Estoy bajando a laburar. La escalera mecánica me lleva. Esos sesenta y cinco segundos sobre la escalera mecánica son mi careteada del día. Me siento parte.

Siempre me hizo ruido eso de que estemos en la estación de subte, debajo de la superficie de la ciudad, pidiendo. O sea, hablo de que somos pobres. Menos que pobres, estamos debajo de todo, dependemos de las migajas que caen de la mesa de la gente, no sé si me explico. Los ricos vuelan aviones y andan en sus propios autos. Para nosotros, un avión es solo un pájaro más que vuela en el cielo; y los autos, solo una ventana que no siempre se abre, un no constante con el dedo índice. No sé si me… Bueno, no importa. Estoy pensando boludeces de nuevo. Mi mamá ya no quiere escucharme, dice que soy un tremendo dolor de bolas.

Son las tres de la tarde, y seguramente esté laburando hasta las once, con mi caja repleta bajo el brazo. Ya nadie me compra.

Recuerdo cuando era un adorable nene mendigo con cara de patito y todos me compraban por lástima . Los ojos rasgados, la mirada perdida por el hambre. Recuerdo a mi mamá el primer día que me dio la caja y me metió al subte b. Creo que eran caramelos con una notita que decía que yo no tenía para comer, y si usted sería muy amable de sacar dos deditos de su burbuja, dos deditos sosteniendo alguna moneda de veinticinco centavos, para ayudarme a mí y a mis hambrientos hermanos. Nah, no decía así. La nota tenía la sencillez y la sumisión exacta para provocar que la señora rubia teñida volcara toda su bondad como un balde de agua en la vereda sucia. Pero estoy divagando de nuevo. Bueno, a quién le importa. La cuestión es que entré en el subte cagado hasta las patas. El vagón estaba semi vacío. Caminé lentamente con la mirada en el suelo, dejando la notita y el caramelo en los regazos de los pasajeros. En un momento miré a los asientos y me di cuenta de que un flaco de unos treinta años me miraba con una sonrisa triste, lo que se dice compasión. Extendió su mano con un billete de dos pesos. Yo me acerqué, agarré el billete y le tiré un gracias bien bajito mientras le ofrecía el caramelo. Con un ademan benevolente me dijo que no, que me quedara con mi basura, y no se dio cuenta de que con ese acto de querer remarcar su caridad, me estaba condenando a un rato más en esos vagones de mierda, tratando de vender el caramelo choto ese, la concha de su madre.

Perdón, estoy perdiendo el hilo de mi reflexión, mientras bajo a tomar el subte, con mi caja llena de lapiceras y fibrones que tengo que venderles a los culo roto de esos estudiantes con barbita que aprietan su celular cuando paso. Perdí el hilo de nuevo. ¿En qué estaba? Ah, sí. Vendía muy bien cuando era un nenito cara de patito. Los labios gruesos, la piel oscura y los ojos rasgados y negros; el pelo revuelto para cortar el viento y ropa vieja que me quedaba grande. El look perfecto en el momento exacto de la vida para despertar la compasión de la señora blanca con su hijo cara de patito blanco que me miraba como a un bicho amenazante, agarrado de las piernas de su mamá. Yo sabía distinguir ese gesto tolerante , ese imperceptible movimiento del labio superior de la gente al sentir mi olor a grasa en el pelo. Pero funcionaba. Era un niño desamparado, con hambre, con cachetes pegotes y ojos tristes, lástima de todos y culpa de nadie.

Vayanse a cagar, manga de caretas, ustedes y sus libros en la mano.

A pesar de que el hambre te achica, te empequeñece, uno es obligado a crecer, a pegar estirones chuecos y desgarbados. Yo empecé a crecer. La fealdad me empezó a transformar la cara, mi ceño se enfurruñó para siempre y un bigote precoz empezó a decorarme la boca. Yo seguía subiendo a los vagones para laburar. Pero la cosa se empezó a poner difícil. La gente empezó a mirarme con recelo, o con desprecio. Se sacaban con bronca las lapiceras cinco por veinte que les dejaba en las rodillas o me espantaban con un enérgico y mudo no. Comprendí que mi silencio ya no servía. Entonces comencé a practicar un mini monólogo lastimoso.

Señoras y señores, vengo aquí con la mayor de las humildades a pedirles alguna moneda para llevarle la leche a mis hermanitos porque mi mamá se murió aplastada por una máquina en una metalúrgica y ustedes me deben, hijos de puta, ustedes que reclaman agitando sus impuestos pagados. Ustedes que acentúan sus derechos, con su pasividad clasista tan conveniente para ustedes. Sí, ustedes, ustedes, ustedes que me odian por aparecer de pronto a pedirles ayuda. Ustedes enamorados de los poderosos. Ustedes que festejan y piden nuestra muerte. Debería quedarme en la inexistencia y morirme ahí, ¿no? O ir a buscar laburo de verdad, un laburo para negros como yo. Sí, ustedes me deben.

Mi mamá no murió. Anda por ahí tirada, drogada y borracha. La vida le dio la piña definitiva cuando mi hermano menor se murió por el paco. Yo más o menos sigo. Aunque si te digo la posta, no siento adentro mío más que bronca y odio. ¿Qué puede sentir si no alguien a quien obligan a no importar, a no existir?

Pasé por un Santander Río mientras caminaba a Rosas. Una vieja salió del banco con la cartera bien sujeta y con una mirada que la delataba. Yo desde la nada me convertí en alto observador. Me di cuenta que sacó plata.

Seguí mi camino, reflexionando boludeces y me olvidé de la vieja hasta que la vi bajando conmigo en la escalera mecánica. Ella vio que yo la vi y los ojos se le llenaron de miedo. Vieja de mierda. Claro, ¿ Qué hace un negro sucio y pobre con su vida si no es pedir o delinquir? Seguramente la vieja rogó que yo no sea más que un pacífico mendigo o un grone salido de la granja de rehabilitación a vender revistas.

Me acerqué bruscamente cuando ella se distrajo tomándose un recreíto de su miedo. Frente a ella le agarré la bolsa y tiré sin la fuerza suficiente. Su cara se llenó de un horror inconcebible y los brazos viejos se cerraron instintivamente sobre su bolsa. Seguro tenía una buena guita.

Es sorprendente la fuerza que puede tener una vieja asustada. La suficiente como para demorarme y despabilar a los primeros justicieros. Sentí un tirón desde atrás y caí al suelo. La primera piña no la sentí. La segunda dolió como la puta madre.

Un monstruo de diez piernas y veinte brazos me da la paliza de mi vida.

“Negro de mierda, mátenlo”

“Hijo de puta, hay que darle un balazo en la cabeza”

“Te vamos a matar, negro cabeza”

Cómo se les cae la careta, la concha de sus respectivas madres. Mi única defensa es reírme desquiciadamente con la boca roja y putearlos visceralmente, decirles a los gritos que los odio. Yo también tengo una careta, me la saco y les deseo la muerte, hijos de puta.

Juan Zirpolo

La patada que me durmió sonó en mis sueños. No sé si voy a levantarme.

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