Los ojos de mi mamá. Segunda parte.

Y Pili, todo a partir de ahí, se hizo cuesta arriba. Porque si bien mi viejo se hizo cargo de todo mientras pudo, a los pocos años tuve la dura tarea de enterrarlo en la Chacarita, producto de una muerte súbita. Y te digo flaca, que eso no creo que sea lo más duro sino que la Pepa pareciera como si nada hubiera pasado. Mi vieja no entendía nada, ni lloró ni nada. Como si a mi viejo nunca lo hubiera conocido. Y en la mala, es cuando los de fierro aparecen, y te digo de corazón que más fueron los que se hicieron los distraídos que los me bancaron en la mala. Entre ellos el hijo de puta de mi ex. “ Déjala a tu vieja. ¿ No ves que ni se acuerda de vos?”. Que flor de inmundicia humana. Que sea el padre de mis hijas, todo bien. A las chicas nunca le faltó nada. Pero mi vieja es sagrada, doy un brazo, mi vida entera por ella. ¿Por que será que al final de todo, nuestra mamá es lo único inmaculado, intocable, realmente maravilloso que tiene nuestra mediocre vida?

La Pepa ya ni se acordaba de mi. Así y todo, yo la bañaba, la cambiaba y a la noche le cocinaba. Yo le pagaba a Teresita para que viniera a cuidarla. Yo sola… entendes?. Lo único que quería era verla a mi vieja bien. Con una sonrisa; esa misma que me dió cuando le dije sobre la enfermedad.

Con el pasar de los meses la cosa fue empeorando porque mi mamá empezó a dejar de hablar, a dejar de comer y a empezar a olvidar nombres o sucesos que acontecieron hace minutos. La situación me desesperaba. Llegó el Mundial del 94 y la noticia que Diego iba a ser otra vez de la partida en el equipo del Coco. Parece que mi vieja se entusiasmó con los partidos porque se quedaba todo el día viendo los partidos. Gritó los goles contra Grecia – el de Pelusa sobre todo- y Nigeria con la avivada del Cani. Todo esa desesperación de no saber que hacer para que mi vieja esté mejor, entró en una planicie de inmediata liberación.

Todo era algo tranquilo hasta cuando ví en la tele a Adrián Paenza y un zócalo que me acuerdo hasta hoy: “ Maradona: doping positivo. Le habían cortado las piernas a él, a su familia y a todos los argentinos. Pero a mi mamá le quitó algo más. Cuando llegó la hora de irme del laburo, fui desesperada a mi casa. Y ahí, la Pepa viendo la tele, como durante toda la quincena. Estaba viendo la entrevista; pero hilando más fino, creo que estaba mirando las lágrimas de Diego, que empezaba a experimentar un ocaso pronunciado, al igual que mi juventud o mi vida entera.

Mi vieja me mira y me dice, asustada:

-Quien sos?

Quedé paralizada. Mi peor pesadilla y pronóstico estaban sucediendo. Mi vieja ya no sabía quién era yo, quien era Betito, y quien era ella. Mi vida entera lloraba dentro de mi, pero no mostré nada ante ella.

-Julieta…tu hija y además la que te cocina todas las noches, tonta… que no te vas a acordar de mí.

En la respuesta de la Pepa me volvieron las ganas de seguir viviendo.

-Discúlpame nena, a veces me olvidó las cosas.

Este diálogo lo tuvimos dos años consecutivos, todas las noches y yo me despedazaba en angustia cada vez que me apoyaba en el almohadón para descansar.

Pensé en hacer algo drastico, algo que elimine esa angustia para siempre y algo que le devolviera a mi vieja a la realidad mía. Me agarró un ataque de ansiedad por investigar sobre la cuestión, de leer revistas del tema, de hablar con conocidos y desconocidos por esta enfermedad. Pero nada. Mi cabeza era un hueco que debía llenarla de una puta idea. Disculpa Pili, que sea tan mal hablada, pero mi vieja me crió en el tablón, no en una cuna de oro. Y de alguna forma se lo tengo que agradecer.

Pasaron los días y se me ocurrió una idea.

Podría llegar a ser una idea maestra o tal vez, un intento desesperado de hacer algo por verla mejor. Recordé que una vez leí que unos científicos experimentaron con enfermos de Alzheimer, tratando de hacerles revivir recuerdos, de la manera más idéntica posible y ahí, se me ocurrió esa aventura. Caminé demasiado de una punta a la otra para juntar los materiales y recrear el momento justo que sentía que la Pepa seguramente recordaría.

Fui a ATC, a Radio Continental, lloré para que me dieran las copias que les exigi y, busqué por cielo y tierra al tipo, al flaco, al caballero que la haga feliz a mi mamá. Una semana me dijo el tipo y esperé, lo fui a buscar y me lo mostró. Era estupendo, ideal para lo que quería hacer.

Fui al Once, al Parque Rivadavia y compré las banderas y el cotillón de época. Y llegó el día que tomé la decisión de llevar a cabo mi plan.

Esperé a que hubiera el mismo clima que aquel invierno del 86. La Pepa dormía mientras acomodaba las serpentinas en las puertas, en las ventanas. Me acomodé en el cuerpo la camiseta que me había comprado mi vieja en esa ocasión. Me iba de pedo, pero me entraba. Prepare una chocolatada caliente como la de ese día. Moví los muebles, tal cual mi memoria me recordaba el orden en que estaban hace casi veinticinco años. Saqué del sótano la tele a color y volé a la mierda el plasma de cuarenta pulgadas que había comprado para ver el mundial que se iba a jugar en un par de meses. Esperé la hora exacta del comienzo del partido para llamar a mi vieja. La levanté.

-Mami, vení que ya arranca el partido. Vení, vamos que juega Diego

-¿Diego? ¿ Contra quien jugamos?

-Contra los ingleses Mami. Vamos que hoy ganamos seguro

La sonrisa que salió de los labios de mamá fue suficiente para sentir que estaba en la sintonía de mis deseos. A todo esto había puesto la cinta VHS en la videocasetera. Se escuchaba perfecto y sincronizado. Lo vi un par de veces antes de ponérselo a mamá. La voz de Víctor Hugo estaba justita a tiempo con las imágenes.

-La Selección Argentina forma con Pumpido en el arco; Olarticochea de 4, el Tata Brown de primer marcador central…

-Otra vez Bilardo lo va dejar afuera a Passarella, acordate nena. Parece que tienen algo personal eh.

Ese comentario me lo había hecha ese mismo dia cuando escuchó que el kaiser iba a ver el partido otra vez desde afuera. ¡ Como quería adelantar la cinta y ver ese momento en que mamá volvería conmigo! Porque todo parecía magia, un sueño. La Pepa recobró el vigor y la energía de aquel tiempo. Cada detalle, cada mínimo dato, ella lo reflotaba como si nada hubiese pasado en los últimos veinticinco años.

-¿ Cuándo lo va poner a Bochini, me podés decir?! Despertarte Bilardo…

Y empezó el partido y la camiseta azul de Diego fue lo único que importaba en la faz de la Tierra, porque él tenía la llave que abriría el cofre de los recuerdos y de la felicidad inmensa a mamá. No recordaba con nitidez, la facilidad con que Diego los desparramaba por el piso a los ingleses. No recordaba esa alegría que irradiaba al correr con su zurda besando la pelota. No recordaba la inmensa esperanza que estallaban de los ojos de mamá, cada vez que encaraba sin importar que una patada o un codazo de malas intenciones tenía como objetivo detener la marcha del diez. Porque una vez ella me lo dijo: Maradona representaba la valentía de concretar los sueños y además, la hombría necesaria para llegar a la cúspide de la gloria, partiendo del fango más envenenado, sin perder su frescura de Cebollita. Una filósofa, mi vieja.

-¿ De que te quejás Shilton? Sos una nena- decía mi mamá hojeando el álbum de figurita, que también tuve la delicadeza de buscar en los baúles del sótano.

La Pepa iba y venía del sillón a la cocina. En un momento me di cuenta de algo: si mi vieja veía su reflejo en algún espejo, el impacto de veinticinco años encima podría desencadenar un quilombo infernal.

-Mami, ¿ que necesitas? Yo te lo traigo…

Fue en ese momento que nos quedamos las dos sentadas en el sillón y arrancó el segundo tiempo y mi vieja empezó a besar y rezarle un rosario que siempre había estado en la mesita de luz.

-Nena ¿ tu papá no viene a comer?

Un dolor inmenso me penetró la columna vertebral. A mi viejo no solo que lo enterré yo sola, sino que también cargué su féretro. Tal vez eso explicaba ese dolor inmenso en mi espalda.

-Me dijo que se quedaba viéndolo al partido con los chicos del taller

-Ahhhh ¡este viejo que no me avisa!

Sollozos por dentro inundaban mi alma, y la comprendí un poco a mi vieja cuando me decía lo del Betito. Y esto de su ausencia. Pero también entendí cuando me hablaba del Pelu, porque después de ese momento en que le tuve que mentir, ahí lo ví que encaró. Y vi como pasaba la pelota de una pierna a la otra no con maestría, sino con magia. Y me olvidé de ese dolor insoportable. Diego los apila en diagonal e intenta jugar con Valdano y ellos con torpeza lo habilitaron, y lo veo saltar y poner la mano. Y te digo que si ponía la mano Giusti, el Vasco o Batista no era lo mismo. Era él.

“¿Es gol? Tiene que ser gol”. Puedo decir que fue el gol que menos grite en mi vida. Pero el más premonitorio. Porque yo sabía que iba a pasar dos minutos después. No sé si eso le quita el gustito a las cosas, que se yo. Estaba ansiosa, pero decidí dejarme llevarme cual amante ante infidelidad. No tenía que pensar. No quería pensar. Mi vieja estaba de vuelta conmigo y eso era mucho para mí. Suficiente.

Y después lo que vos, Pili, sabés y todo el mundo sabe. La respiración se me agitó. La Pepa estaba compenetrada en su mundo, en su partido. En su recuerdo. En su vida. En Beto.

Y ahí la agarró el negro Enrique y mamá se agarró la cara como que adivinó la esencia y el porqué de todas las cuestiones. Estoy seguro que en ese momento se le apareció el el Betito enfrente de ella y le dijo: “Mami, acá estoy otra vez con vos”… porque mi vieja empezó a lagrimear  cuando Diego lo dejó pintados a Raid y a Beardsley con esa pisadita de otro planeta, y se paró cuando lo encaró a Shilton: “¡ Vamos Diego, vos podés, vos podés, nene!”. Todo se vuelve silencio, menos el relato del uruguayo. Yo la miraba a mamá. Shilton desparramado por el suelo y Dieguito la empuja y el grito desaforado sale de nuestras gargantas. Mi vieja, se arrodilló y lloró. No hice otra cosa más inteligente que ir y sumarle a su abrazo.

Pensé en tantas cosas. Que maravillosa era la vida de devolvérmela a mamá por esas dos horitas y hacer como si nada hubiese pasado. Volví a sentir cada instante de mi juventud materializada en ese abrazo tan lleno de amor y de ternura. Y estaba Beto. Porque sentía sus manitos aunque él efectivamente no haya estado con nosotros.

-Gracias nena. Por todo. Por bancarte tantos años sola. Por traerme al Betito otra vez. Si estuviera tu papá estaría más que orgulloso de todo los huevos y el empuje que le metiste. Te observé. Aunque no lo parezca, te vi en cada cosa en que me ayudaste, en cada pañal cagado que me cambiaste, en cada lágrima que quisiste esconderme de esos ojitos lindos. Ya volví mi amor. Y nadie nos va a separar. No te preocupes.

Éramos un mar de lágrimas. Éramos una. Nada que pasase a partir de ese momento nos podría cambiar ese instante de fusión perfecta entre madre e hija.

-Mamita, que te gustaría que te haga, que te cocine.

-No quiero molestarte nena. Pero si insistís…un té con limón y unas galletitas de agua. Mientras me tiro a una siestita si no te molesta.

Raudamente fui a la cocina, para hacerla feliz a mi vieja, aunque sea con esa boludez. Se lo preparé en una bandejita. No le quería hablar desde la cocina así no la despertaba. Llegué al living y la ví ahí. Hermosa, linda, con la sonrisa de mi niñez, tan maravillosa que me puse a llorar cuando me la quedé mirando dormida en el futón del living. Apoyé la bandeja y la sacudí y ahí me dí cuenta que me dejó. Pero estaba contenta. Y yo también.

Te digo a vos flaca que sos de fierro, sos mi alma gemela, que los que me vengan a hablar del amor de una madre, no saben lo que es. Yo hice como Diego con el fútbol: dió todo, su vida. Y yo, a la Pepa le dí eso: mi vida entera. Así que, si hablan los giles, que hablen.

Fabian Fazzini

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