Seres de lazos

Acto 1.

Bar “El poor de Coco”, Ingeniero Maschwitz; 3 am de un domingo de Julio. Un párroco sentado en la barra con un vaso de cerveza entre ambas manos. No espera nada, pero espera. Pelo revuelto y barba candado muy mal cortada; contrasta perfectamente con el lugar. Solo se escucha el ruido de los palos y las bolas de billar, alguna que otra risa de mujer borracha corta la tranquilidad. Aparece por el umbral un hombre demasiado formal que se le sienta al lado.

 

Hombre – Una rubia – Se dirige a quien atiende la barra –

Párroco – Cómo se nota que diste unas vueltas por acá, eh –

Hombre – ¡Epa! ¿Tan mal día tuviste? –

Párroco – Ya no tengo malos días, solo días – Se queda pensativo en lo que dijo.

Hombre – Te noto demasiado tranquilo para los días que vivimos-

Párroco – ¿Para qué me voy a preocupar? Si al final nos llega La Negra a todos y vos tratas de llevarnos por el mal camino –

Hombre – ¡Bueno, hay que ganarse la vida! Ustedes son mi moneda –

Párroco – Ayer me fuí a la Cotorrera a pasar la noche entre vagos. Al salir a tomar el colectivo, vi que subían a la ruta y no pasaban por la parada. ¡Me pusiste dos accidentes en cada punta! -Dijo gritando al oído del hombre que ni se mosqueo.

Hombre – ¡Que personal se lo toman ustedes, che! ¿Qué res que haga? Me gano la vida – Dijo, sonriendo por la actitud del acompañante. Le producía cierto placer en la entrepierna ver al Párroco en ese estado.

Párroco – Sos un jodido… – Se ríe irónicamente, calmandose al darse cuenta que era inútil.

Hombre – Al menos decime que la pasaste bien en la Cotorrera – Lo observó con ojos abiertos y sonrisa pícara.

Párroco – Las mujeres pueden ser el infierno y el cielo… –

Hombre – Ustedes pagan por el Paraíso –

Párroco – Todos pagan – Dijo y se le iluminaron los ojos al pensar en la noche anterior. Ahogó el sentimiento en el trago de cerveza

Hombre – Amanece, deja que yo pago –

Párroco – Yo pago con dinero, dejame a mí – Puso un billete de cien sobre la mesa y sin esperar el vuelto.

Hombre – Siempre igual ustedes. Vos también pagas con almas de otros aunque me juzgues, compañero – Dice con una risa grave y estruendosa que inunda el bar.

Párroco – Vaya en paz – Dijo dándole la espalda al hombre y mostrando el dedo índice al piso.

Hombre – Vaya usted – Respondió lanzando un escupitajo al suelo con malicia. De un sorbo terminó de beber tres cuartos del vaso.

El Párroco camina por la calle Bolívar hacia abajo. Se dirige a las vías del tren. No piensa en terminar sabe que no le alcanzó el dinero para emborracharse al punto de olvidar las penas. Amanece en Maschwitz.

 

Acto 2.

El párroco camina por la calle Bolívar hacia abajo. Se dirige a las vías del tren. No piensa suicidarse, sabe que no le alcanzó el dinero para emborracharse al punto de olvidar. Amanece en Maschwitz.

Párroco – Cuando era niño yo quería hacer feliz a todos –

Sombra – Hubieses sido payaso –

Párroco – Detesto cuando te apareces así, tan de la nada y en plena soledad – Habla mirando al frente como si a su lado caminara alguien.

Sombra – ¿No será que no toleras estar solo? – Vos sos el que vuelve siempre a lo mismo y nunca llega a nada. Empezaré con mi historia, la cuestionaras, me odiaras y seguirás siendo párroco. –

Párroco – Pensé que era un cuento de niño aquella carta que me dejaste al irte. Sabía que lo harías así, nunca tuviste agallas –

Sombra – Siempre tan humano y echando culpas al resto del mundo – Sonríe y piensa que su compañero envejeció de golpe

Párroco – Aún intento comprenderle –

Sombra – Me necesitabas demasiado – Concluyó como si supiera el diálogo de la obra – Sé que hace unos minutos un viejo amigo te invitó una cerveza –

Párroco – El muy miserable… – Masculló

Sombra – Esa es su razón de ser –

Párroco – ¿Por qué? ¿Qué propósito tuvo al engendrarlo? –

Sombra – Según él, aburrimiento. Quería alguien con quién competir. Otros dicen que el equilibrio se encuentra en la armonía de ambos –

Silencio

Sombra – No lamento haber ayudado a quién gritaba de dolor. Sané sus heridas graves y seguramente hubo más como yo –

Párroco – Pudiste sacrificarlo como a un cordero –

Sombra – No soy Él para impartir justicia. ¿Asesinarías a alguno de tus siervos por ser un maldito infeliz? –

Párroco – Debería estar muerto –

Sombra – Hoy pudiste matarlo. Pensaste en obtener el destapacorchos y clavarselo en el cuello y la clavícula ¿Por qué no lo hiciste? –

Párroco – Siempre me queda la duda. Dios te muestra el árbol pero te prohíbe su fruto ¿Por qué? – Quiere cambiar de tema

Silencio

Sombra – Me veías como a un padre. Yo no podía seguir contando cuentos de Santos y Cristo. Esa no era mi verdad y creo que tampoco es la tuya –

Párroco – Sigo leyendo y siguiendo, las órdenes de un manual que no se quién escribió. Miserable –

Sombra – Esta conversación no lleva a nada –

Párroco – Maldito sea … – Por primera vez en toda la conversación se muestra realmente irritado.

Sombra – ¿No crees que ya suficiente maldito es? Carga con el pecado del mundo –

Silencio

Párroco – Ya no importa, solo sos una sombra – Mira el sol y una lágrima se desliza por sus arrugas asentadas.

Sombra – Solo soy un recuerdo – Dice y se desvanece.

El párroco, sobre las vías del tren muerto, quiere gritar pero no puede. Siente una fuerte presión sobre el pecho. El sol comienza a calentar.

 

Acto 3

Terminó la misa y la resaca se hace sentir. La congregación apenas tuvo ganas de entender el sermón del día. Ya no era fe, solo costumbre.

Se retiran con rapidez de la iglesia y el Párroco queda solo. Mirando el altar recuerda la primera vez que se sintió atraído por Dios y por la idea de luchar contra el demonio. Bajo los hábitos en el bolsillo derecho del pantalón contenía un libro.

Arrodillado ante el altar, tomó el libro y leyó:

“Había una vez un Cura que iba caminando por un descampado y tranquilo lugar. De repente la serenidad fue interrumpida por un grito estremecedor y el Cura no pudo negarse al auxilio del prójimo. Al acercarse, divisó a un hombre mal herido, algo temeroso, se acercó.

  • ¿Pero quién te ha hecho esto?-
  • Soy un viejo amigo tuyo, y quién me ha hecho estas heridas como castigo, ha sido mi padre –

Sin detenerse a pensar, lo arrastró hasta un pequeño arroyo que había a pocos metros y comenzó a lavar sus heridas.

  • No te recuerdo, pero ¿Por qué tu padre te haría esto? – Sus heridas olían a quemado, los pies y sus manos y brazos estaban negros, como si lo hubieran querido prender fuego ahí mismo-
  • Yo soy el por qué de tu estilo de vida. Soy tu razón se ser –

El cura prestó atención por primera vez al rostro del hombre. El contraste entre el placer y el sufrimiento se escapaba de su mirada, la suciedad tomaba y la pureza perdida.

  • Mi padre me ha castigado porque he osado cuestionarlo, le pedí que me revelara su mas profundo secreto, la esencia del mismo. Por eso mi padre me ha propinado tan brutal castigo sin que le importara el sufrimiento que padecería

“Mi padre es tu Dios y es quien me ha condenado a este espantoso y eterno sufrimiento. ¿Acaso nunca has pensado en los cuentitos impuestos como verdades absolutas que mi padre utiliza para cegarte con su verdad?”

“Él fue quien sembró el odio de los hombres hacia mí. Después de todo, él no fue también el que te obligó a cometer el pecado, mostrándote el árbol y luego negandote su fruto?

“¿Es esto lo que le debe pasar a todo hijo que desobedece a su padre? – Gritó eufórico el hombre

A medida avanzaba la conversación las heridas se iban limpiando pero el odio se reflejaba en la cara transformada y en las lágrimas que estallaban de los ojos.

El cura escuchaba en silencio, como hacía con el confesionario, sin dejar de mojar las quemaduras. Menos agitado, el hombre se tiró al suelo boca abajo, dejándose llevar por el sonido de la brisa. Más relajado parecía un niño de 17 años, dejándose morir por el dolor.

  • Quizás, alguna vez ya te has hecho estas preguntas. Después de todo, los hombres tienen algo de mi padre… –

El hombre se quedó dormido, hacía un clima perfecto para estar bajo el sol. Tras cubrir las heridas, el Cura se alejó en contra del horizonte. Nadie volvió a verlo en el pueblo.

Fin.

El párroco, al terminar de leer el cuento se dirige a su habitación.

Párroco – La duda… El primer paso es la duda – Dice subiendo las escaleras.

Al abrir la puerta, encuentra al hombre del bar en su cama. Mira por la ventana. Taciturno, no se inmuta al escuchar abrir la puerta. El párroco finge no verlo y se dirige a su armario.

Hombre – Es el más fácil de todos los miedos, pero ustedes no podrían entender o aceptar el destino. Él lo escribe a su antojo, incluso el mío… Aunque no lo creas, yo también temo… –

Mirando a la ventana, el párroco se paró sobre una silla y se colgó del cuello. El golpe seco de la garganta rompiéndose retumbó en la habitación.

Hombre – Hay quienes pueden sobrevivir con la duda. Tal como aquel santo que curó mis heridas… –

Se hacía de noche y el cuerpo del párroco seguía colgado de la viga frente a la ventana. En la iglesia sólo quedó el silencio.

 

Maria Del Mar

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