Habrá más penas y olvidos

Era 1976 y el manuscrito de No habrá más penas ni olvido sube a un avión con rumbo a Bruselas. No había lugar para él ni para su autor en la Argentina. Cruza el océano en una maleta. Escondido. Todavía no podía ver la luz. No estaba terminado, pero, además era un libro peligroso, un libro urgente, que se enfrentaba con su época y se volvería popular mucho tiempo después.

Por el momento, Argentina se volvía un infierno y una runfla de militares bananeros, asesinos, torturadores, marionetas de otros tipos mucho más poderosos, se hacían con el gobierno. El libro y su autor, Osvaldo Soriano, debían irse a Bélgica.

Todo había empezado en 1974, como siempre, con una hoja en blanco, una máquina de escribir, un cuarto vacío y un tipo con algo que decir. El segundo paso fue una bofetada. Resulta que el gordito que golpeaba las teclas de la máquina de escribir era un tipo audaz y decidió empezar la novela con una provocación.

Quizás por venir de otro palo, por no haber pisado facultad alguna, quizás por eso pudo empezar así su segunda novela. La primera, Triste, solitario y final, tenía que ver con su infancia, sus fantasmas, sus gustos. La segunda, con los fantasmas comunes, los de todos los argentinos.

Soriano llegó de manera poco ortodoxa primero al periodismo y después a la literatura, pero antes que nada fue futbolista: un centrodelantero goleador. Había nacido en Mar del Plata. Vivió en distintas ciudades del interior del país debido al trabajo de su padre, empleado de Obras Sanitarias. Quiso dedicarse al futbol y jugar en el club que se había apoderado de su corazón, San Lorenzo. No llegó. Trabajaba por las noches de sereno en una fábrica de la ciudad de Tandil cuando publicó, casi de casualidad, un texto sobre Semana Santa en la revista Primera Plana y se fue para Buenos Aires. Un día escuchó hablar de Raymond Chandler y su detective Philip Marlowe, se fue con él a Los Ángeles y nació su primer libro.

Para cuando empezó con el segundo libro, No habrá más penas…, ya no era la misma persona.

El filósofo y escritor José Pablo Feinmann escribe un prólogo al libro en 2003 y dice que el comienzo de la novela es “una bofetada a la literatura universal, o un recurso poderoso, una apuesta tenaz de la que el autor no renegaría en el vértigo que se avecinaba”.

Así arranca el libro:

“-Tenés infiltrados -dijo el comisario.

-¿Infiltrados? Acá solo trabaja Mateo y hace veinte años que está en la delegación.

-Está infiltrado. Te digo, Ignacio, échalo porque va a haber lio”.

El libro se empezó a escribir en el departamento de la calle Salguero, de la Ciudad de Buenos Aires. Era el año 1974 y el padre de Osvaldo Soriano, inspiración para muchos de sus relatos más emotivos, fallecería durante esos primeros meses de escritura.

El peronismo atravesó al texto y a su autor, al igual que lo hizo y lo sigue haciendo con todo lo argentino, aunque muchos, ciegamente, lo nieguen. Perón había vuelto a gobernar la Argentina y llevaba a su nueva esposa, María Estela Martínez de Perón, como vicepresidenta.

En una carta que le escribe a su amigo Felix Samoilovich, Soriano explica que quiere “intentar un modesto fresco de este clima atroz que negamos cada día. Mi vida tiene sentido si puedo terminar otra novela como quiero.”

Los años setenta enfrentaron al autor con una nueva realidad desconcertante. Perón volvía al país y “bautizaba a peronistas que no lo eran y echaba a peronistas que sí lo son”. El autor, que había sentido una cierta atracción por Montoneros y la JP, se encuentra en poco tiempo en la vereda contraria. Según palabras de su amigo José María Pasquini Durán, Soriano, “con Isabel, con López Rega y la Triple A, asumiría la posición opuesta, digamos la ruptura. Porque el peronismo ya no era el pueblo sino esa cúpula malsana y perversa que representaba la Triple A”.

El escenario del libro se llama Colonia Vela, un ficticio pueblo del interior argentino en el que se desarrolla la tragedia nacional. Una confrontación en la que se mata y se muere invocando a alguien que no pisa el país desde hace décadas. En nombre de Perón, todos asesinan y son asesinados.

En el prólogo a la primera edición del libro en España, Soriano intenta explicar el jeroglífico del contexto político del momento y dice: “La acción de No habrá más penas ni olvido se sitúa en la Argentina durante el último gobierno de Juan Domingo Perón, entre octubre de 1973 y julio de 1974. Luego de una larga lucha popular, Perón regresó al país en medio de una grave conmoción a la que él mismo había contribuido; su movimiento estaba dividido por lo menos en dos grandes facciones: aquella que lo veía como un líder revolucionario y otra que se aferraba a su ascendiente sobre las masas para impedir la victoria popular. Este malentendido -por absurdo que hoy parezca- es uno de los tantos orígenes de la tragedia argentina”.

Nadie se anima a publicarlo en Argentina y el manuscrito, como dijimos, se pianta para la ciudad capital de Bélgica. Allí, el autor se enamora de una enfermera francesa, se mudan a París y se dedica a reescribirla y pulirla.

En una entrevista para la revista La Maga en 1994, Soriano cuenta que cuando le entregó el manuscrito a Eduardo Galeano, éste le dijo “hermanito, tomá los originales. ¿Ves ese cesto de papeles? Tiralos ahí. Que no se sepa que escribiste eso”. Unos meses después, cuenta Soriano, se la mostró al que “era el peor y más implacable crítico: Juan Gelman. En ese momento él estaba en Roma. Yo le pregunté si no podía echarle un vistazo a la novela. Gelman me dio una opinión totalmente contraria. Entonces le conté lo que había pasado con Galeano y Juan me dijo: Mirá, Eduardo estaría en pedo. Con eso empató. Luego vinieron los penales y la novela se salvó”.

La génesis de la publicación de la novela es casi tan atractiva como el texto mismo. En una columna de 2010 en Página 12 lo relata Juan Sasturain: “Publicada por primera vez en castellano durante la dictadura por Bruguera de España –habrá sido en el ’79 u ’80, acaso un poco después, no me acuerdo– cuando Osvaldo estaba en Bélgica o en París, la leímos de rebote clandestino por algunos ejemplares que llegaron en manos de amigos, ya que obviamente no se distribuyó acá. (…) El Gordo siempre sostuvo (y le creo) que no había escrito la novela en Europa sino antes de irse, y que acá le había resultado impublicable. Habrá sido en el ’74/’75, entonces, después de Triste, solitario y final. (…) Aquella edición española de Bruguera, naturalmente, apenas si se leyó en la Argentina. Hubo que esperar a que, en las postrimerías de la dictadura, en los primeros meses de 1983, el mismo sello la editara acá (…) junto con la exitosísima Cuarteles de invierno (ésta sí escrita durante la dictadura), y ambas hicieran que, cuando volvió definitivamente en 1984, el Gordo ya fuera el autor reconocido y popular que marcaría, con adhesiones masivas y críticas puntuales, una década entera de la narrativa argentina”.

Cuando él autor volvió a la Argentina, el libro ya había aterrizado en el país de la primavera alfonsinista y había hecho de las suyas por estos pagos. El país ya no era el mismo y No habrá más penas ni olvido nos interpelaba, nos discutía. Lo sigue y lo seguirá haciendo.

Sebastian Pujol

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