En el marco de la Feria del libro del año 2013, varios de los integrantes de revista Marfil realizamos la siguiente entrevista para la extinta revista El karma de vivir al sur. Como las palabras Miguel jamás pierden vigencia la volvemos a compartir hoy, en 2018.

 

“Es muy peligroso cruzar la puerta. Vas hacia el camino y si no cuidás tus pies no sabés a donde te pueden llevar”. J.R.R. Tolkien


“Yo estoy convencido de que hurgando en estos estantes de ofertas hay tipos que seguramente son como era yo en el año 58, que están buscando su camino y ustedes deben andar por ahí..”, dice Miguel Grinberg, sentado en una cafetería apenas aislada del ruido de la Feria del Libro de Buenos Aires que hace unos minutos él mismo definió como un espacio estéril, una playa de estacionamiento de libros.

                El camino de Miguel empezó en su casa de Caballito de la que salía a recorrer la ciudad en bicicleta, siempre un poco más lejos. Los años lo llevaron de mochilero a Tailandia o a Nueva York a conocer a sus hermanos en el camino, a los beatniks del otro lado del hemisferio, o a Los Ángeles a encontrarse con Henry Miller. Sus pasos lo guiaron del monasterio de clausura del monje Thomas Merton a ser uno de los únicos amigos argentinos del polaco Witold Gombrowicz, de ser el fundador de varias de las revistas más jugadas y míticas del país a hacer años de radio o viajar por el mundo a cuenta de las Naciones Unidas.

De la poesía al rock, del periodismo a la ecología o al budismo zen.

            “Debo reconocer que toda mi vida ha sido un acto de osadía”, concluye Miguel mientras toma su café, seguramente frio después de las casi dos horas de entrevista. “La osadía es no estar seguro que te van a decir que sí, es arriesgarte a que te digan que no. Bancártelo. Uno cree a veces que organiza la vida, pero en verdad tiene que tener la suficiente soltura y juego de cintura como para no pasarse como el Quijote luchando contra molinos de viento, sino encontrando las líneas de menor resistencia. Yo creo que eso lo adquirí instintivamente. Y siento que después de todos estos años de martirologio argentino hay una generación, no te podría decir dónde, ni quiénes, pero que están aproximándose a ese ideal.”

                                                                              ***

Su voz es pausada. Se escucha claramente al momento de la entrevista y se escucha también nítida en el grabador. Trae algunos libros bajo el brazo. Lleva el ritmo de una charla que a veces parece irse por las ramas, pero que Miguel se encarga de encausar. La charla quiere abarcar lo inabarcable. Por eso pregunta antes de empezar: “¿Cuántas horas graba este aparato?” y señala el grabador de periodista.

Miguel es un abridor de senderos. A medida que se reagrupa su obra, así como su vida, se aprende a elaborar una mirada compleja. Es un disparador de infinitas búsquedas. Entonces es común que la charla se bifurque, que parezca perderse, pero que siempre siga un rumbo que él conduce. Todo empieza con tres hechos que lo marcaron.

En 1955 se anota en la facultad de medicina. Quería ser pediatra y trabajar con niños. Ese mismo año se estrena la película Semillas de maldad, que tenía la canción Rock alrededor del reloj. “Yo ya estaba familiarizado con esa música”, dice, “porque desde chico, aunque yo nunca imaginé que iba a hacer radio, a mi me atrapó. Desde la primaria. Descubrí que había una en el ropero de mi casa. Mi mamá me dijo que estaba rota. No creo que me haya querido vedar el acceso. Quizás la probó mal. Como todo chico que anda en la aventura fui, la probé y funcionó. Mi vínculo con el mundo a través de la radio fue maravilloso. Como después la situación en casa mejoró  compró el combinado. Radio y tocadiscos. Fue como tener la máquina del tiempo”.

A los 15 años recorría el dial de una punta a la otra. Fue escuchando radio, que conoció el Rock and Roll. Cuando aparecen Bill HaleyLittle Richard y Chuck Berry, él ya estaba entre la audiencia. El Rock fue uno de los acontecimientos que lo marcaron de por vida. Por otro lado, en esa misma época las bombas en Plaza de Mayo para derrocar a Perón lo sacuden. Miguel se encontraba cerca de la plaza en una casa de música. “En esa época estaba dando un parcial y me mandaron a casa porque venía la marina, que iba a bombardear Mar del Plata. Perón fue ahí que se asiló en la cañonera paraguaya”.

Finalmente en 1958 un conflicto estudiantil muy grande, que ocupó todo el perímetro de Facultad de medicina, que fue la ocupación de la facultad, le cambia la vida. La universidad se levanta porque estaban votando en el congreso una ley que permitía la consolidación de la enseñanza privada y fundamentalmente la universidad católica.

“Hubo barricadas en las cuales participé. Yo estaba fuera de la toma, pero era del equipo que rompía los bloqueos de la policía para llevarle pizza o sanguches a los que estaban ocupando. Había barricadas reales, para las que se cortaba la soga del tranvía y así quedaba bloqueada la calle. Cuando pasó el mayo francés yo me acordaba de que lo habíamos vivido acá. Estaba en tercer año. Ahí se me queman todos los fusibles. Entre la lucha estudiantil, la represión policial, el rocanrol. Se me produce un vacio. Necesitaba que me nutriera algo que yo no sabía que era. La música me nutría pero en esa época estaba el cine. Veía todo lo que se estrenaba. Yo en los días de estreno llegaba a ver tres películas. Cuando salía no sabía quién era ya. Me apasionaba. Salieron los discos de pasta y me hice una colección. Me gustaba el jazz. Glenn Miller”.

En esa época sus padres se mudan a Villa Crespo, a una cuadra de la sociedad hebraica de la que eran socios vitalicios. Jugaba al básquet e iba a la pileta. Un día sale de la pileta y ve un cartel que promocionaba un grupo de arte escénico y se une. Es ahí cuando sus compañeros de grupo empiezan a pasarle libros.

Los libros no eran una cosa nueva para él. De chico salía a caminar por la Avenida Corrientes a buscar libros, cosas que le repiquetearan en la cabeza. Entonces conoce a Roberto Arlt. Los siete locos, El Jorobadito. Le produce un shock.

 Sus amigos del grupo de arte escénico lo introducen en la literatura. Le pasan Poesía y conoce a Pablo Neruda. Estudiaba en la biblioteca de la facultad de medicina y como no tenía dinero para libros los leía ahí. En esa biblioteca fue donde escribió su primer poema. “Espontáneamente. Abrí el cuaderno y me empezaron a pasar imágenes. Desde entonces tengo cuadernos. Diariamente hago notas. En esa época empecé a escribir cuentos también”.

                Miguel tenía  una enorme ventaja sobre los demás jóvenes de su generación. Había estudiado inglés desde muy chico y era bilingüe. Todo lo que llegaba de afuera Miguel lo absorbía, lo hacía suyo, lo utilizaba en su búsqueda. Compraba las revistas Times, Newsweek o Life en la calle Florida. En ese marco, se produce otro descubrimiento. Una de esas cosas que pasan cuando uno asume el peligro de cruzar la puerta y salir a husmear el mundo. En 1956, aparece Jack Kerouac y la generación Beat. Los libros no estaban traducidos al castellano. “Leyendo En El Camino y Los Subterráneos descubro que existía el budismo Zen y Suzuki. Me empecé a abastecer de material y a los veinte o veintiún años manejaba una información que para los otros amigos míos era chino”.

                                                                              ***

“Los años sesenta que yo pondero tanto no es que se inventaron como fenómeno”, dice Miguel, que se acomoda el traje que no se sacará durante toda la entrevista. Mientras habla mira a la nada, quizás está viendo cosas que ya pasaron, reviviendo momentos. “En los sesenta hubo una revolución estética e intelectual. Porque apareció el nuevo cine en todos los países de Europa, inclusive en la Argentina había una nueva generación teatral. Era una época de mucha riqueza intelectual. Uno iba a visitar a Leopoldo Marechal a su casa o a escuchar conferencias de Arturo Jauretche. Todos los días salía una nueva revista literaria. En la franja bohemia de la calle Corrientes, en los bares entre el Obelisco y Callao, era como Montparnasse o Saint Germain des Prés”.

                Miguel comienza a estudiar arte escénico y a trabajar en una obra en la que hacía un papel importante. Como en la obra hacía de capitán de barco no podía salir a la calle vestido y maquillado. Entonces se hacía comprar un sanguche que comía en el teatro y ponía Bossa nova. La trova brasilera y Joao Gilberto lo habían impactado fuertemente. Una de esas noches escucha a alguien gritar desde el fondo del teatro: “qué linda música, verdad”. Era el invierno de 1960. “Con ese chico nos hicimos amigos”, cuenta Miguel. “Me dice que tenía ganas de ir a Brasil. Le dije que yo también. Al final nos fuimos juntos de mochileros”. Ese tipo del que habla es el reconocido escritor Antonio Dal Masetto.

                “La facultad ya me había ganado por abandono. Entonces con Dal Masetto nos mandamos a Rio de Janeiro. Cuando volvimos de Brasil nos habíamos hecho amigos de un montón de poetas que habíamos conocido allá. Yo había ido capturando poesía de Perú, de Colombia. Estaba totalmente metido en la poesía y en el rock. A un amigo que vivía en NuevaYork le pedí que me comprara un libro de Allen Ginsberg. Me produjo tal impacto que traduje América. El primero de Allen que traduje. Yo siempre lo hacía pidiendo permiso a los autores. Tenía esa manía. Lo mandé a la editorial. Al tiempo me llega una carta de Ginsberg pidiéndome disculpas por la demora desde Tánger en Marruecos, donde estaba con toda la barra Beat. Me mandaron la correspondencia a París, donde yo ya no estaba y desde ahí a Tanger. Tenés autorización para publicarlo. Solo que por la cuestión de la censura acá yo había suavizado algunas palabras. Él siempre hablaba de pijas y de culos y de putos. Yo había puesto los equivalentes sociales. Los quería publicar en alguna revista como traductor. Buscar alguna revista literaria que lo publicara. Habíamos descubierto en el sesenta que había toda una nueva poesía en América. Intuí que había algo nuevo ahí. Nos patearon en todos lados. La poesía Norteamérica a la izquierda no le interesaba porque era el imperialismo y a los conservadores tampoco les interesaba porque eran pro franceses, lo que no era francés era mierda”.

                Entonces pensaron en hacer una revista. La pregunta fue: ¿Qué se necesita para hacer una revista? Ataron cabos. No era imposible. Así nació Eco contemporáneo, una revista que en su primer número tuvo 138 páginas. Cuando tuvieron los ejemplares agarraron cincuenta cada uno y fueron al centro de Buenos Aires a repartir en los kioscos y las librerías de Florida y Corrientes. El circuito bohemio. “En todos lados nos lo aceptaban. Poco a poco nos fuimos haciendo nuestro lugar”.

                A través de una revista llamada Rojinegro, Miguel empezó a hacer intercambio con gente de toda Latinoamérica que estaba en la misma sintonía. Así nace en 1962 La Nueva Solidaridad, una asociación de poetas de todo el continente. Por este medio conoce al nicaragüense Ernesto Cardenal, que traduce a Thomas Merton y este le vuela la cabeza. “Le escribo a Cardenal y le digo: ´Si le escribo a Merton, ¿me va a contestar?´ y me dijo que sí, claro. Me dio la dirección, le escribí y respondió. Y fue operación ola de nieve. A todo tipo que le escribía, a Henry Miller, Norman Mailer, a los grandes novelistas del siglo veinte, me contestaron siempre. A parte de que con un grupo de chicos de La Plata, que tenían como secreto la existencia de Gonbrowicz, también me lo presentaron y soy uno de los pocos en la Argentina que fui su amigo. Yo era un buscador, pero la vida también me ofrecía con enorme generosidad la posibilidad de tomar contacto con figuras arquetípicas”.

“En el 65, hablando con Hector Yánover, un poeta de la puta madre que fue director de la biblioteca nacional, le digo ´Como me hubiera gustado conocer a Gonzalez Tuñon´. Me dice: ´Por qué no lo vas a ver´. Trabajaba en Clarín. Yo lo quería entrevistar para la revista porque una vez Yánover me cuenta la anécdota de que en la bohemia anterior a mi generación, durante la guerra civil española, los tipos que se reunían en París eran Tuñon, Neruda, HuidobroVallejoJosé HernándezGarcía LorcaPicasso. No eran todos amigos entre sí. Algunos de ellos estaban peleados. Se reunían en París con el mismo rollo. Entonces llamo tímidamente a Tuñón y me dice: ´Vení, tomamos un vino y vemos qué podemos hacer´. Le hice una entrevista que publiqué en la Eco Contemporáneo. Surgía naturalmente, no era un trámite en el ministerio que tenés que sacar número y esperar veinticinco años para que alguien te ponga un sello que te autorice. El permiso, si te das cuenta y tenés la suficiente osadía, te lo das vos mismo”.

***

En febrero de 1964 organiza una reunión de los poetas de La Nueva Solidaridad en Méjico. Viajó sólo con pasaje de ida, pero con la idea de volver al mes. Lo hizo diez meses después. Cuando llega a Méjico recibe un mensaje de Thomas Merton diciendo que no podía viajar a la reunión, pero que había negociado para que le dieran un permiso que le permitiera a Miguel entrar al monasterio. “Si el monasterio de un recluso que está aislado del mundo me permite ir a visitarlo, ¿cómo voy a decir que no?”, explica Grinberg cuarenta y siete años después en Buenos Aires.

Consigue un pasaje gratis a la frontera. Le lleva tres días completar el trayecto simplemente con una mochila. “Nunca tuve esa inhibición de lo desconocido. Al contrario, tengo una atracción morbosa por lo desconocido. Así me fui metiendo en estas múltiples cosas que yo hago, porque el rock acompañó y la ecología fue un descubrimiento a lo largo del camino. La poesía me agarró a los 18 y después me fui naturalmente haciendo espacio en el periodismo”.

                Una vez en Nueva York, visitó a Merton y a Allen Ginsberg. Pensaba quedarse siete días.  Estuvo tres meses y medio. Desde allá, hacía traducciones para una revista y cuando juntó el dinero suficiente se mandó a San Francisco para visitar a Lawrence Ferlinghetti. Pero tenía que encontrarse con Henry Miller, que vivía en Los Ángeles.

                “Yo llegué integrado a Nueva York. Con mucha gente ya tenía comunicación. Los traducía y los publicaba en Eco Contemporáneo. Todos los lunes había lectura de poesía en un café que se llamaba Le Metro, en la 2º avenida, donde todos iban a leer. El primer lunes traduje dos poemas míos y leí. Me hice amigo de toda la vanguardia de la época. Fui al estudio de Andy Warhol. Entré por la puerta grande. Eco Contemporáneo se vendía allá en las librerías bohemias. En la librería City Lights, de Ferlingheti. La vida que yo estaba haciendo en USA era la que Henry Miller había hecho en la bohemia de París. Era como un recambio generacional, sin que eso signifique equiparar los talentos. Cuando yo llegué a USA era un ilustre desconocido, tenía nada más que un cuadernito de poesía que se llamaba Ciénaga, con los poemas de Buenos Aires”.

                “El libro siguiente, que es América Hora Cero y Opus New York, que es consecuencia de esa aventura, los escribí durante mi peregrinaje, pero había años luz entre la obra de esa gente y la mía. Merton ya en esa época era una figura arquetípica. La vida me gratificó con la posibilidad de tener esos contactos. Además de la osadía natural. Yo no me intimidaba. Me relacionaba con todo el mundo de igual a igual. Existencialmente, no intelectualmente. No estaba compitiendo ni tampoco yendo con el original de una novela pidiéndoles un prólogo.”

                                                                              ***

Miguel siguió siendo un oyente de radio. De chico salía del colegio e iba a su casa lo más rápido posible para escuchar a las 12:30 a Hugo Guerrero Martineitz por Radio Montevideo. Había descubierto también a Carlos Rodari en las noches de Radio Splendid. Miguel Ángel Merellano, con su programa La Generación Espontánea lo marcó por aquellos tiempos. “Para ellos la radio era un medio formativo”, explica Grinberg, “eran los tipos diferentes. Compartían sus descubrimientos con el oyente, entrevistaban gente de primer nivel, ponían discos que nadie pasaba. Yo escuché por primera vez a Astor Piazzola en un programa de Carlos Rodari y no lo podía creer”.

                Sin embargo, nunca sospechó que terminaría haciendo radio. El bicho le picó en 1972. Fue a ver al inventor de Radio Municipal. Le llevó el proyecto y, aunque pensó que no iba a tener respuesta, terminaron aceptando. El proyecto era El son progresivo. Empezó como un programa de 25 minutos. A los 6 meses, Miguel era asesor de la dirección y tenía tres programas. Radio Municipal se convirtió en la capital del rock.

                A su vez empezó a trabajar como periodista gráfico. Pero en 1980 había empezado a viajar nuevamente a ir a congresos de educación. “En lugar de tener una carpeta llena de poemas, tenía una llena de artículos y entonces dije que tenía que hacer una revista y salió Mutantia, con una posición ecologista frontal, antinuclear. Empecé a traducir toda la nueva era. Siempre en el borde, con un pie adentro del sistema y otro afuera. Porque yo aprendí a tomar precauciones y tenía una doble personalidad.”

                “Hasta 1987 yo le estuve metiendo pata a Mutantia y a la ecología. Un conocido se fue de refugiado a la ONU y se fue a un centro en Nairoby. Organizó en el 82 un seminario sobre Medio ambiente y me invitó. Era mi único lector de Mutantia en África. Yo tuve un desempeño bastante brillante, debo admitirlo, no tengo porque ocultar mis virtudes y les caí muy bien a los asiáticos y africanos. Hubo elecciones, me postularon como candidato y gané. Me convertí en miembro de la junta directiva y fui uno de los principales redactores de documentos de la Eco 92, en Rio de Janeiro. Hasta 1992 estuve de lleno viajando por todo el mundo a cuenta de Naciones Unidas.”

“Se me abría el camino y yo me tiraba a la pileta. No es que dije me cansé de esto y voy a hacer una cosa nueva. No era por hambre de novedad. La vida me invitaba a bailar ritmos diferentes.”

                                                               ***

Le preguntamos si ahora, después de tantos años, le resulta más fácil hacerse entender, si su desprejuicio es más aceptado y asegura que “los que se confunden son los de afuera, los de adentro me entendieron siempre. Yo no cambié de repertorio por el gusto de la novedad. Siempre me anticipé por la información que manejaba de las corrientes que se venían. Yo vi a la poesía como un agente de transformación en los sesenta y me entregué plenamente. Cuando a mitad de la década empieza a aparecer el rock, dije llegó el momento de promover esto, después de La Cueva”.

Grinberg, sentado en el predio de la Sociedad Rural, un poco encorvado por los años, con los ojos un tanto fatigados de tanto andar por cuerdas flojas, de buscar reunir las distintas miradas críticas y propuestas superadoras, nos da un respiro. Ya anduvimos demasiado siguiéndole el camino. Entonces hace una pausa, se ríe y con una mueca burlona, dice: “Lo mío con Madonna son puras mentiras”.

                Entonces aprovechamos la distención para hacerle una pregunta que ya teníamos pergeñada. ¿A qué te remite la frase de Charly García El Karma de Vivir al sur?

                “El karma de vivir al sur me remite a algo que decía Marechal, que tenía una neta propensión a hablar del hombre nuevo. Decía que el futuro estaba acá. Decía que la Argentina es la capital espiritual del planeta. ¿Vos me preguntás que es esto de vivir al sur? Más que Marechal, hay un autor, que yo les recomiendo y que es fundamental para esta conversación, que se llama Héctor Álvarez Murena y su libro “El pecado original de América”. Que habla sobre el desarraigo argentino. Y justamente el Arraigo argentino es el que década tras década se va produciendo y yo siento que ahora esa fruta está madura. Yo apuesto fervorosamente a que en el sur está el futuro. Europa está agonizando hace 100 años. Toda la literatura europea, todo el cine europeo, la poesía europea, es toda una cultura de la agonía. Nosotros somos el futuro, si me permiten la petulancia.”

“Sigo creyendo fervorosamente en la vida. Creo que la vida está para vivirla. Hay mucha tarea por delante. Hay que reformar la educación. La educación argentina que existe en este momento es un molde que se creó para adaptar a los inmigrantes. Ese modelo ya no sirve, ahora necesitamos una educación concentrada y dedicada a descubrir el verdadero talento original del tipo que hay que educar y como dicen los educadores de avanzada, el estudiante es una lámpara para encender y no un recipiente para llenar. Los sistemas educativos están abocados a reproducir un sistema de mierda Es ahí creo donde hay que dar el próximo ataque”.

 

Revista Marfil.

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s