Nuestra República Cromañón

El viernes 31 de diciembre 2004, todos nos preguntábamos en el laburo: ¿Vino Maxi? Había hinchado las pelotas toda  la semana, “Me voy de gira” decía. Era un pibe de San Martín, laburaba, estudiaba, amaba a Chacharita Juniors y por sobre todo al Rock.  El Rock ese refugio que encontramos los jóvenes, era el lugar de encuentro y por sobre todo en dónde decían las cosas que sentíamos. La política nos era ajena, la imposibilidad de cambio nos aprisionaba. En la música y en las bandas barriales teníamos voz, los tipos nos representaban. Con mayor o menor belleza el Rock Nacional fue nuevamente nuestro bunker, nuestro refugio para destilar rabias y sentirnos vivos.

Recuerdo las imágenes de Crónica, la placa “Tragedia en Boliche: Ya son 174 muertos”, iban a ser 194 personas y más de 1400 heridos. Una de las mayores tragedias no naturales en Argentina.

Los pibes gritando, llevando cuerpos por la calle Bartolomé Mitre hasta las pocas ambulancias que había en el lugar. Pibas y Pibes sentadas en los cordones, luchando por un poco de aire. Pensé en Maxi. Me paralice, un escalofrío en la espalda. No había tantos celulares, fuimos la última generación análoga, no teníamos todavía el celular como una parte más de nuestro cuerpo, como hoy. No sabía el teléfono de la casa, llame a otros compañeros, nadie podía comunicarse. Había que esperar.

No pude dormir, miré tele toda la noche, quería verlo caminando con su remera de Chaca, que un camarógrafo lo ponche, que alguien me llame y que me diga que estaba todo bien.

Me había mostrado la entrada. Qué culo le había dicho, alta fiesta. Yo no tenía un peso. Si, vamos con amigos, me dijo Maxi.

Vimos pasar responsables políticos; de control; Managers y músicos. Tratando de salvar su culo.

No sé con seguridad si aprendimos. Realmente no lo sé. En argentina la responsabilidad individual siempre se diluye en la colectiva.

El viernes llegué muy temprano al trabajo, todos estábamos expectantes, nadie tenía noticias.

¡Maxi la puta que te re mil parió! gritó Santi con voz estruendosa, lo abrazó, lo abrazamos. Nos contó que se había puesto re en pedo, que el auto del amigo no arrancó inexplicablemente, que estaban en un barrio en San Martín y no daba. No daba. Es más no sabía nada de lo que había pasado.

Le contamos.

Maxi se ensombreció. Su cara se desfiguró en una mueca que no olvidaré jamás. Fue corriendo a su box y agarró el teléfono, llamo, balbuceó algo, escuchó y el llanto desgarrador de Maxi brotó de todo su ser, lloraba como un nene. Un amigo suyo había muerto.

No volvió a ser el mismo. Ninguno de nosotros lo fue. Crecimos con esa piña en el estómago para toda nuestra generación, un golpe lleno de muerte y dolor. Como nos tiene acostumbrados nuestra República Cromañón.

Carlo Magno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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