Crónicas de mi Exilio

PRIMERA PARTE: https://revistamarfil.com/2018/12/02/cronicas-de-mi-exilio/

Las siguientes crónicas fueron halladas en una mesa del Café Tortoni, al atardecer del 20 de Diciembre de 2001, en medio del gran estallido social, cultural y económico que vivió la Argentina. Estos papeles fueron hallados en el orden en que fueron escritos; algunas papeletas tenían el desgaste de los años y todos sin excepción están fechados desde Mayo de 1976 hasta Diciembre de 2001. Estos documentos se encontraban en la caja fuerte del gerente, hasta hoy.

SEGUNDA PARTE

VIII. Amsterdam, el oasis de mi infierno (2da hoja) 26 de Marzo de 1977.

Hoy, volví a revivir los fantasmas que me acechan desde hace un año. Soñé, que caminaba por Uriburu con Camila y de fondo, se escuchaba la voz del locutor que enumeraba los comunicados de la Junta Militar y, cuando ésta terminaba, me volvía a ella, y veía como de a poco se iba alejando de mi, para siempre.
Videla, Agosti y Massera deben de estar cómodos en sus sillones planificando la muerte, y yo aquí que recién puedo balbucear algunas palabras en holandés, después de casi doce meses de estadía en este paraíso, devenido en mi cárcel sin barrotes.
Ayer hablé con mamá. Ella, naturalmente lloraba de alegría de ver que estaba bien. Le agradecí, entre lágrimas el hecho de obligarme a estudiar inglés durante tantos años, ya que aunque parezca algo increíble, esa condición hizo que me pudiera relacionar con el dueño de la hostería en donde estoy parando, con el mozo del bar en donde almuerzo todos los días y tantas otras cuestiones.
Le conté que mi habitación era simple pero de ensueño: que la única ventana que tenía daba a un canal que tenía cerca un puente peatonal, y dónde en los balcones crecen maravillosos tulipanes. Le contaba que todas las mañanas me tomaba el tiempo de apreciar ese paisaje.
Le pregunté por ella. Y me detalló con lujos todo lo ocurrido desde que me había marchado en Ezeiza: que la piecita de Constitución estos hijos de mil la habían destrozado buscándome, que a Casanova también habían ido y la había ligado mi viejo, que lo habían dejado estropeado de tantos golpes y ahí me enfurecí y recapacité, y pensé en ella. Porque si le habían tocado un pelo era capaz de volverme a cagarme a tiros con quien carajo sea. Al viejo Fussaro lo apretaron en la comisaría. Se fueron con Cami al Interior, ni sabía mi vieja dónde. Ella fue para Casanova y le contó todo esto a mamá. Cuando me describió la tristeza de sus ojos, me hundí en mi abismo, en una cabina de teléfono en medio de la calle. Le preguntó por mi y por mi suerte. Camila le dio un número de teléfono para que marque ni bien sepa algo de mí y la llame urgentemente.
La extraño todos los días. Sin excepción. Me duele recordarla, porque me la voy para olvidando de a poco. Trató de recordarla con sus sonrisas, sus dientitos y sus cachetes sonrojados. Pero lo único que logró es imaginármela triste y callada, maldiciendo nuestra maldita suerte, que nos separó sin tener en cuenta que nuestro amor mutuo era la justicia más pura y absoluta.

 

  1. Esperanza en el naufragio. 3 de Agosto 1977
    En Amsterdam, existe una calma que desespera a un porteño como yo. La bicicletas son dueñas de las calles, existen lugares para caminar y contemplar el paisaje urbano. O tal vez la vida. Cuando hago eso, no hago más que añorar el tránsito recalcitrante de Buenos Aires y las veredas angostas e intransitables del microcentro. Resulta que uno daría la vida por volver al caos. Aquí el que no pase absolutamente nada es una cuestión que uno no sabe como digerir. Los dólares todavía me alcanzan para subsistir como ermitaño, yendo de un lado para otro y comiendo lo justo y necesario. Las llamadas a Casanova son cuando siento que mamá, tal vez se esté preocupando. Parezco un soldado cuidando las municiones en un campo minado de paz y sosiego. La rutina es…rutinaria. Despertarse, desayunar, caminar, siesta, un último paseo y otra vez a dormir. Así de patética.
    Así y todo, he descubierto cosas nuevas. En el bar en que estoy de parroquiano hay una TV. Pero de colores. Es algo muy raro. O en Argentina somos pobres o en Europa todo es más rápido. Menos los exilios. Me enteré que el próximo Mundial se hará en Argentina. Camila debe de estar contenta si llaman a alguien del Globo para la convocatoria.
    Algo misterioso ocurrió ayer que sinceramente me alteró la rutina. Cuando abro la ventana que da al canal, visualizó en el paredón de la otra orilla una escritura acompañada de dibujos. Estaba en inglés. Cuando me dí cuenta, me agarró miedo o tal vez no me sentí tan solo:

“I’ll always wait” ( te voy a esperar siempre).

Es ella. Desde otro mundo tal vez.

  1. Pañuelo blanco, corona sin laurel. 25 de Julio de 1978.

    El primero del año llamé a mamá. Me dijo que a mis primos Joaquín y Marcela los fueron a buscar a la casa de la Tía Mary, y que ella ya al día siguiente los salió a buscar como loca. Ellos son delegados de la fábrica donde trabajaban. Mamá dice que la tia se junta todos los jueves en la Plaza de Mayo con otras mujeres en la misma situación. La vi a la tía en la televisión. El día de la final contra Holanda, estaba en Holanda, alrededor de decenas de holandeses metidos en una cantina taciturna, y cuando la agarraba Larrosa, Ardiles o el Loco René (esos tipos que Camila me los obligó a ver en la cancha, en la tribuna de Amancio Alcorta) me agarraba la ilusión de ganar la copa, y sentir que seguramente a ella se le iba a dibujar en su rostro triste, una alegría, la alegría de olvidarse del horror, y recordar nuestros tiempos felices. Los goles de Kempes y Bertoni después de la corajeada cuasi trágica de Nanninga al final del partido, fueron goles gritados con el alma en el silencio y el lamento holandés, y con puño cerrado por lo bajo. Después del desenlace escucho de lejos una voz en español que se hace conocida. En la televisión repetían una entrevista a esas locas que hablan de sus hijos desaparecidos en la Plaza de Mayo. Pañuelos blancos en la cabeza la hacían un grupo homogéneo. Atrás del tumulto la vi a la tía Mary, con una foto gigante de Joaco y Marce. Ahí comprendí que el calvario que vivía en tierra ajena no era nada comparado con el sufrimiento de esos pibes que los chuparon y vaya a saber uno donde estaban y de esas madres, que lloraban de dolor genuino y agobiante. Ayer, cuando salí a una de mis clásicas caminatas por los canales, visualice a un grupo de señoras con pañuelos blancos y pancartas caminando en silencio por la calle. Eran ellas, pero holandesas. Les hablé en mi nuevo fluido holandés y les conté mi historia. Me sumé y me sumaron sin dudarlo.

 

  1. La esperanza disfrazada de utopía. 1 de Diciembre de 1979.Me enojé con mamá. Le dije que si no me pasaba el número de donde estaba parando Camila, estaba dispuesto a no llamarla más en la puta vida. Más que enojo es una desesperación. Cuando me fui de Argentina, en el apuro no me llevé ninguna foto de ella, como también de mis viejos. El tema es que de los viejos uno no se olvida, por más que quiera. El rostro de Camila se me iba nublando de a poco. Lo loco es que esas sensaciones como una caricia, un beso o ese momento que me agarró el sobretodo en el aeropuerto, son cosas que se intensifican con el correr del tiempo.
    Mi vieja me lo da, pero me dice que tenga cuidado porque la cosa está jodida todavía por allá. Inmediatamente la llamo.
    -Camila…sos vos?
    -Ger, decime que sos vos.
    -Mi amor… no puedo dejar de extrañarte. No puedo más.
    -¿Estas bien, mi amor? ¿Me vas a esperar, como me prometiste?
    -Toda la vida si lo tengo que hacer. Estoy dispuesto a soportar el infierno para volver a estar con vos.¿ Cuanto más tengo que esperar?
    -Acá esta todo caldeado todavía. Estos hijos de puta se aprovecharon hasta de este nene que veíamos en la cancha haciendo jueguitos…¿te acordas?
    -¿Cuál, el de Argentinos?
    -A ese. Los pibes del fútbol ganaron un torneo en Japón, justo cuando vinieron los de los derechos humanos a investigar qué carajo pasaba con tanta gente que desaparecía…
    -¡Que hijos de puta!
    -Mi amor…te tengo que dejar. Es muy peligroso. Te pido que no me llames más. Estos hijos de puta son capaces de irte a buscar allá también.
    -Quiero verte…
    -Yo también. Sólo te puedo dar una dirección. Cuándo no sé… pero cuando vayas, yo voy a aparecer, confía en mí. ¿Tenés para anotar?
    -¿Pero cómo? No entiendo…pero no importa, confio en vos.
    -Avenida de Mayo 825. Ciudad de Buenos Aires. Te espero ahí. Cuando tengas que venir, yo voy a estar ahí. No sé cuando, no sé cómo, pero sabé y confíá que yo te voy a esperar.
    -Te voy a estar esperando con un submarino para desayunar, por si no me reconoces. Te quiero con mi vida.
    -Yo también. Te espero…chau mi amor.

 

XII. Paisajes nuevos, nuevos comienzos. 21 de Enero de 1981.

Hoy cumplo 30 años. Jamás en mi vida se me hubiese ocurrido pasar este día en el lugar y en la manera que se dieron las cosas. Desde hace un par de meses, me instalé en una piecita del norte de Londres. Antes tenía la vista a un hermoso canal en Amsterdam; hoy mi vista son chimeneas humeantes, donde los industriales trabajan a sudor limpio. El hecho de dejar el paraíso de Holanda y cambiarlo por un clima de fábrica durante todo el año no es nada comparado a lo que miles de compañeros, amigos y conocidos están pasando en Buenos Aires.
Mis motivos para ir a esta tierra son pocos y claros: una es poder conseguir un trabajo que me permita ahorrar y volverme a Argentina ni bien termine la locura de los milicos y así encontrarme con Camila en la dirección que dijimos. Los viejos con su sueldo de jubilados es imposible que me den una mano. La otra es Osvaldo Ardiles, el que jugó en Huracán. El petiso que salió campeón del mundo me enteré hace un año que juega en los Spurs del Tottenham. Todo lo que hago, lo hago para no olvidarme de ella. No olvidarme de esas salidas a la cancha y verlo a Ardiles, a Houseman o a Brindisi. Cuando salgo del laburito que agarré de cantinero de día en un barcito de Green Planes, voy a pasear a Clissold Park, para que me haga rememorar nuestras salidas al Botánico los jueves después de la facultad. Todo lo que hago, lo hago para no olvidarla. Es como un sistema que inventé. Le prometí algo y pretendo cumplirlo. Lo voy a cumplir. Aunque me cueste la vida.

XIII. Los cambios que conducen a la duda. 11 de Noviembre de 1982.

A veces me pongo a pensar el porqué de estas crónicas, además de reconocer que cada vez menos seguido estoy escribiendo. Quizás sean para cuando me encuentre con ella y evitar trabarme en mi historia, ya que soy medio tartamudo. O tal vez sea para demostrarle que jamás la olvidé. Ni siquiera por un instante. Hoy Camila cumple 28 años, de los cuales sólo siete miserables meses, lo pasó al lado de este miserable. Como todos sus cumpleaños, me afeito, trato de empilcharme bien con lo que tengo, compro la cantidad de rosas que coincide con la cantidad de años cumplidos por ella, cocino un cheesecake o algo dulce, que se asemeje a las tortas de ricota cortadas en cuadraditos, que comíamos en el Botánico, los jueves de esos siete meses que vivimos abrazados, y lo culmino cantándole el “Feliz cumpleaños” en el idioma del país en que me encuentre, porque sé que ese tipo de cosas le harían reír. Así de tristes fueron los 11 de Noviembre de los últimos siete años. Ni siquiera verlo a Ardiles cada semana me alegra este calvario, no de estar en el culo del mundo, sino de estar imposibilitado de verla.
Además de esto, me enteré por televisión que un borracho milico hijo de puta, le declara la guerra a este país, que me la juego, que aquí existen más soldados que otra cosa. Me dolía el alma ver por la televisión el rostro de la gente de mi país, masacrada por gente del país que me está cobijando. También tengo sensaciones encontradas. ¿Es justo que los english digan que es suya una tierra que geográficamente no les pertenece? ¿Es justo ver a tanto joven morir por un choborra y una vieja chota que lo único que hace es oprimir económicamente a su pueblo? No es justo. Ansío con muchas ganas que mi pueblo se levante y surja alguien que imprima justicia, no venganza, sobre toda esta cuestión; algún héroe tal vez.
Con respecto a mi promesa de volver hay varias cuestiones a ver: Galtieri es una sombra, igual que el Proceso. Pero el ajuste de la Dama de Hierro me impide pensar más allá de mañana. Hasta ir a la cancha me es difícil. Volver ni pensarlo por ahora. Anoche conocí a alguien el bar. Elizabeth se llama. Correntina y actriz.

XIV. ¿Volver o quedarme? 11 de Diciembre de 1983.

Hoy fue mi primera vez en 32 años que he tomado alcohol hasta embriagarme. Cuando vi en la BBC a Alfonsín desde el balcón del Cabildo darle sepultura a la época vestida de milico, pensé en varias cuestiones. Pero un instante después me he puesto a celebrar hasta el punto de no saber cómo había llegado a mi casa y junto a quien he dormido. Ya puedo volver. Hoy llamé a mamá y lloramos juntos. El teléfono del bar estaba reservado para mí, ya que mi jefe sabía toda mi historia y sabía de mi alegría y mis ganas de compartirla. La democracia no es sólo un sistema de gobierno sino una victoria ante la barbarie. Cuando me levanté esta mañana pensaba en dos cuestiones bien claras: en que Camila seguramente me esté esperando en ese lugar en que habíamos acordado de encontrarnos hace ya más de tres años. Ella está ahí seguramente. Lo sé. Y yo estaba aquí sobreviviendo junto a Elizabeth. Esta muchacha de 22 años es sencillamente la mujer perfecta. Primeramente, habla español. De vivos cabellos rubios, de una figura y sobretodo una cadera prodigiosa, digna de la obra de un escultor inspirado; de una alegría y simpatía inconmensurable, de una atención femenina parecida a la de mi mamá y una de una pasión cuasi desenfrenada cuando compartimos las sábanas, ámbito en el cual soy un sumiso espectador de tan maravillosa destreza. Esta fue mi manera sobrevivir  a la soledad. Si digo que no estoy arrepentido sería en parte un mentiroso. Sólo hay una cosa que no tiene Elizabeth: que no es Camila. Y eso la hace, por más que me parezca una mujer fuera de serie, a alguien que no puedo comparar y sustituir a la joven que me espera en el Tortoni. Jamás.

 

  1. La justicia divina hecha por un mortal. 22 de Junio de 1986.Hoy he pedido el día en el trabajo. Es razonable dadas las circunstancias en que las cosas se han dado. Mi presencia en ese establecimiento lleno de ingleses, podría haber generado un infierno. Hoy en mi casa, en la cocina más precisamente, he sintonizado el partido por la televisión. Elizabeth cocinó una carne al horno deliciosa. Luego de cocinar se pasó las dos horas que duró el partido abrazándome. No me importó porque durante esa transmisión de ese juicio divino que se hacía en la tierra, no existía para nadie. Sólo me percataba de su presencia y de sus acciones. Él era el elegido. Porque el sayo sólo le cabía a él. Él era un ser sobrenatural. Desde esa vez en que lo vi por primera vez haciendo jueguitos en el círculo central del Ducó, yo sabía que el tipo era un distinto. Camila me lo señaló esa vez con una alegría indescriptible, y me lo nombró sin nombrarlo en esa última conversación por teléfono que tuvimos. Diego era el espejo en cual podía volverla a ver a Camila. Porque sabía que si él seguía con su magia linda como hasta ahora, ella estaría sonriendo. Lo sabía.
    El primer tiempo estuvo de más. Le dieron tres minutos de tregua los english y el tipo quedó en la historia, primero con el puño, como si estuviera en el patio de la casa, pero después con una jugada de humillación eterna, de arte puro, de cultura callejera o de justicia divina.
    Elizabeth no entendía como un loco desquiciado gritaba en un balcón una anotación futbolística como esa. Ella solamente estaba allí. Esa debe ser una de las pocas razones de por qué no la amo; la misma razón por la que Camila seguía habitando mis sueños. Ella sabía todo con solo mirarme. Porque siento que la mirada de él, es la mirada de ella, son sus caricias y sus besos. Porque Diego no me permite olvidarla, y menos el juramento de volver.

 

XVI. El fantasma del pasado. 1 de Mayo de 1987.
Nunca en mi vida me he sentido tan desilusionado ante un vestigio de genuina esperanza. Mientras seco las copas del bar en un silencio en que mastico bronca e incertidumbre, me pregunto: ¿por qué en nuestro país la esperanza es un algo que se cotiza tan caro? Ella, del otro lado del televisor debe de andar puteando en seiscientos idiomas, o tal vez llorando por una ilusión quebrada nuevamente. Alfonsín, el icono incorruptible de la democracia saliente, transando con los carapintadas para que este país no se vaya al demonio nuevamente. Sus zapatos deben quemar. Elizabeth no entiende porque estoy así. Y eso que también es su país. Esta mujer cada vez me resulta menos atractiva, más insensible a mis cosas y menos útil para mi desarrollo. La dejé de mirar con los ojos de la lujuria, para ahora mirarla con la mirada de la desconfianza y la antipatía.
Mis ojos están tristes pensando en la posibilidad de que Camila espere eternamente en ese café. Mi vida se retuerce de pensar que otro hombre, más de su edad la esté cortejando y se olvide de mí. Así y todo, la única manera que se olvide de sus palabras es que le agarre Alzheimer o que le agarre la muerte. Aún pasando las dos cosas, ella iría igual… la conozco.

XVII. He venido solamente a  concretar su sueño. 21 de Septiembre de 1990

Escribo estas líneas desde el Aeropuerto de París. Atrás he dejado para siempre la niebla londinense y a Elizabeth; ella no ha querido venirse conmigo. Le agradezco de corazón la compañía que me hizo durante ocho años, casi desde adolescente. El único motivo que me moviliza a venir hasta aquí es poder contarle a Camila que estuve en la ciudad de sus sueños, ya que el dinero de mi escape a Amsterdam era realmente para venirse aquí. Le quiero contar que pude caminar sus calles, conocer su arte y a su gente, tal como ella lo hubiera soñado. Con lo poco que pude ahorrar trabajando de cantinero he podido comprar el pasaje a París, el dinero para sobrevivir un mes, y el necesario para dar los primeros pasos con un emprendimiento, que espero que me dé el boleto de vuelta a Argentina: he decidido instalar una escuela de español por correspondencia, para todos aquellos franceses que deseen visitar la tierra del Plata. Es una idea, tal vez termine volviendo a lavar platos.

Hoy me he percatado que también olvidé por completo el tono de su voz. Ese tono juvenil que imploraba no madrugar entre las sábanas, y dormía prácticamente con toda la cabeza cubierta, implorando que la luz no ingrese por sus ojos. Hoy me pregunto cómo no hacía para no asfixiarse, si se tapaba hasta los ojos. Yo no le decía nada, la amaba demasiado como para no encontrar ternura hasta en eso.

 

Mi amor, he vuelto. 19 de Diciembre de 2001.

El negocio ha dado resultados inesperados: nuestra empresa no sólo prosperó en París sino que en diez ciudades de Europa tienen una sede de nuestro negocio, con más de cien personas trabajando. Esto me hace feliz. No por el dinero, sino porque me encuentro volando hacia Buenos Aires, donde aterrizaré a las 20.20hs. Argentina ha llegado al colapso en todos los sentidos. Es una bomba de tiempo que si no estalla hoy, volará mañana. Estoy triste, pero también decidido. No dejaré que esta vez nada se interponga entre el deseo de ver feliz a Camila y yo. Aunque el mundo se parta en dos y vuele todo a la mierda, no me lo voy a permitir. Seguro iré a Casanova a ver a mamá y mañana a primera hora iré a Avenida de Mayo 825.

Epílogo.

Buenos Aires, 2012. Colectivo 140. Correo Central.

-¿Qué hacés, pibe? ¿Vos también sos de esta zona, de San Martín? Qué bueno, así no me vuelvo solapa todos los días. ¿Y, cómo viviste tu primer día de trabajo en el café, eh? Y sí, es complicado, ser mozo de “ese” café, no es cualquier cosa. Tenés que saber un par de idiomas, de taquito; no te podés equivocar, siempre una sonrisa, siempre estar atento al salón, adelantarse a que la gente te llame a los gritos. No es joda, ojo. Pero quedate tranquilo, nene, que un día malo lo puede tener cualquiera. Que fue raro lo de la coreana de hoy, decís. Y sí, este oficio está lleno de historias, de anécdotas…que se yo. Che…¿los giles del café, te contaron de la Betty? ¿No? Te la cuento, pero esta queda acá, eh. Muzzarella.

Mirá pibe, yo al café entré hace más o menos cuarenta años. Si, cuarenta: año 72 ingresé a la barra. Y ahí sí, vi a cada loco, hermano. Pero nunca, nunca algo como la loca Betty. Me sale decir loca porque así la llamaban los sinvergüenzas del café. Betty era una mujer de unos treinta pirulos. Era dueña de unos locales de Avenida de Mayo, vivía de eso. Vino la primera vez, cuando Alfonsín habló en el Cabildo, pero a la mañana. Llego ocho y treinta puntual, se acomodó en una mesa bien cerquita de la entrada de Avenida de Mayo y pidió un submarino y los diarios del día para hojearlos. Cuando le fui a preguntar si quería algo más, me dijo muy amablemente que no, que estaba esperando a alguien, que si quería algo, me hacía una seña. La cosa es que de 8.30 a 11hs nadie se acercó a su mesa. A esa hora ella se fue, con un saludo de “¡Que tengas un excelente día!”y una sonrisa encantadora. La mina era muy linda, pero tenía un detalle: que usaba anteojos oscuros, siempre. Hicimos buena onda con la mina, hasta el punto que ella me llamaba “Beto”. Yo era su mozo.

Lo raro no fue todo esto que te conté. La mina hizo esto…¡durante dieciocho años, hermano! Todos los días 8.30hs, se pedía el bendito submarino, se acomodaba en la misma mesa, leía los mismos diarios y todos los días esperaba a alguien que no llegaba, para darle lugar a su retirada a las 11 am. Los pibes cada vez que entraba a la mañana, murmuraban “ahí viene la loca Betty”. A mí me había dicho que se llamaba así. Un día, después de tantos años, le fui a preguntar: “Señorita, le puedo preguntar a quien espera, que nunca llega”. “Beto, ¿vos que pensás que es la esperanza? ¿Existe para vos?”. “Si que existe, pero no sé lo que es”. “La esperanza es saber esperar. Los que tienen esta virtud, tienen esperanza”. Me callé.

Y llegó ese día. Vos viste nene, que abrimos a las ocho en punto para el público. Ese día menos cinco, ya había un cincuentón canoso y barbudo en la puerta. Ese día abrimos a pesar del estado de sitio de De la Rúa, la noche anterior. El día pintaba que íbamos a cerrar temprano, y así fue. “Parece que está ansioso por pasar, maestro”. “Si, pasa que me espera alguien”. Ni me percaté de la Betty. No sé. El tipo se sentó en la misma mesa que la Betty se sentó durante dieciocho años. “Un submarino” pidió el barbeta. “Nah, no creo que sea”.

Y ahí, 8.30 de la mañana, con sus gafas oscuras encima, entró Betty. Saludó como los últimos siete mil días que había venido, y cuando encaró para su mesa de siempre, se paró en seco en la mitad del pasillo. Quedo petrificada ahí, mirando su mesa. Por primera vez, en dieciocho años, se sacó sus gafas y sus ojos verdes no parpadeaban y sus labios quedaron inmóviles como si estuviera sorprendida. Como todo mozo, soy un poco chusma. Fui a repasar las mesas aledañas a ese encuentro inminente. El mentón de Betty era incontrolable por lágrimas que sus ojos irradiaban. El taconeo de sus pasos era súbito. Estaba al lado de la mesa donde el barbeta acomodaba unas hojas amarillentas en una carpeta de tres solapas. Ella direccionó sus manos a la suya que recién acababa de mezclar el chocolate. Cuando llegó a ella, el barbeta la miró a los ojos. “ Es él” pensé.

-¿Vos sos quien iba a estar conmigo, hasta que hagamos realidad todos nuestros sueños?

-¿Y vos la que me iba a regalar esos ojazos y esa sonrisa hasta el último día?

El barbeta se paró, se miraron un instante sonriéndose, y se abrazaron. Pero no así nomás. Con la fuerza de mil demonios, nada ni nadie podrían ser capaz de romper esa unión de ellos. “Nunca más te voy a dejar ir”. “Y yo nunca más te voy a dejar sola”. Ese abrazo eterno era a pura lágrima. No se porqué pero tuve la excelente idea de decir “¿Los señores desean algo?”Me martiricé mucho tiempo por haber dicho eso en ese momento. “Ser felices” dijo Betty. El barbeta pagó y se fueron. Así de simple. Al mediodía empezaron las piedras, el quilombo. Cerramos y me di cuenta que la carpeta de tres solapas estaba en la mesa cerquita de la entrada, y en medio del quilombo la hojeé, y ahí nene, me di cuenta de que es la esperanza.

Fabian Fazzini.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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