El final de los padrastros

Rumiaba algunas comas y puntos del libro de divulgación que estaba corrigiendo: una perspectiva marxista de los doce años de kirchnerismo. Prendió un cigarrillo para despejar la cabeza, se acercó a la puerta ventana que daba al balcón. El sol todavía dejaba rastros de luz agarrados a las panzas de las nubes. El atardecer, el final del día, el final de la jornada laboral, el cigarrillo que casualmente marcaba el final de un paquete bastante aplastado. Finales, pensó. Finales de días que comenzaban a ser más largos, marcando el final del invierno y el final de los fríos matutinos que hacían tan difícil salir de la casa, agarrar la bici y pedalear mientras el viento desgarra como una metáfora cortante la unión de las uñas y los dedos que los guantes no llegan a proteger porque no tienen puntas y la calle transcurre como la cinta de la caja del supermercado que es el final del viaje matutino en bicicleta porque, más allá del frío, hay que llenar la heladera y comprar también algunas cervezas que tintinean en el canasto mientras el camino de vuelta se hace de la misma manera, cortante como la metáfora y los guantes sin dedos. El final del cigarrillo, pensó mientras daba la última calada y aplastaba la colilla en el cenicero. Abrió la puerta ventana y salió al balcón, a su pedacito de afuera y de viento casi primaveral que recorría como un haiku las sedosas hojas / húmedas de rocío / la sabia savia de sus plantitas, de sus malvones. Le pareció que hacía falta más rocío y fue a la cocina a buscar el aspersor para simularlo con amor en los ojos y una melodía silbada. Ojalá que la aurora no dé gritos que caigan en mi espalda pensó mientras silbaba o silbó mientras pensaba y el aspersor aspersaba en sus manos diestras el rocío simulado que como una baba / o una lengua húmeda / las erizaba y esa misma humedad sanadora era puro daño en los padrastros alrededor de las uñas que se humedecían y resecaban con el viento casi primaveral que entraba al ph como una caricia de tibieza incipiente. Cuando le pareció que las plantas estaban contentas con la canción y el falso rocío, volvió a la cocina, guardó el aspersor y puso la pava. Los mates del atardecer son los mejores, pensó. Mientras el agua se calentaba, fue hasta el balcón, acomodó el banco petiso entre las macetas y sacudió el mate para sacarle un poco de polvillo a la yerba. Envuelta en niebla verde pensó en los finales. La pava ya caliente en el piso, ella sentada en el banquito, codo izquierdo sobre rodilla izquierda, palma hacia arriba, sosteniéndose la mandíbula, la derecha acercando la bombilla a la comisura de los labios, sorbiendo de costado con la mirada perdida en el poquito de sol que todavía desgarraba la panza de las nubes, envuelta en una tiniebla citadina, esa tiniebla que en realidad es luz de calle, luz del ph de al lado, luz del auto que pasa. Tiniebla que ella no considera tiniebla pero que igual la envuelve como la niebla verde que no se disipa y persiste, aura amarga, aurora que no da gritos en su espalda. La pava se enfría rápido por estar apoyada en el piso. Sacó unos diez mates, de todas maneras. Se empezó a morder los padrastros hasta que sangraron. Especialmente los de los dedos mayor, anular e índice. Son los que más ve cuando tipea incansable, revisando y corrigiendo textos ajenos que hablan del kirchnerismo desde una perspectiva marxista, o cuando tipea sus textos que hablan de cosas muy variadas pero principalmente de las plantitas de su balcón, de sus malvones / olorosos malvones / de sus malvones; poesías llenas de raíces y gotas, tallos enhiestos, pétalos, tierra y madreselvas. O a veces le gusta pergeñar asesinatos truculentos y de época, tan truculentos como la palabra y ahí sí que se motiva al ver sus dedos rojos por la sangre de los padrastros y amarillos de nicotina subiendo y bajando, deslizándose sobre el teclado como se desliza el tipo con sobretodo y las solapas levantadas, sin alejarse de la pared para no perder el reparo que le da la sombra, acercándose con sigilo a la ochava de la esquina, donde ella espera fumando un cigarro con boquilla para no perder el labial rojo en las sucesivas colillas y mantener la frescura simulada que el oficio le pide, y él, cobijado en la sombra, se aproxima sin ser visto, con media sonrisa sin dientes como un cuchillo enfundado, contenido apenas, y ella que mira como si esperara a alguien, quizás un cliente que pase a buscarla, quizás el cafisho queriendo cobrar, mira y en un movimiento contaminado de costumbre retira el cigarro todavía humeante de la boquilla y lo tira al piso y lo aplasta con su zapato de taco alto, distraídamente concentrada en deshacer las brasas, imposible que notara el salto que no suena que no estalla que es como una hoja que cae o como una hoja que se desenfunda y que rasga penetra cercena y la sangre y la vereda y el agua de zanja por la boca de tormenta; final truculento. Abre un nuevo paquete y enciende un cigarrillo y la brasa resplandece y revela el espesor de la niebla verde que la rodea. Tiene los dedos pegajosos y se los restriega. Algún padrastro que se reventó y que mancha las manos, piensa. Como también mancha las sábanas, las mangas de los pulóveres, los bolsillos de los pantalones. Piensa, piensa en los finales y sabe que la idea persiste como la niebla verde, persiste como los padrastros durante el invierno, el invierno que se está yendo y que se va a llevar a los padrastros porque el viento matutino no va a cortar como una metáfora y la carencia de dedos de los guantes va a dejar de ser un problema, incluso si las botellas tintinean más seguido dentro del canasto porque la retirada del frío propicia la ingesta de bebidas refrescantes y espumosas y burbujeantes y amargas, el ir a comprarlas no va a ser un drama, se va a resolver el tema de los padrastros de una vez y hasta el siguiente invierno y van a abundar los haikus y las poesías de naturaleza y malvones y los finales truculentos van a quedar guardados, como una hibernación inversa, con sólo tener un poco de cuidado al momento de usar el aspersor para simular el rocío, con tan sólo ese mínimo cuidado de no mojarse tanto los dedos para que el viento ya declarademente tibio del verano no reseque y resucite los padrastros, es posible, es casi seguro que no van a aparecer hasta el invierno siguiente, es eso, es el final de los padrastros y el final de mordérselos buscando el agridulce duplicado de la sangre en la boca y del dolor placentero de las tiritas de piel viva siendo arrancadas como de un charqui sin curar; es el fin, es el final de todos los padrastros.

 

Matías García

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