el fondo de la cancha. No me importaba nada, iba como un caballo sin percatarme si alguien me acompañaba. Sentía que si no podía hacer eso, no valía nada: ni como futbolista, ni como hombre y menos, como amigo. Sentía de alguna manera que este partido, era para demostrar cuanto podía jugármela por mis amigos. Y por Juan. Le gané en velocidad a mi marcador, y con lo último de fuerza, aire y espacio que tenía, tiré un centro con comba hacia dentro del área, a elevada altura. Cuando lo lancé, lo único que atiné a ver fue a Ponce levantando las manos, calmando a los suyos, como diciéndoles “ tranquilos, es nuestra”. Juro por mi vieja, y por la Virgen, que no lo ví. No lo había visto subir junto conmigo; pero si, elevarse como un ave rapaz en el cielo, buscando el frentazo, sacándole tal vez, dos metros de alto a sus marcadores. Nadie podía creer cuando el testazo de Juan Gianfrella besó el travesaño y acarició la red con la gracia que lo hizo. Juan aterrizó su gran cuerpo en el polvoriento campo y no lo gritó su gol; salió al trote para volver a cubrir su posición como si lo que acababa de hacer hubiese sido nada. Ninguno de los seis compañeros de equipo lo gritó… porque no entendíamos lo que pasaba. El grito desaforado salió de afuera, de los vecinos, porque ante Ponce, nosotros hacíamos de locales.

El Tano estaba imperturbable, nada lo hacía salir de sus casillas. Había decretado con esa genialidad que lo que estaba por venir iba a ser una batalla campal. Y lo fue. Porque los cagamos a patadas a los cogotudos esos, no podían ir más allá del borde del área grande. Estaban cagados ante la figura inesperada del Tano. Juan  nos decía con esa genialidad, con esa cosa de otra galaxia, que Ponce y los suyos de a poco, sentían miedo y estaban arrugando. En medio de un tumulto sale jugando el Laucha y lo ve picar, si, otra vez al Tano. Parecía que tenía tres pulmones aquel muchacho. Pase milimétrico del hermano y todo el armatoste a la carrera al área. Ponía el cuerpo como si fuese Luque o Kempes; la dominaba como Bertoni, Bochini o como las mejores épocas de Houseman. Tenía la técnica de Maradona en su mejor época en Argentinos o de Corbatta en Rating, y la potencia del Gringo Scotta. Eso era Juan Gianfrella ese dia. Y nadie, absolutamente nadie, iba a poder adivinar lo que este tipo tenía en mente. Nunca ví el instante en que Juan levantó la mirada y vió al arquero Ruiz algo alejado de la línea de su arco. Porque ni el más futbolero o detallista se hubiese percatado la locura que iba a ocurrir. Llegando a escasos veinticinco metros de la valla, el Tano, en una maniobra imperceptible de su pie derecho, hace una mueca perfecta con su botín y eleva la pelota a una altura increíble. Juan humillaba a los contrarios picándosela al arquero. La pelota hace una parábola, una curva, o vaya a saber cómo se llame eso que hizo la de cuero, que cuando baja, cae  justo para estamparle un beso al travesaño e ir limpita y lenta a la gloria. Golazo, el mejor que ví en mi vida, sin lugar a cuestionamientos. El Tano era la expresión de la inexpresividad. Los vecinos deliraban y gritaban “ es para el Tano, la selección”. Todo era alegría, todos éramos un abrazo, menos Juan y eso era un misterio. El tipo lo empató, ante la imposibilidad matemática, y mismo ante mi propia falta de confianza, un partido a unos tipos que de antemano, cerraban los ojos y nos llenaban la canasta. Y cuando seguía pensando en esa boludez, veo que el Laucha gana un córner desde la derecha, y vamos todos a cabecear menos el Cabezón, nuestro arquero. El Negro tira un centro paupérrimo, y que encima, va a parar en lo pies ágiles de Ponce. Y el tipo despegó con el campo libre y envalentonado para surtirnos en cualquier momento. Y ahí, no sé cómo y de dónde apareció: el Tano, otra vez él. El tipo corría a la par de nuestro verdugo, como si le quedara todavía un pulmón de reserva. Corrió hasta pasarlo a Ponce y tenerlo frente a frente. Y lo que vimos después, ni a Passarella se lo vi hacer: una marca personal sanguinaria, cara a cara. Juan no le dejaba el ángulo a Ponce para patear a nuestro arco. Esa imagen era más linda que mi novia del colegio o una pintura de Quinquela Martin. Y en ese instancia, Ponce metió un pique hacia el costado y quedó con ángulo suficiente para patear cómodo. Era el gol y la derrota humillante de los nuestros.  Y ahí, la bestia humana de Juan que se lanzó como kamikaze a su suerte, estiró la pierna de una manera colosal, inhumana me atrevería a calificar. Ponce estaba sorprendido por ese acto heroico de su enemigo, y a partir de ahí no fue el mismo del principio.

La pelota se fue por el fondo hacia el córner y Cornejo, el wing derecho de ellos se aprestaba a patear con la esperanza de terminar con el escarnio de nuestro acecho. La pelota se elevó y se fue cerrando hacia el Cabezón que esperaba el centro. Puñetazo y despeje por la banda.

Seguro el tipo a esa altura estaba con las facultades de predecir el futuro, porque cuando levantamos la vista y vimos a Juan parando la pelota contra la línea de cal, ahí todos pensamos que, el flaco iba a decretar nuestra suerte triunfal.

Pero como un loco llegó Ponce a su posición, como para llevárselo puesto, tirarlo al mierda, que trague la tierra y el polvo que ya nos llegaba a las rodillas, y escribir una historia, la suya, de triunfos imperecederos, de gloria infinita.

Le debo agradecer a Dios por presenciar el momento que vino después. Fue la humillación mas justa de la historia, y fue eterna y gratuita. Seguramente estaba predestinado que la historia sea escrita de esa manera, y no de otra: el cogotudo de Ponce, llegó, y se le plantó a Juan sin dejarle salida fácil para desmarcarse. En el instante en que Elías Ponce se está por plantar en el piso, veo como despacito, inocente y límpida pasa la pelota por entre las piernas del malparido. Juan la había acariciado con la suela de su botín derecho hacia delante, y salía a toda velocidad a buscarla a las espaldas de Ponce. Éste estaba petrificado, anclado y desnudo de vergüenza. Juan acomodó su cuerpo y su carrera, y enderezó el carro hacia la línea de fondo rival, a contrapierna para tirar el centro, porque Juan era derecho y no le daba el perfil.

Recordé la promesa de no fallarle a mi amigo y dejar la vida en la cancha. Y piqué al área de los larguiruchos, sin ningún tipo de plan de acción, pero con absoluta convicción en el triunfo.

A Juan, que estaba por llegar al fondo, le llegaron dos contrarios a marcar. Supuse o saqué la conclusión de que era centro para el cabezazo ganador. Pero nunca en mi perra vida supuse que Juan iba a tirar esa rabona sobre la raya. El tipo no solamente capeaba con su guapeza ante la mala, sino que hacía cosas que jamás lo ví hacer. La pelota salió bombeada y yo venía muy entonado hacia el arco. Ví que la pelota pasó mi posición y me frené. Y tal vez, como viendo que el Tano era capaz de algo irrealizable para él, visualice en ese instante mi imposible y me atreví. Acomode mi cuerpo, me elevé, y mis piernas buscaron la pelota, y bueno, la chilena fue inevitable que se cuelgue del primer palo del arquero, que estaba totalmente esperando otra cosa menos eso. Los vecinos gritaban y coreaban: ¨Cañuelas, Cañuelas¨, en alusión al terrible acto de belleza presenciado antes del gol.

No recuerdo lo que sentí al hacerlo, no recuerdo como volví a casa y terminé babeando lo almohada. Sólo sé que la última imagen que tengo en mi cabeza es la caminata de Gianfrella hacia Ponce. Esa caminata que se dirigía donde el bravucón humillado, se había establecido para erigir el monumento de la vergüenza. Juan lo busca con su mirada, lo encuentra y le clava su dedo mayor derecho en su pecho. Leo los labios de Juan que mediante una sonrisa de satisfacción y de odio acumulado, grita: “ Es para vos, Ponce” .

  • ¿Estas bien, Cele?

Volví al almacén y a la realidad. Estaba enfrente a ese extraterrestre de mis sueños, que estaba detrás del mostrador, cortando fiambre.

  • Si, amigo, estoy bien. Recién me desperté de lo de ayer.
  • Vos, Cele, sos el que más te lo merecías. Haceme un favor, que estoy con poco tiempo. Me llamó Don Ponce y me dijo que le lleve esto a su casa. ¿Lo podés llevar vos?

Ahi veo el producto que Juan me trae y me lo alcanza.

  • ¿No será mucho, Juan?
  • Tranquilo, Cele. Te juro, por mi vieja,  que me lo encargó don Ponce. Seguro que es para que el nabo de su hijo aprenda a ser más humilde.
  • Bueno, dale.

Y ahí, fui a la puerta de Ponce, dejé la botella de aceite Cañuelas y me fuí riendo a mi casa. Y ahí, seguí durmiendo.

Fabian Fazzini


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