Crónicas de mi Exilio

PRIMERA PARTE

 

“Las promesas son lo único sagrado en esta vida”

I. Germán Medina, contador.  23 de Mayo de 1976

Empiezo estas lineas sin saber qué escribir, intentando no dejar ningún detalle en el olvido. Quiero dejar constatado cómo me han despojado de mi vida, de mis recuerdos, de mis padres y de ella, sobre todo. Tal vez escribo esto, para nunca olvidarme de quien soy o quien fui. O para nunca olvidarme de la promesa que hice. Me recibí en el año 1974, de contador público en la Universidad de Buenos Aires. Siempre fui peronista, algo raro en medio de tanto gorilaje capitalista. Yo era de los que defendían al General hasta el hartazgo o el griterío, y quedé marcado en todos los ámbitos como el “zurdito de Económicas”. Así y todo, logré recibirme con honores en la facultad, e inmediatamente me propusieron ser profesor de una de las materias que se dictaban en la carrera en cual me había terminado de recibir. En ese último tiempo, pude concretar irme a vivir solo a una piecita de Constitución y todos los meses les pasaba una mensualidad a mis viejos que vivían en Isidro Casanova. El año 1974 fue especial porque fue el fin de la vida de Perón, el fin del peronismo militante autentico, y el fin de mi militancia juvenil, pero el comienzo de una suerte de libertinaje represivo, camuflado de democracia, disfrazado de peronismo: la triple A. Vivía con la incertidumbre de no saber si mis compañeros o yo mismo podríamos ser el próximo blanco de esta banda de asesinos. Un día, fui a dar clases en el retorno de la cursada, luego del receso invernal. Me asomé por la puerta de madera del aula y la vi, con su rostro apoyado en sus manos, abatida  tal vez, por algún sufrimiento de algún amor pasado o por el desencuentro que hay entre nuestras esperanzas y nuestras vidas. Cuando la vi, me olvidé de Perón, de Evita, de la justicia social, y de todo aquello que me había parecido importante hasta ese momento en mi vida.
II Camila Fussaro, el ángel. 1° de Junio de 1976

Me detuve en ese instante de eternidad en la puerta del aula y sin pensarlo ni siquiera por un instante fuí hacia ella, me acerqué hacia su vida, y le dije, llevándola a lo profundo de mi corazón:
-Discúlpeme señorita, le hago una pregunta… ¿usted es un ángel o qué?
Ella elevó su mirada. Y cuando hacía eso, el universo entero se detenía a mirar sus pupilas color verde esmeralda. Cuando ella te miraba, un fulgor te encandilaba por completo, no se percibía el menor rastro de maldad en su rostro. Cuando ella te miraba era la alegría inconmovible, en cambio cuando bajaba sus ojos eran la tristeza toda de un abismo maltrecho y oscuro. No había nada más maravilloso que verla contenta, y nada más doloroso que verla en la tristeza.
Cuando le dije eso, me eché para atrás, dejé mi maletín en el escritorio y grité a viva voz para toda la multitud que iba a presenciar mi clase:
-Buenos días a todos. Soy el Profesor Medina, y en esta materia discutiremos sobre el rol que cumple el Estado en los distintos modelos económicos. Espero que sean buenos parlamentarios, porque a mí me gusta discutir.
Ella se sorprendió a darse cuenta del lugar que yo ocupaba en el aula. Acababa de recibir un piropo, una señal de amor de su profesor. Era complicado estar en esa situación. Esa clase fue interrumpida constantemente, por mí. A mi larguísimo discurso en que Perón, la tercera posición, la clase obrera y el estado de bienestar se  hacían presentes, había que sumarle la cantidad de veces que ella sonreía ó se cruzaban nuestras miradas. Cuando tomé lista pude averiguar su nombre: FUSSARO, CAMILA. Me dijo presente sonriendo, y nuevamente me perdí en el listado. Pude corroborar por su número de documento que más o menos le llevaba algo así como cuatro años. No me importó. Cuando terminó la clase, me dirigí a ella, y ella me esperaba.
Debo decir que con las mujeres tengo una cosa especial. Yo las considero a cada una como un tesoro, algo invalorable, cada una con un brillo único y auténtico. Por eso, hacía de cada encuentro con una dama, algo especial; las hacía reír, buscaba siempre que tengan una buena imagen de mí, más allá de mis preferencias. Y si había alguien que me volaba la peluca, iba al choque sin dudarlo, con la caballerosidad de un duque, casi siempre recibiendo una negativa, pero con cortesía por parte de la rechasante.
-No ha respondido mi pregunta, señorita Fussaro.


-A veces sí, pero también a veces soy la hija del Comisario Fussaro, de la 28, de Parque Patricios, así que no se haga el loco. Pero, ¿usted quien es Profesor Medina?

Ella tenía algo que ningún ser humano, o ser viviente en esta galaxia tenía: ella hacía todo con el corazón. Tenía algo tan conmovedor cuando vivía, que inevitablemente me convencía que era lo correcto. Si me hubiese dicho: “Tirémonos por este precipicio, que vamos a estar bien”, yo iba me tiraba al vacío, sin dudarlo.
-Si me permite invitarla un submarino en el bar de Uriburu, le cuento.
III. El Brillo de nuestra juventud invencible. 25 de Agosto de 1976

Dejó su cartera en la silla contigua, hizo caer su cabellera castaño claro de un lado hacia otro, y para comenzar nuestra charla, nuestro destino, nuestra eternidad, le hizo señas al mozo e hizo el pedido con una sonrisa emperlada que si yo hubiese sido el mozo, le hubiese pedido matrimonio al instante. Ensayaba durante la espera de nuestro pedido una mueca que, cuando estiraba sus labios para sonreír, sus pómulos sonrojados por la vergüenza de la primera cita, escondían en otra dimensión a esos ojos, que me intimidaban por su belleza. Al llegar el jarrito con su barra de chocolate, la delicadeza del accionar de sus dedos minúsculos, sumergían el dulce en la taza y diluía con ella, mis nervios de meter la pata.
-Antes de arrancar, quiero que me expliques algo… ¿Cómo hacen esos ojazos para convivir con esa sonrisa irresistible en un solo lugar? Decime, explicame…

Sus cachetes se volvieron a sonrojar. Yo había dejado eso de “tratarla de usted” en la puerta del boliche. Y me explicó quien era.

Huracán. Ese era su amor imposible. Me podría haber enumerado la formación de sus jugadores titulares, suplentes, masajistas y aguateros desde los primeros tiempos hasta hoy. Me invitó a ir al Ducó, y yo lo entendí que esa, podría llegar a ser nuestra primer salida. Yo ni sabía que era el off side más o menos.
París. Quería conocerlo porque había leído a los románticos franceses y estaba ahorrando para irse el verano del año que viene para conocer hasta las alcantarillas de la capital, como Victor Hugo cuenta en “Los Miserables”.
Le conté de mis proyectos de comprar mi casa, de irme a vivir a la Costa, al lado del mar. Que quería hacer una maestría para los años que venían, y que por ahora quería dar clases, pero le dije que si ella iba a estar ahí, se me iba a complicar. Le pedí que aproveche la reforma universitaria de 1918, y se cambie de cátedra.

Ella me enseñó a soñar, me enseñó que se puede vivir con la inocencia de cumplir todos sus sueños, de vivir con la esperanza de verlos cumplidos.
Tomé la decisión drástica de esas que me caracterizan: de ir al choque, como si fuera un Basile o un Carrascosa.
-Yo solo te quiero decir una cosa: que si me regalas esos ojos y esa sonrisa todos los días, yo voy a estar con vos hasta que concretes todos tus sueños. No te lo prometo, te lo juro.

Los juramentos descartan cualquier otra posibilidad.

Asi de rápida fue nuestra primer mirada en silencio, nuestro primer beso, nuestra primera vez en la piecita de Constitución y el inicio del primer noviazgo, que no era otra cosa que el deseo de poder crecer juntos.

 

 

  1. Ezeiza, el destierro del amor. 6 de Diciembre de 1976Una vez, me di cuenta que cada vez que yo deslizaba un deseo delante de ella, al instante como relámpago, Camila anotaba algo en su cuaderno. Un día me tomé el atrevimiento de espiarlo. Me dejó conmovido que en ese cuaderno Rivadavia tapa dura color rojo, ella escribió con lujos de detalles, todos los deseos que alguna vez dejé escapar de mi boca: Las Toninas, fideos con pesto y nuez, Teatro Colón, Londres, los 3 chiflados. Ella, anotaba cual escriba en su tabla, no sólo una serie de pedidos, sino también las cosas que alguna vez le dije: ” ¿Me puedo casar con vos…todos los días de mi vida?”… ¿qué será que tenés que me termino enamorando todos los días de vos?” y cosas por el estilo de mi autoría. Recuerdo que cuando íbamos a la facultad, nos separábamos: uno venía de Plaza Housseay y otro por el lado de Corrientes para no alimentar sospechas en los malpensados de económicas ya que ahí, de esos, había de a montones.
    Recuerdo que lo nuestro duró siete meses. Ahí es cuando entraron los tanques, las botas y los milicos en escena. El golpe fue el 26 de Marzo. El 28, cuando Camila caminaba por la calle Nogoyá en Villa del Parque en medio de un follaje de ensueños, un auto verde escupe a tres hijos de mil putas que la tiran contra la ligustrina de una casa bien paquete. “Hablá pendeja, nos dijeron que vos sos la amiguita del zurdo de económicas, del peroncho ese que arma quilombo en la facultad. ¿Dónde está? Mirá que zafás porque sos la hija de Fussaro, porque si no a vos también te tenemos un lugarcito reservado eh”. Nunca me dijo que hizo para que la dejaran ir y no la siguieran. Le dejaron marcada en sus bracitos, sus garras de bestias salvajes, y una cara de espanto que cuando nos encontremos dos días después en el café Banchero de Talcahuano y Corrientes, la iba a disimular como una reina. Ella pensó lo que iba a hacer, como un ingeniero piensa como construir su obra. Sé que cada pensamiento le desgarraba el alma, porque ese cuaderno que pude hojear no era solamente un enunciado larguísimo de pedidos y frases de quien escribe esto, sino que era un mapa de su corazón inconfundible. Y hoy me sigue doliendo pensar en ese instante en que con sus ojos de nena de cuatro años me dio ese sobre en esa mesa del bar, sin explicarme todavía que había pasado, y sobretodo que iba a pasar.

 

  1. Ezeiza, el destierro del amor. (2da hoja) 2 de Enero de 1977
    Hoy, una vez más reflexionó sobre lo que me han quitado. Porque no estoy aquí, en la otra parte del mundo por gusto, sino porque me han desterrado a la fuerza. Me han arrebatado mis sueños, me han despojado de mi juventud. Y por si eso fuera poco, me obligan a que poco a poco me la vaya olvidando. Quiero decir que no hay mayor tortura que soportar ver cómo uno va envejeciendo y olvidándose de lo que nos hace felices. Estos milicos del orto, me quitaron la oportunidad, de tejer mis mejores años junto a la persona con la cual imaginaba un futuro inmenso de desafíos y de sueños, más que nada. Circula por mis venas el odio que siento por aquellos que le han hecho daño a Camila, a los viejos y a tantos amigos que los chuparon y nunca más volverán. Y yo aquí en medio de una Europa con sus propios problemas, mi mente bosqueja una pintura que me obliga a hacer el ejercicio de no olvidar. Porque paso muchas horas al día, sentado en la silla de la habitación donde paro, haciendo fuerza y tratando de que esas pequeñas cosas que en Argentina me hacían feliz nunca se disipen. Así y todo, lo primero que se me viene a la mente es ese momento en que el café, le pude ver en ese brazo desnudo, las marcas de una bestia que intentó intimidarla, pero lo único que consiguió fue hacerme enojar a parámetros inhumanos.

– Quiero que me escuches con mucha atención, Ger. Estos son pesados en serio. Lo primero que hice después de que me apretaron fue ir a ver a papá. Me dijo que esos flacos tienen inmunidad para hacer lo que se les cante. Apretar, secuestrar, torturar y hasta matar. Y a vos te buscan. Parece que alguien en la facu te marcó. Porque que sepan que yo estoy con vos, quieren decir que saben mucho y que saben como conseguir la información. ¿ Qué estarias dispuesto a hacer por mi? ¿Serias capaz de dejarlo todo? ¿ De ir hacia lo desconocido, hacia la nada y esperarme ahí, hasta que nos volvamos a encontrar?

 

  1. Ezeiza, el destierro del amor (3ra hoja) 4 de Febrero de 1977Amsterdam. Ese sobre de papel cerrado tenía en su interior un pasaje hacia allí. En mi perra vida me puse a ver donde quedaba ese lugar que apenas lo podía pronunciar. Desconocido. Estando aquí me percató que ese pasaje era en sí, el esfuerzo de sus ahorros para conocer París. Y estoy seguro que después de que esas sabandijas la apretaron en Nogoyá aquella mañana, y después de hablar con el viejo Fussaro, no habrá dudado ni un instante en ir al banco, sacar toda esa guita y comprar el pasaje. Ni lo habrá pensado, estoy seguro.
    Nítido, es ese momento en que Camila me dió las directrices de mi escape hacia el olvido, hacia esa nada que me invitaba a partir, hacia el exilio. Al hablar, dejó de ser ese adorable ser humano que irradiaba ternura y cariño en cada caricia y cada beso, y se convirtió en un general que daba órdenes consciente del momento en que vivíamos.
    El pasaporte lo tenía en el maletín, como siempre; fuimos a la piecita y rescaté ropa para la primavera europea. Fuimos a Casanova a explicarles a mis viejos que me iba a otro país, y para que se queden tranquilos, que esto iba a ser “temporal”. Yo hacía todo esto sin pensar en lo que yo sentía. Sin pesar que eso significaba no verla a Camila por algún tiempo. Me equivoqué. Fue mucho tiempo. Sigue siendo mucho tiempo.
    Fui al banco y yo saqué los dólares que venía juntando para irme a vivir a la Costa, como tantas tardes le comenté a Camila.
    Me quise dar cuenta y ya estábamos en Ezeiza. Mi vieja se quedó con papá llorando en Casanova. Y ahí es cuando todo esto se va al carajo. Cuando llegamos al hall de baldosas amarronadas, el parlante y el locutor inmediatamente llaman a abordar mi vuelo. Nos damos vuelta y nos miramos sin saber que decirnos. Nos abrazamos con la furia de la injusticia que vivíamos y la impotencia de no poder hacer nada. Nos separamos. Y ella, empuñando todo su fuerza en agarrarme la manga de mi montgomery, llorando de amargura y desazón, pero dibujando esa sonrisa de esperanza de una nena de cuatro años.– Sólo…sólo te pido una cosa: prometeme con tu vida, que ya sea mañana, dentro de veinte años, o en la próxima vida, que vas a volver. Que me vas esperar. Que cuando vuelvas, me vas a hacer la mina más feliz de todas. Que vamos a cumplir todos nuestros sueños, como me prometiste en ese café, hace siete meses. Prometémelo, que yo nunca me voy a olvidar de esa promesa. Que estoy dispuesta hasta volver de la muerte, para cumplir mi palabra.

Esos ojos y ese último beso bajo la vigilia de un milico que nos miraba, fue el comienzo de mi exilio.

 

VII. Amsterdam, el oasis del infierno. 3 de Febrero de 1977.

Tal vez no haya sentido nada extraño en el viaje de quince horas que tuve hasta llegar a destino. Tal vez cuando caí en que mi vida cambió para siempre fue cuando llegue al hall del aeropuerto y no sabía qué hacer, no sabía adónde ir, y no sabía a quién recurrir. Estaba sólo en la soledad de la nada. Los holandeses eran coloridos con sus melenas rubias y vestidos de colores de primavera. Pero mi alma y yo estábamos arropados de gris, y sentía que una tormenta empezaba a turbar de incertidumbre la  incógnita que era mi futuro.
Yo soy contador público. Cuando uno no sabe hablar el idioma del lugar donde está, los títulos académicos no son nada. Yo no era nada.
Cerré mis ojos y pensé en ella, en sus lágrimas, en nuestra promesa, pero sobre todo pensaba en ella. Hace diez meses que pienso en ella. Abro mis ojos y me encuentro en una especie de casco histórico, de una plazoleta, rodeado de tranvías que nunca pensé que existirían, porque no veía un tranvía desde cuando era pibe. Busco ayuda, respuestas, algo que me oriente en la jungla. Trato de no pensar en las cuestiones banales, sino en la cantidad de tupilanes en las macetas de los balcones, en las rejas vestidas de negro que hacen juego con el empedrado de colores. Pienso en esperanza, cuando sé que eso es algo que me obligaron a dejarlo en Ezeiza, junto a Camila y a mis sueños.

Continuará(…)

Fabian Fazzini

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