Album: Aquelarre

Todo hecho social, político o biológico tiene un ciclo difícil de eludir: Nacimiento, auge y declive. Aunque es triste saberse mortal y en lo personal no consuele, sabemos que cuando algo se desvanece otro algo esta creciendo. Como el crepúsculo griego cediendo su lugar a los romanos. Si bien acá no vamos a hablar de una hegemonía del imperio, la metáfora nos sirve para mostrar como la disolución de Almendra engendro una banda mítica de los años 70. Aquelarre. La intención no es hacer un repaso por su historia, sino más bien brindar algunos motivos del porque tomarse 37.14 minutos para escuchar el primer álbum homónimo publicado en 1972.

El disco tiene algo que es difícil de encontrar y que sirve de orientación en las consideraciones, todos sus temas gustan.  Desde la primera canción “Canto, desde el fondo de las ruinas” un rock cuadradito de base, estribillo y solo nos podemos sentir cómodos. Si esta de fondo le prestas atención, te lleva el oído hacia el parlante. En “Yo seré un animal, vos serás mi dueño” con unos cambios mas abajo confirmamos el estilo. Funciona de preludio para prender un pucho y servir una copa antes de llegar a “Aventura en el árbol”. Si zeppelin triunfaba en el mundo, seguramente era porque Page escuchaba este tema. Exagero, pero es un blues con todas las atribuciones de lamento zeppeliano. Un guitarra que pisa el pedal y una crudeza propia de la taberna lúgubre, humeante y con alcohol en las venas. La base rítmica es impecable, como no podía ser de otra manera. Rodolfo García en batería y Emilio del Guercio en bajo, ambos de Almendra.

La etapa final comienza con “Jugador, campos para luchar”. Una intro de aroma épico con un sonido que estaba a punto de saltar hacia lo progresivo, pero que el rock devolvía al clima de época. Sera que todavía no curtíamos mucho eso acá. “Cantemos tu nombre” es una iluminación para recordar a quien no está riendo con alegría.  Cierra con “Movimiento”, una despedida que retoma el principio para empaquetar el sonido y ponerle el moño setentoso que se merecía.

Un disco flexible que se adapta a muchos estados de ánimo. Se puede poner a todo volumen en un asado o con un mate mirando la lluvia por la ventana.

Ignacio Calza

 

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