Los ojos de mi mamá. Primera parte.

Te toca a vos Pili, no? Ya me perdí, nena. Y con todo esto que pasó. Y si, lo de la vieja fue duro, pero estoy bien. O sea, estoy bien porque sé cómo fue la cosa. Mamá se fue bien de este mundo ¿me entendés? Si toda la gente que vino a saludarnos, que me abrazó en el velorio, supiera la forma en que murió mi vieja, creo que dudaría de consolarme. Suena como que yo le hice algo a la Pepa antes de morir. Fue algo así, pero no es lo que vos pensás. Te lo digo porque se nota en tu cara que estás media impresionada, pero dejáme que te explique.

Mirá, mi vieja para mí era todo. Es todo; fue y será mi vida entera. Cuando le pasó lo de la enfermedad, y el hijo de puta de mi marido me dejó porque yo no le da bola a él, y me entregué de lleno a cuidarla a ella, mi vida cambió para siempre, nena. ¿Vos te crees que me iba a acongojar por ese cagón que en el momento más triste de mi vida, se mostró de manera egoísta conmigo? ¡Que se vaya a la concha de la lora el sorete ese! Me demostró que era menos hombre que cualquiera y que no podía confiar en él.

Mi vieja es una luz, Pili. La vieja te abrazaba y te acariciaba con el alma cada vez que te hablaba, cada vez que me cagaba a pedos, y cuando sonreía, nena… Me abrigaba con esa sonrisa, con sus ganas de seguir adelante a pesar de lo que le pasó al Betito, mi hermano menor, porque ahí empezó la cosa de la enfermedad, viste. Porque a mi vieja le quitaron de un hondazo una parte de su vida: le quitaron un hijo. Y eso no es joda. Mi vieja por el Betito y por mí daba la vida, flaca. Porque cuando se trataba de sus hijos,  los ojos se le encendían, eran fuego. Ahí abarcaba la dulzura del universo, y la furia del peor de los infiernos, todo junto. La Pepa, y esto te lo digo recontra segura, si hubiese tenido la oportunidad de tomar el lugar de Betito en las Islas, no sólo que lo hubiese hecho, sino que los aniquilaba a los ingleses ella sola y nos devolvía las islas. Ese era el corazón de mi vieja.

Y por eso me quedé con ella, porque mi viejo estuvo en los trenes hasta que se jubiló, porqué él aguantó los trapos, haciéndose cargo de todo lo material. Él le tenía un amor incondicional a mi vieja. Era capaz de todo, como yo. No se dejó desalentar por todo esto del Alzheimer de mamá, cuando nos fue olvidando uno a uno a nosotros. Hasta que la parca se lo llevó hace unos años. Me acuerdo como la miraba a mi vieja sentada mirando la tele, en silencio, tratando todos los días de enamorarse otra vez de ella, haciendo el esfuerzo sobrehumano de mantener la esperanza de verla feliz a la Pepa, como en los tiempos felices. Mi viejo me enseñó a amar a mi vieja como se ama a un hijo. Yo la cuidé a mi vieja, como si fuese mi hijo, loca. Le di de comer en la boca, le cambié los pañales todos cagados, le leía algún libro para que se termine de cansar y se duerma, la tapaba con las frazadas cuando se quedaba dormida en el sillón. Y todo esto, sin que ella sepa quién era yo.

Y yo te decía que todo se fue al demonio, cuando vinieron los milicos, y le notificaron que el Betito no iba a volver de Malvinas. Mi vieja lloró dos meses seguidos, quedó seca. Porque vos imagínate , Betito y yo, íbamos atrás de la pollera de mi vieja, dónde ella iba. Nos transmitió la importancia de ser auténticos, de ser claros y honestos, y por sobre todo el amor por el Bicho. Bueno, vos sabes Pili, que nosotros vivimos en Lascano, cerquita de la cancha. Todos los santos sábados, íbamos con mi vieja que nos hizo socios, a los tablones de la calle Gavilán, con nuestros carnets, a ver a Argentinos. Y te cuento una. Una vuelta, que cuando con el Beto, la acompañamos a la carnicería a la Pepa, en Biarritz y Artigas, donde estaba la vieja sede, sobre el empedrado, lo vimos. Una melena tenía el flaco, descomunal, Pili. Ahí lo vi al Diego, por primera vez. Una pelota que se fue de esa improvisada canchita callejera, cayó en los zapatos de mi vieja.

-¿Vos sos el hijo de la Tota? Me dijeron que jugas muy bien. Espero verte pronto jugar, Pelusita

– Gracias señora, espero que le guste.

Esa humildad juvenil, me conmovieron hasta las tripas. El pibe no era mucho más grande que yo, pero irradiaba una pureza, una honestidad y una alegría que nunca había visto. Cuando debutó con Talleres, ahí estábamos los tres, cuando metió ese caño de ensueño en su primer jugada. Y así, cinco maravillosos años, en que la leyenda urbana del pibe de Fiorito, era una realidad tangible, que le cumplía su promesa a mi vieja.

Esto que te voy a contar, nena, nadie lo sabe. Unos días después que mi vieja se enteró de lo de Betito, suena el teléfono. Atiendo yo.

-Hola, ¿esta Doña Pepa?

-Si, ¿Quién es?

-Un vecino, Diego…el hijo de la Tota.

Yo no lo podía creer. El mismo tipo que estaba jugando el Mundial de España, estaba llamando a mi casa, como un vecino más. Estaba seguro que la había llamado a la Tota, y ahí ella le contó que el Betito no había vuelto de las islas. Y llamó a mamá.

-Hola…¿nene sos vos? Te estamos mirando en la tele. ¿Te contó tu mami lo del Betito? Sí…muy triste estoy.

-Señora, yo mucho no puedo hacer, pero quiero que sepa que voy a hacer lo posible por verla contenta.

Y a partir de ese momento, la fisionomía de la Pepa cambió rotundamente. No te digo que se olvidó del dolor, sino que tal vez esa pérdida tan grande que tuvimos, la canalizó en base a Diego. No se cómo carajo hizo, pero mi vieja volvió a ser la misma de siempre, con su dolor a cuestas, pero con la sonrisa de siempre. Se volvió en la defensora número uno de la causa maradoniana. Más allá de la roja y el planchazo a Brasil, mi madre le era incondicional. En el 85 creo, suena el teléfono de casa. Llamaban de la comisaría. Era mi vieja. Resulta que en la verdulería, una señora sesentona, empezó a despotricar a Diego, porque era una mala influencia para los chicos, que no había sentido la camiseta en el Mundial, y cosas por el estilo. Gritos, empujones, carterazos y una agarrada de pelo hizo que mi vieja vaya derechito al calabozo de la comisaría. “Que se piensa esa vieja de mierda, que habla mal de Diego… decime quien la conoce a esa vieja sin dientes”. Así, meses estuvo mi vieja. Hasta que llegó el momento.

Mirá Pili, mi vieja siempre fue un tiro al aire, una despelotada, nada de detalles, de arreglos; ella iba al asunto y que salga como salga, viste. Pero cuando llegó el mundial de México, mi vieja había comprado, sin consultar a papá, un nuevo televisor a color, mucho más grande del que teníamos, compró camisetas para ella y para mí; toda mi casa adornada de serpentinas celestes y blancas. Y esto es lo mejor, se había comprado el álbum de figuritas del Mundial, pero no para tenerlo de recuerdo, sino para saber a quién putear. Este álbum era un recordatorio, podía posibilitar la canalización de ira de mamá, en nombres coreanos, italianos, y de todos los colores.

Y te digo que en ese primer tiempo de ese domingo, la Pepa lo vivió con la ansiedad de alguien que se jugó toda la jubilación en una fija en el hipódromo. Se levantaba cada vez que la agarraba Diego, decía “ ahora si, ahora si”. Sufría cada planchazo como si esa zurda mágica fuera una parte de ella, de su vida. Recuerdo que a Mauro Viale no me lo bancaba así que habíamos puesto la televisión en mute y pusimos la radio del uruguayo, de Víctor Hugo. Pili, si yo supiera lo que haria Diego, y la forma en que el uruguayo me lo cantó, hubiese ido a México solamente para abrazarlos.

Diego les dio cinco minutos de tregua. No sé que le habrá dicho a Ruggeri, al Tata, a Pumpido, a Valdano o a Burru. Tal vez les haya contado de Betito y de mamá, que tenían que ganar por ellos, como él de alguna forma le prometió a mamá en el Mundial pasado. Porque yo sé que la Pepa siempre pensó que todo lo que hacía él en la cancha lo hacía por cumplirle esa promesa. Y la única manera de sanar en alguna medida esa carga, ese dolor interminable era humillarlos. A todo su pueblo, como lo hicieron con el nuestro; pero no de manera cobarde, con las armas. Él lo hizo con su vida, con sus ganas, su pureza y esa cosa maravillosa que tiene este tipo, que es el corazón. El de la mano fue de pícaro, hay que decirlo. Toda la calle encima. Diego les mostró que el iba a ganar a toda costa. Su reputación, su prestigio no importaban. Importaba la venganza de un pueblo, la humillación que viene de lo divino. Porque cuando Víctor Hugo decía “ arranca por la derecha el genio del fútbol mundial..” Diego los empezó a desparramar como ellos hicieron al Betito con sus balas de odio. Y cuando Diego la empujó hacia lo eterno, la única voz que escuché fue la del uruguayo y la mía. Mamá lloraba desconsoladamente en el sillón. Se encorvó, me miró y me dijo: “ Tu hermano, el Betito volvió”

Te digo algo nena, para que te des una idea de lo que mi vieja vivía en ese instante: la Pepa me contaba que innumerables noches  soñaba que estaba en un humedal barroso, un pantano de terror, que navegaba en un mar de muerte. Mi vieja soñaba todas las noches que estaba en Malvinas, con su casco y con su rifle, que gritaba el nombre del Betito en la monumental oscuridad y que se escuchaba su eco en la nada. Le costaba caminar en el lodazal, las piernas se le trababan. Las lágrimas le recorrían en interminables trayectos por todo el rostro. En un momento se tropieza con algo macizo, grande e inmóvil. Ahí estaba frente a ella, a su desesperación de madre, el Betito, tirado, agujereado por las balas, mutilado por bombas de injusticia, con los ojitos tiernos pero congelados en el tiempo, en la eternidad de la pesadilla de la Pepa. Así todas las noches, mamá amanecía llorando, desgarrada por la angustia de no ver más a su hijo, y sentir en carne propia el dolor que él sintió.

Y ella el partido no lo tomó como un resarcimiento de culpas, como una justicia divina, sino que era la alegría de sentir que mi hermano estaba junto con nosotros, gritando los goles del Pelusa. Porque a mamá no le iba eso de “vengarnos de los ingleses” sino de sentir en la mismísima alma que el Betito no estaba enterrado en una montaña de nada, sino que estaba junto a mis papás y a mi.

Yo lo veía a Diego, al mismo que compartíamos la cuadra para jugar a la pelota con los chicos del barrio, en el empedrado de la calle, y lo veía tan igual, tan auténtico, tan humano, tan puro que me parecía mentira eso que decían de él: la cuestión de las drogas y toda la sanata. Yo lo veía y sólo veía la inocencia de nuestra infancia, la ternura y el cariño hacia su mamá, su papá y sus tantos hermanos ( y a mi, eso no me lo contó nadie, eh).

En la radio, el Gordo Muñoz le hacía una entrevista a nuestro vecino, y al toque lo conecta con su mamá, la Tota. Cuando corta Diego con su mamá, se escucha el timbre del teléfono de casa. Atendí. Era él. Era Diego.

-Hola nena…¿Está tu Mami?

Me quedé en silencio y pálida. Le dije a mamá que era para ella la llamada.

-Hola Pepita…soy el Pelu. Yo sé que no es mucho…pero ahora ¿está contenta?

La Pepa escuchaba con ternura el auricular. Quebró, en llanto de amor.

-Si, Dieguito. Gracias por haberme traido al Betito otra vez. Te quiero mucho, nene. Yo siempre voy a estar con vos. ¡Traemos la Copa!.

-Si señora, la voy a llevar a donde corresponde. Un saludo a su marido.

Cuando supe que se había dicho ahí, mi concepción sobre las cosas mundanas de la vida, cambió. La Pepa, había adoptado a un nuevo hijo, al cual había que protegerlo de la gente mala y de las calumnias.

“Los que hablaban giladas” como decía mamá, eran los miserables que no podían ver la propia mugre debajo de su alfombra.

Habíamos estado vivos para ver al Bicho campeón de América y ver cómo a la Juventus y a Platini se le mojaron los pantalones de sólo ver a Borghi, Batista y los muchachos. Pero ese día fue distinto. La magia de ese momento se sentía desde que se supo que tocaba con los english. Nadie podía dormir…todos contaban los minutos, los segundos. Y ahí estábamos llorando de alegría; es una de esas cosas que me voy a llevar a la tumba, sin dudas.

Pasó Inglaterra, pasó el baile de Diego a los belgas y la final. Mamá ya sabía cómo iba a terminar así que, ni se molestó en mirar el partido. El festejo medido de mamá por la segunda Copa era ínfimo al lado de aquel gol de ensueño. Mamá estaba contenta. A partir de allí, empezó a vivir con más alegría, con más sonrisas y más esperanzas. Era Diego quien se las daba y le hacía sentir y vivir que el Betito estaba con ella. Diego para ella era sinónimo de esperanza, de alegria, y escuchar su nombre, era digno de echar una sonrisa. Pili, te quitan eso y no sos nada. Un cadáver sos, ¿entendes?

Mi vieja recomenzó su nueva vida con optimismo y la convicción de que mientras Diego sonriera y juegue a la pelota, el Beto iba a estar con nosotros como si nada.

Y así pasaron los años. Argentinos salió otra vez campeón con Yúdica,  el Napoli arrasaba a los ricos arrogantes del norte de Italia y el Pelusa era algo más que un ser especial.

En el 90, otra vez el Mundial, y otra vez todos mirando la televisión. Pareciera ser que los hechos de mi vida los puedo ordenar correctamente gracias a relacionarlos con un mundial, un partido, un campeonato. Para los que vivimos el fútbol como un estilo de vida, es así. A Mario, el idiota de mi ex, lo conocí  viendo la final de la Copa del 85, en un bar de Paternal. En el 90, antes del Mundial, nos casamos. Místico.

Mamá en el partido inaugural frente a Camerún, me dice: “No se si ganamos o perdemos hoy, pero solo te pido que me avises cuando se juega la final. Porque juega Diego”. La Pepa parecía un oráculo. Mientras transcurría el Mundial ella me tejió un swetter. Ni se molestaba en prender la televisión mi vieja.  Entremedio del dicho al hecho, pasó la derrota con los morochos, la lesión de Pumpido, el ingreso de Goicochea, el gol de Cani a Brasil ( guapeza de Diego mediante), los penales de la Unión Soviética e Italia ( que bien calentitos se quedaron los tanos, después de silbar al himno argentino en el San Paolo, la casa del Napoli) y al Goyco que pasó de ser un arquerito a recibirse de ídolo para siempre. Y después, Alemania. Otra vez ellos. Y Diego, otra vez él, tal cual lo dijo la vieja.

Pero estuvo Codesal y la concha bien de su puta de su madre, mexicano cipayo de la FIFA. Y la Pepa, que hasta ahí se había bancado la derrota como una dama, no aguantó más.

Ahí, en ese instante en que la Pepa lo vio al Diego, llorando por la derrota, por ese penal que no fue, por la injusticia que aparece en los momentos de nuestra vida en que no debiera aparecer, ahí me di cuenta que hubo un cambio en mi vieja. Para mal. Porque vos imaginate Pili: mi vieja era una mina lúcida, que te podia relatar de memoria la formación del ‘46 del Bicho, que cuando el referí pitaba cualquier verdura era de colgarse del alambrado a hacerle recordar a su tia, que aún cuando el Beto se fue, o mejor dicho cuando lo perdimos, era una madre amorosa, dulce y cálida como nadie: un sol, mi vieja era un sol, y creo que lo que te digo, me queda corto. Imaginate todo eso, y de repente verla con la mirada perdida, a veces con su carita sin expresividad y triste. Triste, es la palabra. Porque a pesar de la mala, la vieja estaba ahí, presente, fuerte y alegre. Y ahora, sentía que cuando llegaba a casa del laburo, ella no estaba, que se había ido, que no había nadie que me abrace, o me dé charla compartiendo unos mates con cáscaras de naranja. Y esa sensación, nena, es algo que no se lo deseo a nadie.

Me asusté. Le pregunté si quería acompañarme a hacerme un chequeo de rutina y me dijo que si, como a todas las boludeces que le pedía. Lo hicimos juntas y me olvidé del tema de su tristeza por un tiempo.

A la semana, cuando estaba viendo la tele, una tarde suena el teléfono y me dijeron que eran de la clínica, que me citaban por los análisis. Por los de mamá. Cuando se deshizo el deshielo de mi voz, me incorporé y les dije que mañana a primera hora iba para allá.

Alzheimer. Así de seco me lo dijo el sorete del médico. Alzheimer de tipo degenerativo. O sea, que mientras avance su pérdida de recuerdos, datos y demás cosas, la Pepa iba a ir envejeciendo más rápido y casi sin control. Lloré en la clínica, en el bondi camino a Paternal y en la puerta antes de entrar. Mamá estaba durmiendo. Pensaba como carajo le iba a decir todo, de qué forma, en qué tono, qué palabras iba a usar para no lastimarla.

De repente la veo salir del marco de la puerta de su habitación. Papá no había regresado del laburo.

– Mami, te quería contar algo…

-Decime, nena, decime

-Es algo con respecto a los análisis del otro día ¿ te acordas?

Ahi, metí la pata bien profunda. Pero mi vieja no sé cómo hacia pero siempre que me la mandaba, ella arreglaba todo.

-Si, nena. Los de la clínica.

-Encontraron algo en tus estudios.

-Esta bien. Pero mientras estés conmigo, va a estar todo bien ¿si?. Dale, decimelo tranquila.

-Mami, ayer me llamaron los médicos y…¿ escuchaste hablar del Alzheimer alguna vez?

-No nena. ¿ Es la que me tiembla el cuerpo?

En ese instante en que mi vieja confundió el Alzheimer con el Parkinson, quise esbozar una sonrisa tratando de pensar que esa equivocación era un chiste para alivianar mi tensión, mi culpa, mi falta de coraje y no, la inocencia de mi madre de no saber que carajo tenía como enfermedad.

-No mami, es la de los recuerdos. Te vas olvidando las cosas poco a poco hasta no acordarte nada.

No me salió de otra forma. Así, áspero, crudo y seco se lo dije. Me duele el alma de hacerme la cabeza de cranear que diablos habrá pasado por su cabeza.

Me mira a los ojos y empieza a intentar llorar, le veo en sus ojos correr lo cristalino que tienen las lágrimas. Me sonríe y me abraza. Me da un beso en la mejilla y se acerca a mi oído.

-Si una guerra no logró separarme de tu hermano, ¿ vos te pensás que una enfermedad de mierda me va a poder separar de vos?

Ahí, palidecí ante la profunda e inmensa muestra de amor de mi mamá. Me separé de su abrazo, vaya paradoja, para nunca olvidarme de sus ojos. Porque vos no sabés negra: cuando la encontré con la mirada, sentí como si ella me decía “ no te preocupes, todo va a estar bien”.

A lo lejos, en el marco de la puerta ví como viejo, que recién llegaba del taller con los trenes, en una imagen que nunca me voy a olvidar en mi puta vida, lloraba derramando miseras lágrimas como un digno hombre, que sabe muy posiblemente lo que se le venía encima.

Fabian Fazzini

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