Corazón de 10

El hombre, sin apartar la vista del partido, le dijo a su mujer:

─Mirá a ese chico.

─Ya lo ví.

─El de amarillo.

─Ya sé.

La sra. de Oliveira tenía el ojo entrenado.

─Es un fenómeno, cuando terminen, voy a hablar con él─ . Oliveira ya pensaba en reclutarlo.

─Estamos de vacaciones.

─Es un minuto.

─¡Dásela al Facu!- alguien gritó y el chico de amarillo, menudito y morocho, le pegó de aire, la clavó en el ángulo y fue llevado en andas hasta la mitad del campito polvoriento.

Los ojos del Facu, insólitamente verdes, brillaban de júbilo. Si hubiera usado turbante, lo hubieran confundido con un poblador de las montañas de Afganistán. Pero los cerros que rodean a Purmamarca son más amigables. Comparten sus tonos ocres con las casas y la comida de la gente.

Oliveira ubicó enseguida a la familia.

─Usted  sabe que este chico tiene un don especial. En Buenos Aires puede llegar a ser un gran jugador─. Al coordinador de las divisiones inferiores le costó bastante convencer al padre: tres viajes a la quebrada  de Humahuaca y la promesa de cuidarlo como a un hijo.

Al Facu lo instalaron con otros pibes en una pensión blanca y ordenada.  Entrenamiento a la mañana, escuela a la tarde y gimnasio tres veces por semana. El resto era dormir y llorar. El día del examen físico para la inscripción oficial lo despertaron muy temprano. Lo vinieron a buscar a él y a tres chicos más de la pensión.

El viaje en tren fue tranquilo, pero en la escalera mecánica del subte, casi tropezó al final del trayecto. Bajó la mirada  para evadirse de las cargadas de sus  compañeros, pero cuando se sentó en el vagón no pudo disimular la cara de asombro al ver a una mujer embarazada vendiendo curitas. Era muy flaca y le faltaban casi todos los dientes. Estaba convencido de que en su pueblo ninguna señora andaba así, tan sola y pobre.

Cuando salieron de la estación, el tránsito alterado del centro lo aturdió. Enseguida entraron a un hospital enorme y lleno de gente haciendo filas en los pasillos. Primero le extrajeron sangre. Fue el último en entrar y se mareó pero no dijo nada y solamente salió tanteando la pared para no caerse.

Después le hicieron una placa de tórax y se puso nervioso porque no sabía dónde dejar su ropa y el radiólogo que lo apuraba y que le dijo secamente  “Esperá acá” y el chico que dudaba entre vestirse o quedarse así. A los pocos minutos el tipo le entregó la radiografía con la orden de llevársela al médico que le iba a hacer la revisación.

Facu salió de la sala de rayos y ya no supo para qué lado caminar. No veía a nadie conocido. Llegó a hall central del viejo hospital. Estaba seguro de que no habían pasado por ahí. Subió y bajó las escaleras de mármol varias veces. Miraba las flechas que ordenaban el tránsito resignado de la gente pero que no tenían sentido para él. El tiempo pasaba y cada minuto se asustaba más.

Salió por una puerta enorme que daba a un lateral del edificio.  En una especie de vereda amplia, había andamios y materiales de construcción pero nadie estaba trabajando. Se sentó en el piso, rodeó sus piernas privilegiadas con los brazos y hundió la cara entre las rodillas. No había manera de disimular el miedo ni la pena.  Lloró mucho.

─ ¿Qué va a pensar Oliveira?, seguro me manda de vuelta…

─ ¡Acá está, acá está! ¿Dónde te habías metido boludo?─Los gritos de uno de sus compañeros lo pusieron en guardia.

Se paró de un salto.

─ ¡Ehhh viejo, por fin! ¡Ya me cansé de esperarlos! ¿Tanto tiempo tardaron? ¿Cuándo vamos a comer?─ dijo evitando la mirada del entrenador.

Oliveira respiró aliviado. El Facu, con los dientes apretados y sacando pecho, pasó por delante de todos como si enfilara para el medio de la cancha después de meter un gol olímpico sobre la hora.

 

Graciela De Mary

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