Un baño de realidad

-¡Holaaaa! -atendió el teléfono mi vieja, alargando la última sílaba hasta escuchar una voz del otro lado, como hacía siempre. Luego bajó su tono y continuó la charla. Apenas comenzó la conversación telefónica supe que era un llamado fuera de lo habitual. Las preguntas que realizaba eran precisas.

-¿Cómo llegó? ¿Quién es? ¿En qué estado está?

Después de largos silencios en los que seguramente su interlocutor respondía las preguntas realizadas, habló:

-Bueno, déjame ver qué puedo hacer y dónde lo puedo ubicar.- Fue cortante y seca.- En un rato te llamo, -agregó.

Cortó y se fue al jardín de la casa a tomar mate. No pregunté nada. Volvió a las dos horas, pensativa. Se notaba que estaba intentando tomar una decisión. Agarró el teléfono y marcó.

-Hola ¿padre? Voy para allá y vemos cómo lo resolvemos, -cortó nerviosa.

-Voy a la parroquia y vuelvo.

No pregunté, odiaba la parroquia, las misas y todo eso.

Volvió a las 3 horas en su camioneta con un tipo joven, de unos 30 años, morocho con marcas en su rostro y con ojos violentos. Nos reunió en la cocina a mis hermanos y a mí. Nos relató lo que iba hacer. Mi primer baño de realidad.

-¿Quién este tipo?, -preguntamos.

– Se llama Oscar, es adicto y se va a quedar unos días en la casita hasta que le consiga un hogar de rehabilitación.

-¿Por qué no se queda en otro lado? -pregunté

-Porque no tiene otro lado, es acá o en la calle, -respondió secamente.

La casita le decíamos a una habitación separada de la casa que se utilizada como lavadero.

-Oscar no es solo adicto, sino que también es ladrón, nos vamos a manejar de esta forma: solo van a hablar con él cuando esté yo y voy a estar siempre.

Nadie dudó, o por lo menos yo no, nadie cuestionó o al menos no recuerdo. Tampoco me preocupé; creo que al tener 13 años creía que mi vieja lo podía todo, o casi.

En los siguientes días Oscar vivió en la casita y cada tanto podía hablar con él. Moría de intriga por saber cómo era la vida de un ladrón y no dudé en preguntar.

-¿Cuándo empezaste a robar?

– A tu edad, -respondió

Oscar usaba palabras que yo no conocía, que significaban otra cosa a la que yo creía. Era un tipo amable de gestos intimidantes, de rasgos duros, tenía muchas cicatrices y algunos tatuajes de mala calidad: uno de ellos entre el índice y el pulgar: cinco puntos. Recuerdo que le pregunté qué significaban y respondió sin vueltas: “4 ladrones que rodean a un policía. Me lo hice en la cárcel”.

Me pareció que no tenía que seguir preguntando. Mis ganas de saber y entrar en su mundo crecían a medida que me contaba anécdotas, historias de robos con “caño”. Tuvo que explicarme que así se referían a las armas. Durante varios minutos pensé literalmente qué era robos con caños. Su jerga me divertía, pero pronto me di cuenta que en sus historias la violencia y la muerte eran cotidianas. No pude evitar preguntar si había matado a alguien. No tuve una respuesta precisa, fue vago y no confirmó ni negó nada. Dijo algo así como: “no sé, capaz”.

Oscar no tenía padres, su adolescencia había transcurrido entre su casa, la calle y la cárcel de menores. Tampoco respondió preguntas sobre la cárcel, solo supe que había estado en varias y que sus tatuajes se los había hecho en ellas.

Llegó a casa por medio de un cura amigo de mi vieja, que es asistente social y estaba especializándose en adicciones. Cayó a la parroquia pidiendo ayuda en un estado lamentable y al cura lo único que se le ocurrió fue llamarla. Ella aceptó recibirlo hasta que consiguiera una beca en algún centro para adictos.

Silvia, mi vieja, comenzó a llamar a gente conocida para que lo recibieran en “El Reparo” un centro de rehabilitación privado que no tenían muchas vacantes. Pasó una semana hasta que Oscar comenzó a ir al centro para adictos por la tarde, pero continuaba durmiendo en la casita. Tenía largas charlas con mi mamá y en una de ellas pude escuchar un pedido casi desesperado:

-¿Podría sacar el tanque de kerosene que está al lado de la casita?. -Al tanque lo guardábamos para las estufas.- Me dan muchas ganas de drogarme con eso.

En otra logré escuchar como mi vieja le informaba con voz muy firme que si se iba no podría volver nunca más a esta casa.

Una tarde al regreso de la clínica llegó con algunas preguntas. Al parecer en un taller le preguntaron por su filosofía de vida y no supo qué responder, porque no sabía qué significaba esa palabra. La respuesta de Silvia fue lo más didáctica posible: “¿Te acordás cuando te aclaré que tengas mucho cuidado con lo que haces en esta casa? ¿recordás tu respuesta?”. “Sí, quedese tranquila que donde se come no se caga”. “Bueno esa es tu filosofía de vida”, y continuó con otra explicación un poco más compleja que no entendí.

Una tarde tuvo que hacer un trabajo para el grupo y pidió unos CD´S para buscar la música que él escuchaba y entregarla a su coordinador. Unas horas después lo vi pasar por el portón con nuestra única bici. Así se fue de casa. Volvió a la semana siguiente completamente drogado al mismo portón por donde lo vi irse. Mi vieja llamó a la policía como le había avisado, lo llevaron en un patrullero y luego nos enteramos que no salió de la comisaria porque se supo que había robado una farmacia, lo gracioso fue que no robó dinero sino todas las drogas que pudo.

Por años sonó el teléfono de casa: cuando atendíamos una operadora nos avisaba que era una llamada por cobro revertido desde una cárcel “Sierra Chica”, hablaba largos ratos con mi mamá que era a la única persona a la que podía llamar.

Años más tarde vi a Oscar en una placa de Crónica TV: “ROBO Y MUERTE EN BOEDO”. Vi su cuerpo y sus tatuajes con sangre en una vereda porteña.

A mis 15 años comprendí que hay personas que tienen su destino sellado y marcado en la piel como cada tatuaje en su cuerpo. Su experiencia de vida es casi imposible de borrar, sin ayuda.

¿Por qué creemos que se puede cambiar el destino? ¿Por qué uno de cada 1000 logra hacerlo? ¿Eso es medida de análisis? ¿Acaso pedimos que cada físico sea como Einstein? ¿Por qué creemos que todos elegimos? José Pablo Feinmann en su programa de canal encuentro citaba a Sartre: “Cada hombre es lo que hace con lo que hicieron de él”.

Acaso cuando vemos a nuestro equipo de fútbol ¿Le pedimos a nuestro 9 que defina como Messi? Sería una estupidez ¿Por qué decirle a los pibes chorros que no lo hagan porque está mal?, ¿por qué entonces pedimos que las excepciones sean una regla?. Señalamos al pibe que logró salir de la droga y que también se salvó de ser un chorro cuando no tuvo ningún tipo de vínculo y le decimos al resto: “¿Ven que se puede? Ustedes no lo hacen porque no quieren, porque no tienen voluntad”.

En la historia de Oscar no falló mi vieja, falló el estado. Una persona sola por más coraje que tenga no puede cambiar el destino del hombre, el único que puede hacerlo es el estado. Dejemos de pedirle a los pibes chorros que dejen de serlo y exijamos al estado que cumpla su función para cambiar el destino de tantos Oscar.

Texto : Juan josé Romero

Imagen: Zirpolo

Un comentario en “Un baño de realidad

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s