Lineman

-No sé si tengo ganas de repetir lo que le dijo ese tipo a Mario.

El Negro me mira y sonríe. Se afloja la corbata y se desabrocha un botón más de la camisa. Son las seis de la tarde y todavía el sol se refleja en los últimos pisos de los edificios más altos del barrio. La tarde está ideal para tomar una cerveza, me había dicho el Negro. La verdad es que tenía razón. Sopla apenas un viento tibio sobre las cuatro mesas en fila en la puerta del maxikiosko “Del Bajo”.
-Lo pienso y se me calientan las tripas de la bronca, -continúo diciéndole al Negro, y hago una pausa, porque sé que le gusta que le cuente historias, las disfruta.- El fulano este se dio vuelta y se lo largó, así no más, con una sonrisa torcida y una liviandad que nos dejó duros a todos. No sabés como estaba la cancha Negrito. Hacía tiempo que no la veía así. ¡Explotaba de gente!

El último sábado, el Club Atlético Excursionistas había recibido en su cancha a Deportivo Laferrere. Era el último partido de un torneo en el cual el equipo local armó un plantel para pelear el descenso después de tres temporadas para el olvido. El objetivo planteado al comienzo de la temporada se cumplió. El tan temido descenso quedó en el pasado y terminó a dos puntos de entrar al reducido. El plantel no derrocha talento, pero se hizo fuerte en defensa y tiene un par de jugadores en un buen nivel.

-¿Cómo se explica eso, Negro? Después de tres torneos horribles el equipo gana un par de partidos, se salva del descenso, anda cerca del reducido y la cancha explota. Con eso, con tan poquito, la gente responde. ¿Cómo se lo explicás a ese tipo que lo único que hace es correr del córner a la mitad de la cancha levantando una banderita?

El Negro pide otra cerveza. El gordo que atiende el maxikiosco, hincha de River, se lleva el envase y deja otra arriba de la mesa.

-Resulta que el Polaco se escapa por la derecha. Vos sabés como se pone la gente cuando encara el Polaco. Mete un centro a la olla y Fernández cobra orsai. ¡Orsai! Un caradura. No sé qué vio el tipo. La gente lo puteaba en todos los idiomas que existen. Entonces, igual que siempre, desde el escalón más alto de la tribuna se levanta Marito, y se abre paso a empujones hasta el alambrado.
El Negro se ríe y pispea el celular. Desde que se separó de Isabel que está embobado con el celular. Todo el día, dale que te dale con el botoncito para desbloquear la pantalla y ver si le llegó un mensaje. Sin embargo, yo sé que le gusta la historia que le cuento.

-Mario llega hasta el alambrado y lo empieza a sacudir como loco. Es que era un robo, Negro. No había forma de no putearlo de arriba a abajo, hermano. Si Fernández ya nos había cagado allá en la cancha de J.J. Urquiza el torneo pasado. Ese nos tiene bronca desde hace rato y Marito estaba como loco. Tomó aire, porque venía agitado de bajar los escalones corriendo y totalmente fuera de si largó un bramido que se debe haber escuchado en todo el Bajo Belgrano: “¡¡Linemanylareconchadetumadre!!”. Se lo escuchó como nunca. Vos sabés que cuando Mario grita se lo escucha en toda la cancha. Ya cuando éramos pendejos, en los setenta, nos cagábamos de risa del vozarrón que tenía. Pero esta vez gritó más fuerte que nunca. En ese momento, cuando Mario estaba fuera de sus cabales, este tipo Fernández, el lineman tiene la caradurez de darse vuelta, mirarlo través del alambrado, y decirle con tonito sobrador: “¿Qué pasa viejo choto que estás tan enojado? Vos sos uno de los pelotudos que fundió este club de mierda”.

Hago una pausa en el relato. El Negro lanza un silbido corto y agudo, llena con cerveza los dos vasos que hay sobre la mesa y me mira, con una de esas miradas que parece que hablaran: “Si estaba ahí lo mato”, me dicen los ojos del Negro.

-Decí que no pudiste ir a la cancha, Negrito. ¡La que se armó! No sabés. Primero empezaron los que estaban cerca del alambrado. Hubo una lluvia de escupitajos, insultos y botellas de plástico. Los que estaban más lejos no entendían nada, pero puteaban por las dudas. Mientras tanto, yo me quedé mirándolo a Mario. Vos debés pesar que se puso como loco. Pero no. El tipo estaba tranquilo. Te lo juro, como si estuviera meditando. Entonces, ¿sabés qué?, en ese momento me acordé de mi abuela. Si, de mi abuela, Negro. Y lo entendí a Marito, sabés. Fue como un momento de conexión. Porque explicame una cosa: ¿Cómo se explica esta locura Negro? Es una locura este club. Me acodé de la abuela. Pobre la vieja, se quedó sola y con dos pibes a los cuarenta años. ¿Yo te conté alguna vez esa historia? Parece mentira, pobre. Sola y en un país que no era el suyo. Ella tenía diecinueve cuando vino a la Argentina. Dejó a toda su familia allá. Era hermosa la abuela, ¿Vos te acordás?. Tenía unos ojos enormes, morocha y con el cuello largo. La cosa es así: mi abuelo era de una familia de guita allá en Barcelona. Eran dueños de una fábrica, una familia importante de la ciudad. Ella era obrera de la fábrica. Mi abuelo se enamoró hasta la manija. Él era diez años más grande. Como la familia se opuso al noviazgo, se encontraron un día en el puerto de Barcelona, se subieron en un barco y se vinieron a Buenos Aires. Parece una locura, ¿no? Dejaron todo y se rajaron para el fin del mundo. Alquilaron por unos años una habitación chiquita en Palermo. Antonio, mi abuelo, empezó a laburar en la industria cinematográfica. Por un contacto de la familia en España traía películas al país y fue productor de algunas que se hicieron acá. Con el tiempo, compraron una casa en Chacarita. Cuando en España empieza la Guerra Civil toda la familia de mi abuelo emigra a La Habana. Estaban en la lona y mi abuelo les mandaba guita a Cuba. Eran Franquistas los muy hijos de puta. Cuando termina la guerra los tipos vuelven a Barcelona y hacen fortuna de nuevo. ¿Te estoy aburriendo mucho Negro?

Pregunto, más para hacer una pausa que por genuino interés. Mi amigo niega mientras se manda al estómago medio vaso de cerveza de un saque.

-El tema es que en un viaje de negocios por el interior, mi abuelo espicha. Paro cardíaco. Mi abuela se queda sola y con dos nenes. ¿Vos crees que la familia de España les mandó algo de plata cuando ella queda en la lona? Nada, cero. Mi viejo tuvo que salir a laburar con quince años. Ahí es cuando la familia se muda al Bajo Belgrano. El barrio no era como ahora, Negro. Era un barrio popular. No te lo tengo que contar a vos. Lo sabés bien. Mi viejo, igual que el tuyo, se crió acá. Aprendió a tocar el bandoneón en la misma casa donde murió, donde viví yo hasta que me casé. La conoció a mi vieja y abandonó el tango. Era un ambiente difícil para la monogamia. Cuando todos salían para la oficina, el viejo volvía de tocar en los bares o en los puteríos. La vio a mamá por primera vez y se olvidó del bandoneón, pero a la cancha no dejó de ir nunca. Al club no lo abandonó. El viejo era de Excursionistas, como su mamá y como todo el barrio. Este era su país, como para nosotros. ¿Cuántas veces soñamos con meter un gol en el arco que da a José Hernández y después colgarnos del alambrado?, ¿cuántas veces nos quedamos dormidos en los brazos de nuestras viejas en esas tribunas?, ¿cuántos sábados arruinados por una derrota?, ¿cuántas alegrías? Y este hijo de puta viene a decir que este club, que es parte de la historia de mi familia y de la familia de Mario y de la tuya, es una mierda. ¡Pedazo de hijo de puta!

Hacía unos minutos que había empezado a anochecer muy lentamente y la calle iba perdiendo la agitación del día. Quedaban pocos maníes en el recipiente y me apresuré a primeriar al Negro. Levanté el platito y volqué el contenido en mi boca.

-¿Sabés lo que hizo Mario? -pregunté, sin esperar respuesta- Salió caminando tranquilo de la tribuna, cruzó la cancha de futbol cinco, entró al buffet y se pidió un café. Bien cargado. El vaso venía humeando como una chimenea. No lo podía ni agarrar de lo caliente que estaba. Esperó un ataque del Verde, fue hasta el alambrado y le gritó: “¡Fernández!, ¿querés un cafecito, pelotudo?”. Y entonces, cuando la cana estaba en otra, le tiró el café caliente. El verde estaba un gol arriba. El partido estuvo parado veinte minutos.

Me tomé de un trago lo que quedaba de cerveza y me recosté en la silla.

-Decí que el boludo de Mario le erró, porque si no nos suspendían la cancha y nos sacaban los puntos.
Cuando dejamos de reírnos el Negro me mira y me tira, ilusionado:
-Ya empezaron a hablar de que quieren traer a un nueve que jugaba en Morón. Parece que anda bien. Si nos reforzamos un poco quien te dice que el año que viene…

Sebastian Pujol

 

 

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