2001: Odisea a la Argentina

Al llegar a media cuadra del obelisco no pudo contener el llanto. Un mes atrás era un tipo más bien duro, sin sentimentalismos. En menos de treinta días se encontraba llorando por tercera vez. Por emoción. Por algo cercano a la alegría. No se había puesto a pensar en ese momento, quizás para no quemarlo, pero claramente lo hubiera imaginado muy distinto. Más aun luego del segundo episodio de llanto. Vamos a ponernos en contexto: Sergio tiene 19 años, salió del secundario hace uno; busca trabajo de forma incesante sin siquiera soñar con el futuro, es Diciembre del 2001; ah también es hincha de Racing.
Desde hacía unos meses que la cosa pintaba para terminar como terminó. Aunque está claro que por más avisos que puedan dar, cuando el tornado llega todo vuela por el aire. De alguna forma todo explota. Los canales de televisión anunciaban cada día el nuevo número ascendente del riesgo país. Clarín lo ponía siempre en su portada. Cavallo era el ministro de economía. Contaba con súper poderes y como bien le dijo el tío del hombre araña a su sobrino, eso conlleva una gran responsabilidad. Hay que estar preparado. Mingo lo estaba. Lamentablemente, sus intereses eran distintos a los tuyos, a los míos o a los de Sergio. Este último buscaba trabajo todos los días. Cada tanto aparecía algo y lo explotaban unos meses, unas semanas. El fin de semana se dedicaba a ir a la cancha. Llevaba un año y pico sin pagar la cuota porque el club había dejado de mandar al cobrador por su zona. En la entrada se hacían los boludos y no le pedían el comprobante de pago. Solidaridad de boleteros, decía él. Parecía que Racing iba a pelear el descenso, había zafado el torneo anterior en las últimas fechas. Los refuerzos arribaron para eso pero rápidamente el equipo encontró en su ritmo arrollador un espíritu ganador implacable. El promedio quedó atrás, se escapó en la punta de la tabla y el objetivo paso a paso fue cambiando. Su líder, el futuro prócer Mostaza Merlo, tenía sobre sus hombros una gran responsabilidad: sobre él recayeron los 35 años sin títulos de la Academia. El tío del hombre araña podría haber repetido el discurso. Esta vez sí, los intereses del súper héroe coincidían con los del pueblo.
2 de Diciembre. Empieza a aplicarse una medida de restricción de depósitos anunciada por el ministro de Economía la noche anterior, será conocida vulgarmente como Corralito. En el cilindro de Avellaneda, el puntero recibe a su perseguidor River. Las personas sólo podrán extraer 250 pesos por semana. La diferencia es de cinco puntos y al terminar el encuentro quedarán tres fechas. La jubilación mínima era menor a ese importe y los trabajos a los que un muchacho como Sergio podía aspirar también. El equipo de Avellaneda no podía contar con Chatruc, una de sus figuras; el de Nuñez venía arrasando a sus rivales y alineaba a todas sus estrellas. La excusa era que sólo las personas a partir de la clase media alta se verían afectadas. En el primer tiempo el juego fue parejo, Chanchi Estevez reventó el travesaño del millonario y Cuchu Cambiazzo mandó adentro la que tuvo. El problema, entre otros, fue que la mitad de los trabajadores tenían trabajos informales, de esos trabajos los más precarios eran los dados justamente por las clases más altas que ahora sólo podían acceder a una parte de su dinero. 0 a 1. En apenas un instante, muchas personas vieron esfumarse sus ingresos. En el segundo tiempo, Racing fue claramente superior. Eso se sumó a una desocupación que superaba el 20%. Buscó el gol por todos lados sin lograr encontrarlo. Encima, aquellos que pocas veces se ven afectados temían por el destino de sus depósitos. A falta de cuatro minutos, Comizzo dejó corto un rebote y el colombiano Bedoya le rompió el arco. Como pocas veces, la crisis afectaba a todos y cada uno de los sectores. 1 a 1. A punto de explotar. A punto de explotar.
Aquél día, Sergio lloraría por primera vez. Temprano se había enterado del Corralito. No le había tocado vivir nada similar pero entendió pronto que la changa de cortar el pasto había llegado a su fin. La carga emocional era grande. Igual se fue al cilindro. Llegó faltando media hora y las entradas ya se encontraban abarrotadas. Entonces se metió por la puerta que sobre la hora del partido usaría la barra brava. Al entrar, desde el túnel pudo ver todo el espectáculo. El ambiente era espectacular. Presagiaba algo jamás vivido. Miró al lado suyo y vio una escena que nunca olvidaría. Simple. Hermosa. Un señor de cerca de setenta años, alto, con anteojos, fumaba mientras en silencio observaba. El griterío era impresionante. No se podía hablar con una persona a un metro. Si hubiera intentado hablarle, ese señor jamás lo hubiera escuchado. En ese contexto, el señor fumaba y permanecía totalmente en silencio. Parecía ajeno. Era el más presente. Por sus mejillas caían lágrimas sin ninguna intención de ser contenidas. Ya habían sido contenidas largos años. Sergio alternó la mirada entre el señor y el espectáculo de la gente. Lloró. En silencio, también lloró. El señor notó su presencia. Rieron. Con mezcla de angustia y alegría, con complicidad. Esa angustia que desea irse pero no encuentra el camino y esa alegría que pide permiso para llegar en un momento difícil, esa complicidad que sólo el fútbol sabe regalar. Se acercaron y se fundieron en un abrazo. Ambos sintieron el palpitar del pecho del otro. Aún hoy, Sergio recuerda ese momento con lágrimas en los ojos y, vaya paradoja, piel de gallina. Nunca más se vieron.
Entre ese día del llanto número uno y el día del llanto número tres pasaron 25 días. Normalmente 25 días no son suficientes para alterar la existencia de nadie. En el 2001 nadie vio inalterable su existencia.
En ese comienzo de semana, los bancos se vieron abarrotados de ahorristas que buscaban sacar su dinero. Las ilusiones de los mismos chocaban contra trabajadores que se acercaban a buscar sus sueldos de los cajeros. A pesar de ser 250 pesos los disponibles, los cajeros no contaban con el efectivo para cubrir las demandas. Entre las personas que buscaban su dinero estaban los jubilados que ya habían recibido una reducción del 13 % a sus haberes. Los bancos culpaban de la situación al gobierno, el gobierno culpaba a los bancos. El día 6, el Club Banfield informa que será local frente a Racing por la antepenúltima fecha en el estadio de Huracán. La cancha del sur no tenía la capacidad necesaria para recibir el aluvión de visitantes del candidato al título. En club GEBA se produce el asesinato de una maestra. El caso parece que ocupará todas las páginas de los matutinos hasta resolverse. No será así y pasará al olvido de todos. Salvo de sus familiares. Supongo. El Fondo Monetario Internacional anuncia que no desembolsará los 1260 millones con que se comprometió para esa fecha. El gobierno de De la Rúa había seguido el ajuste del fondo a rajatabla pero desde Washington le soltaban definitivamente la mano.
El 9 de Diciembre, Racing y Banfield empatan cero a cero en el Tomás Adolfo Duco. Un golpe para los hinchas que planeaban dar la vuelta esa tarde. También un golpe para los contras que denunciaban favorecimiento arbitral para el club de Avellaneda: ese día Estevez marcó dos goles lícitos que fueron anulados. Mostaza Merlo tampoco salió inmune. Luego de patentar durante meses la famosa frase paso a paso para eludir la candidatura al título, se decidió y ante un sorprendido Titi Fernandez dijo: Vamos a salir campeones, me enojé, vamos a salir campeones.
El 10 de Diciembre asume la presidencia del senado el Justicialista Ramón Puerta. A su vez, también prestan declaración los diputados y senadores que habían sido elegidos en las elecciones legislativas celebradas el 14 de Octubre. El partido Justicialista se convierte de esta forma en mayoría en ambas cámaras. De haber tenido representantes, el voto bronca habría sido la segunda fuerza: el 25 % del electorado se decidió por él, ya sea votando en blanco o impugnando el voto. Ramón Puerta ya se había reunido la semana anterior con el presidente de la nación. La idea era buscar conjuntamente una salida para la crisis. De la Rúa decidió aislarse aún más. Su voz se escuchaba solamente a través de su asesor Baylak o su jefe de gabinete Colombo. Quien gobernaba desde Marzo, fecha de su asunción en economía, era el súper Mingo.
El 13 de Diciembre, la CGT realiza un paro general que tiene adhesiones hasta ese momento insólitas. Todos los gremios se suman al mismo. Comerciantes y trabajadores independientes también lo hacen. La realidad es insostenible. Ese día comienzan los saqueos que se volverán incontrolables durante toda la semana. El pueblo contra el pueblo. Muertos de ambos lados, muertos de uno solo.
El día 16, en un Cilindro de Avellaneda colmado, Racing juega uno de sus mejores partidos y se impone a Lanús. River Plate hace lo propio con su rival y, por lo tanto, la vuelta olímpica deberá esperar una semana más. Las ilusiones se mudarán al estadio de Vélez Sarsfield. La diferencia de tres puntos marca que La Academia necesita simplemente empatar. El día 18 se venden en Avellaneda las entradas. Desde el día anterior, cerca de diez mil personas acampan por un boleto. A los diez minutos de abrirse las boleterías se corre la bola de que las entradas están agotadas. Físicamente eso es imposible. Dentro de una etapa de enamoramiento entre el hincha de Racing y la empresa gerenciadora del fútbol Blanquiceleste, se produce el primer cortocircuito. Los resultados harán que sean olvidados momentáneamente. Al otro día, aparecen la mayoría de los tickets por distintos puntos de reventa. Al día siguiente explotó todo.
La noche del 19 de Diciembre, debido a las crecientes e incontrolables manifestaciones y saqueos, el presidente de la nación anuncia el estado de sitio. Automáticamente, millones de personas hicieron oídos sordos y salieron a las calles. Con cacerolas, con lo que tuvieran a mano para golpear. Las principales plazas del país se colmaron de personas indignadas bajo el slogan “que se vayan todos”. Es el día fundacional del piquetes y cacerolas la lucha es una sola. Años después los intereses los separarán. En ese Diciembre convergieron fuerzas de todas las clases sociales. Las calles se coparon. La policía se puso del lado de un estado que para ese entonces sólo sabía cumplir su rol represor. Y lo aplicó al máximo. La cuenta oficial marca 39 personas muertas a lo largo del país. En la madrugada del 20, el presidente acepta la renuncia de Domingo Felipe Cavallo. “Qué boludos, qué boludos, el estado de sitio, se lo meten en el culo”.
Sergio escuchó el rumor de la renuncia del ministro de Economía mientras hacía palmas cantando junto a los manifestantes frente a la quinta de Olivos. Confirmó el dato arriba del auto de un amigo que se encontró allí y con el que se trasladó hacia la zona del centro de la capital. Dieron unas vueltas. La cosa olía feo. De haber sabido que Martín Vitali, el incansable lateral volante derecho del equipo de Mostaza se encontraba por el centro entre los manifestantes quizás se hubiera quedado para encontrarlo. Volvió a su casa. En el trayecto observó la desconcentración de los manifestantes en distintos puntos, la gente se saludaba vitoreando la conquista de haber hecho irse al nefasto ministro. En ese viaje, Sergio lloró por segunda vez. Fueron lágrimas impertinentes de las que su amigo, el conductor del auto, hizo de cuenta no existieron. En la mañana del 20 observó por televisión la brutal represión de la policía con la culpa de no estar en ese lugar recibiendo algún palo solidario para que no lo reciba algún hermano. En esos días de tremenda crisis, los compatriotas eran hermanos.
La renuncia de Cavallo, lejos de calmar los ánimos exasperó a una muchedumbre que ahora exigía la cabeza del presidente. Un De La Rúa hasta último momento inoperante renunció cerca de las 19 hs, luego de anunciar a las 16 que no lo haría jamás. Su gabinete había ido presentándole la renuncia a lo largo del día. Cuenta Miguel Bonasso en el Palacio y la Calle (el mejor libro sobre los sucesos de 2001) que antes de retirarse se cercioró con su secretaria estarse llevando todas sus pertenencias, incluso las del baño. Con ellas se fue en un helicóptero que lo recogió por la azotea de la Casa de Gobierno manteniéndose a centímetros de la misma porque no estaba listo el techo para que allí aterrizara. La Rosada no tenía escape aéreo para el gobierno radical.
La presidencia fue asumida como marca la constitución por el presidente del senado, dado que el vicepresidente de la Alianza Chacho Álvarez había renunciado hacía más de un año. Ramón Puerta se enteró de la renuncia del presidente cuando su avión aterrizó en Merlo, San Luis, donde se llevaría a cabo una reunión del partido justicialista en la cual le había asegurado al presidente se garantizaría la gobernabilidad del gobierno. Cito ese momento del libro mencionado de Bonasso: Saldría de Aeroparque como Presidente provisional del Senado y llegaría a Merlo, a las ocho de la noche, como sucesor del presidente de la República. “¿Cómo?. ¡No! ¡Qué boludo!”, exclamó al pisar la pista de Merlo y enterarse de que De la Rúa había renunciado sin esperar el resultado del cónclave justicialista. El misionero gobernará hasta el 23 de Diciembre, día que asumirá elegido por asamblea legislativa Adolfo Rodriguez Saá. Puerta tendrá tres importantes decisiones en su historia como presidente: convocar asamblea para elegir presidente, calmar la situación de la calle y, por último, hacer jugar los partidos decisivos de la última fecha del Apertura 2001.
El sábado 22 de Diciembre se llevó a cabo dicha asamblea. Al otro día debía jugarse la fecha que quizás consagraría a Racing después de tantos ingratos años. La fecha estaba suspendida. Por contrato con Futbolistas Argentinos Agremiados, el día lunes todos los jugadores debían estar de vacaciones. El secretario de esa organización, Sergio Marchi, públicamente había dicho que no se negociaban las vacaciones pero de forma privada había dado el visto bueno para que los planteles de Racing, River y sus rivales Vélez y Rosario Central extendieran sus días laborales y jugaran entre Navidad y Año nuevo. En una oficina de la Casa Rosada se llevó a cabo una reunión extraordinaria, que bien podría ser parte de una ficción pero no, es parte de la historia de Racing. Allí se reunieron Fernando Marín (gerenciador del Club), Julio Grondona (presidente de AFA), Ramón Puerta (Presidente de la Nación), Miguel Angel Toma (Ministro del interior esos tres días) y Rubén Santos (Jefe de la Policía Federal, luego condenado por los sucesos de ese Diciembre) decidieron que los partidos de los clubes que mencioné se disputarían el 27 de Diciembre. Un personaje importante que no participa de la reunión es el autor intelectual de la misma, el por entonces presidente de Boca y amigo personal de Fernando Marín, Mauricio Macri. Sobre aquella decisión, Puerta declararía años después al periodista Alejandro Wall para su libro Academia Carajo: Ahí viene el acto que me pareció muy importante: que la gente hable de fútbol y se tranquilice la calle. Mi decisión fue política. La televisión estaba meta mostrar cosas feas, incendios, saqueos, aunque si bien en los dos días míos se tranquilizó porque se fue De la Rúa, se fue Cavallo y la gente dijo “Esto va a mejorar”. La jugada fuerte mía fue que cargué todos los cajeros con plata. La gente iba y ahí se tranquilizaba todo. Para eso tuve que poner el estado de sitio porque los camiones de caudales no se querían mover si vos no le ponías la Gendarmería. Por eso, cuando me tira la idea Mauricio, me pareció muy bueno que la televisión de todo el país mostrara el partido por el campeonato y la gente saliera a festejar. (…) A mí como hincha de fútbol me parecía una injusticia que no pudiera jugar Racing, pero inmediatamente lo agarré para el lado político, que era volver a un país normal.
El 27 de Diciembre de 2001 quedará por siempre en la historia del fútbol argentino: Racing Club empató en Liniers con Vélez Sarsfield 1 a 1 y se consagró luego de 35 años. En el medio ganó una copa Libertadores, una Intercontinental y una Supercopa que ya estaban totalmente lejanas. En el medio descendió para jugar dos años en la categoría inferior y también quebró para quedar al borde de la desaparición. Desaparición que fue anunciada por su síndico Liliana Ripoll para obtener sus cinco minutos de fama y que fue resistida por la gloriosa hinchada del equipo de Avellaneda. Esos hinchas coparon el estadio José Amalfitani y quienes no lograron entrar allí se hicieron presentes en el Juan Domingo Perón que lució repleto porque trasmitió el partido con una pantalla gigante. Entre los presentes en cancha de Velez, está Sergio, el personaje de este relato.
A pesar de no haber conseguido entradas por la desastrosa des-organización organizada del día de la venta, Sergio pudo entrar. Al finalizar el partido se subió a un micro desconocido que se dirigía al obelisco. Los cantos y los festejos eran incontrolables. Se compró regateando con lo único que tenía en el bolsillo una camiseta réplica totalmente trucha porque había ido a la cancha sin la suya. Ya no tenía plata para volver a su casa pero poco le importaba, de alguna forma lo haría. Necesitaba esa identificación racinguista. Innecesaria porque su rostro todo lo delataba. Al llegar al obelisco lo vio colmado de celeste y blanco. Una bandera flameaba en la ventana del mismo, allá arriba de todo. El centro era de Racing. En ese instante, recordó su última visita a ese lugar y todas las sensaciones lo arrumbaron de golpe. Las lágrimas esta vez, las terceras del mes, fueron un llanto imparable que duró un buen rato. Fue suspendido por el abrazo de un racinguista desconocido que pasaba y lo acompañó a dar la vuelta olímpica al obelisco.
En la mañana de ese día, con una cara larga llena de nervios, Sergio se encontraba dando una mano en el negocio de sus padres. No sabía desde dónde miraría el partido, suponía que desde el cilindro. En un momento crucial apareció Beto. Como un milagro apareció Beto, un amigo de su padre, que se hizo presente en el negocio: “¿Cómo que no vas a la cancha?”. Beto no lo podía creer. Era un tipo de la calle, del fútbol, de la cancha, de la vida. Vivía de pensión en pensión, casi de prestado. Hacía favores, inmensos favores y de eso vivía. Viajaba siempre en colectivo hablando con los choferes, era amigo de todos ellos y por eso viajaba. Era amigo del papá de Sergio y de ahí obtenía alguna verdura y carne para la cacerola, era amigo del tipo de la casa empanadas, del tipo del almacén, de todos los tipos de los que algo podía obtener. A esos tipos les daba cierta amistad incondicional. Era hincha de River. Quería que River fuera campeón pero también quería que sus amigos de Racing pudieran verlo en la cancha. Más aún esos que no se habían perdido casi ni un partido. Que habían ido a Rosario, Santa Fe, Córdoba. Agarró a Sergio y al hijo del vecino de la casa de empanadas y partieron a Liniers. Sergio y ese otro habían ido juntos casi todo el campeonato. A las once de la mañana, por obra de Beto que era amigo del jefe de los molinetes de Velez, Sergio y el hijo del vecino de la casa de empanadas se encontraban escondidos en las gradas del José Amalfitani . Así estarían hasta que empezó a entrar la gente. A la tarde noche comenzó el partido. En el medio hubo sol, lluvia, anocheció. En definitiva, en el medio hubo Racing, en el medio hubo Argentina.
El pasado 3 de Diciembre, un personaje crucial de esta historia vivió su suceso definitivo. Beto Cabrera murió. Fue calle, fue pobreza, fue amistad, fue Racing, fue River, fue Argentina, fue 2001. Sergio y el hijo del vecino de la casa de empanadas se vieron una o dos veces más luego de aquél día mágico en Liniers. Si se volvieran a ver, estarían de acuerdo en que la muerte se equivocó: Beto pasó a la inmortalidad.

 

Sergio Delbreil

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