Ser o no ser políticas esa es la cuestión

La militancia partidaria también se feminizó. Cristina Fernandez De Kirchner, durante la madrugada del 9 de Agosto del 2018, en la sesión definitoria sobre la legalización del aborto incorporó oficialmente la perspectiva de género feminista en la lógica política que encabeza, aquella vez afirmó; “Vamos a tener que incorporar la noción feminista a lo nacional y popular, que caracterizó al peronismo durante décadas y que luego de la década de la dictadura, incorporamos la cuestión democrática y dijimos somos nacionales, populares y democráticos. Vamos a tener que incorporarle Nacional, popular, democrático y feminista.”

Ser política hoy implica entender al  feminismo como una rama primordial y protagonista dentro de cada partido político donde militamos. Aunque la política se haya originado por varones y para ellos mismos, ser parte de un colectivo donde la perspectiva de género sea la cabecera (junto con el hambre y la salud) de una agenda política, deviene instantáneamente una discusión interna y externa en cada espacio donde exista el debate sobre cómo se llevan a cabo las relaciones de poder, lo espacios, los roles, los tópicos , y por supuesto, las políticas que realizan tanto desde la militancia, como en las medidas y votaciones que se dan a lo largo del tiempo.

El feminismo llegó hace rato. Lo asimilamos y acomodamos acorde a un proceso socio-histórico determinado. Es evidente que también cada sector se aggiornará acorde a la estimulación de los compañeros y las compañeras, y  cuanto a “estimulación” debemos entender que la responsabilidad no recae solo en las mujeres del partido político, sino que también en la conducción y la coherencia en donde nosotrxs nos ponemos la camiseta y salimos a la calle.

El discurso de Cristina en la sesión sobre la IVE (Interrupción Voluntaria del Embarazo) no solamente hizo visible una perspectiva género, que ya se había establecido durante sus 8 años de gobierno, sino que también logró tocar donde a algunos políticos les duele. El poder.

El poder una creación cultural que luego se traspasó a los demás aspectos. La militancia, la política, y el patriarcado, nunca son excluyentes. No son excluyentes por el motivo principal de que la política siempre fue patriarcal y que está compuesta por individuos teñidos del machismo. Y además, por varones.

En cuanto a la organización que suelen tener todos los espacios donde se hable de política es, hoy en día, una tarea de doble sentido. Es fácil identificar a compañeros que repliquen un modelo machista y a su vez, se dificulta a la vez de debatirlo.

Yo me pregunto, ¿Por qué se dificulta? La dificultad de combatir a los machismos internos y externos de las organizaciones militantes radica, de nuevo, en esta lógica patriarcal en la cual estamos todxs inmersos. Reconocer a un compañero con actitudes violentas, misóginas, agresivas, o un tanto “confusas”, es parte de la de-construcción y de la feminización de la militancia. Ahora, lo difícil es ponerlo en jaque. No solamente porque –lamentablemente- todavía existe la misoginia en todos los lugares donde se milite, sino que a su vez, nosotras también estamos de-construyéndonos.

Amigos, novios, compañeros, responsables políticos, todos ellos tienen actitudes violentas. El poder asimétrico se ve, se siente y, nosotras, lo combatimos. Desde abusos de poder hasta violaciones, desde un grito hasta una descalificación, desde un insulto hasta una desjequerarquización sin motivo, vivimos las mujeres a diario dentro de la militancia.

El poder solía –y suele- ser personificado en los varones. Sus roles de liderazgo, su postura, su voz, su manera de discutir, las decisiones que se toman y claramente el puntapié de todo eso es que son varones y que sus privilegios todavía están vivos. Nosotras como militantes políticas logramos encontrar el apoyo tanto de compañeras y compañeros ante cada denuncia que se realiza en las distintas organizaciones. Pero no es solamente una cuestión de creer en las denunciantes, sino en poder transformar de raíz esa lógica para que ninguna compañera vuelva a sentir ni a sufrir maltrato o violencia política de parte de compañeros. Entonces, viene a colación evitar la lógica punitivista –altamente peligrosa y contradictoria en cualquier espacio militante- que condena y rompe con la bandera que milita a la política como la herramienta de transformación más grande.

En las organizaciones políticas todavía existen violentos, violadores, abusadores o los bien llamados “hijos del patriarcado”, existen encubrimientos, negaciones, negociaciones y una violencia implícita –y muy dolorosa- que tiene como consecuencia el abandono de militantes mujeres en los espacios donde se sufrió violencia política de género y no se le otorgo ningún tipo de solución y mucho menos contención.

Los protocolos de violencia de género de los partidos políticos sirven tanto como para prevenir como para contener, y poder tener un accionar responsable, cuidadoso y sobre todo, siempre, con el feminismo delante. A su vez, La Ley Micaela promueve una formación dentro de los bloques en los cuales la perspectiva de género carece y se ve ampliamente reflejado en varias medidas políticas o estrategias llevadas a cabo tanto en partidos políticos como en organizaciones compuestas por militantes.

La Ley Micaela promueve una formación con perspectiva de género y los protocolos de violencia de género inter e intra partido, militan al feminismo desde la transformación y la responsabilidad de contener, denunciar, o tomar algún tipo de medida en casos de violencia hacia las militantes. Es importante destacar que más allá de lo difícil que es poder denunciar a un compañero o identificar actitudes violentas del mismo, es entender que el proceso de transformación en el cual nos encontramos, es un proceso donde estamos tirando los cercos que nos impidieron el crecimiento como mujeres políticas.

A su vez, romper con el pacto de caballeros (donde se encubren entre ellos y militan la violencia desde espacios donde la asimetría parece no existir), poder encontrar las herramientas de transformación y alzar la voz, es una victoria que nace desde el voto femenino, sigue con una Presidenta re-electa (y todas sus medidas a favor de las mujeres) y continúa con mujeres encabezando listas y promoviendo al feminismo como línea obligatoria y naturalizada ocupando roles de conducción en todos los espacios posibles.

No hay que pasar por alto la cantidad de denuncias que llegan por día a los espacios de militancia partidaria. No hay que pasar por alto cómo se resuelve ni tampoco cómo se trata. No hay que pasar por alto quiénes, habitualmente, son los denunciados. No hay que pasar por alto la postura que cada una de nosotras tiene. No hay que dejar de nombrar ni de formar. No hay que dejar de hablar del tema ni tampoco que se haga borrón y cuenta nueva. No hay que pensar a este tipo de ciclos políticas como individuales sino hay que poder situarlos dentro de un marco social construido y replicado por todos los espacios políticos partidarios en los que las militantes feministas somos parte. Hay que denunciar, hay que hablar, hay que frenar al compañero que nos grita, hay que denunciar al responsable político que abusa de poder solo con mujeres, hay que denunciar y hacer visible que hasta el partido con más perspectiva de género también sufre violencia política.

 Hay de desmitificar a los compañeros militantes y humanizarlos para poder notar cada actitud fuera de lugar y violenta, y tomar las medidas necesarias. Hay que militar al feminismo, revisar los espacios donde los vicios machistas encabezados por hombres en roles jerárquicamente importantes nos impiden el desarrollo y crecimiento de nuestros deseos y lugares en la política. Hay que debatir, de-construir para construir una sociedad más justa con la misma intensidad con la que marchamos por el hambre y en contra del gatillo fácil. Hay que entender a la bandera feminista como la bandera de la justicia social y que a los compañeros les indigne un femicidio como una final de la Libertadores de América.

 Educar es combatir, y las militantes feministas vamos a combatir los abusos, las violaciones y la violencia política de género con organización y una militancia coherente, intensa, justa y popular para que, no solamente se rompa el mandato de la masculinidad política, sino que también para que todas aquellas militantes víctimas de violencia por parte de los compañeros, no tengan miedo de denunciar ni tampoco dejen su vocación política por una maniobra machista de parte de las organizaciones.

La mayoría de partidos políticos recibieron denuncias de parte de militantes hacia compañeros que ocupan lugares de decisión, conducción y representación. Es decir, que en la mayoría de los partidos políticos, las mujeres militantes sufrimos violencia política de género. El coraje tanto de la organización política como de las mujeres que denunciaron, es la punta del iceberg que provocó el feminismo y el empoderamiento femenino. Ya no nos callamos más, viva la voz y alta la frente. Ya vamos a transformar.

En fin, la revolución llego a los debates de emergencia alimenticia y sanitaria, a la legalización del aborto y a la composición de las listas, a la apertura de otros frentes y, por supuesto, a la concientización del voto. El 2019 nos encontrará en un proceso político difícil y desafiante. Que el feminismo nos tiña de política y nos haga pensar.

Azul Verzura

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