Martín Fierro o el espejismo del ser nacional

Durante el mes de mayo de 1913 el escritor Leopoldo Lugones dictó en el Teatro Odeón una serie de conferencias frente a la élite porteña que tres años después quedarían registradas en el libro El payador. En estas conferencias, Lugones instauró al gaucho como el arquetipo del ser nacional y al Martín Fierro, de José Hernández, como el poema épico nacional. Desde su publicación el Martín Fierro fue un escrito político, tanto su primera parte: El gaucho Martín Fierro, publicada en 1872, como La Vuelta, de 1879. Es necesario hacer un breve repaso de algunas de las operaciones políticas que giraron en torno al poema, desde su publicación hasta su instauración como poema épico nacional en 1813.

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EL GAUCHO MARTÍN FIERRO Y LA VUELTA

En 1872 se publicó El gaucho Martín Fierro, José Hernández, su autor, fue opositor del gobierno de Domingo F. Sarmiento, influenciado por Juan Bautista Alberdi, entre otras cosas, se pronunció en contra del servicio de fronteras.

Un año antes, en 1871, Hernández había participado en la rebelión federal dirigida por Ricardo López Jordán en Entre Ríos, y tras la derrota se exilió en Brasil. Hernández se oponía a la idea sarmientina de prescindir de los gauchos y exterminarlos, no estaba de acuerdo con la idea de incluirlos dentro de lo que Sarmiento denominaba “barbarie”. En 1872, con la condición de no ejercer el periodismo, José Hernández retornó al país y ese año publicó El Martín Fierro.

El filósofo y escritor Juan Pablo Feinmann opina que El gaucho Martín Fierro no es el poema de la rebelión gauchesca como se cree (afirma que paradójicamente el Facundo, de Sarmiento, es el poema de la rebelión gauchesca), sino que relata la “pena de los gauchos”, que el gaucho Martín Fierro comienza narrando su pena extraordinaria: la de haber sido reclutado para ir a pelear a la frontera contra los indios y haber sufrido el arrebato de sus propiedades, su mujer y sus hijos. Concordando con esta idea de Feinmann, podemos agregar que además el poema narra los sufrimientos y las injusticias por las que debe pasar el gaucho en el servicio en la frontera, a la vez que destaca el valor del gaucho. Todo esto no es ingenuo, tiene un claro objetivo: demostrar que los gauchos no deben ser enviado a la frontera a morir en la lucha con los indios, sino que deben ser incluidos (como mano de obra) en el sistema productivo, que nadie mejor que ellos para trabajar las tierras y las estancias.

Hernández se opone también a la idea de Sarmiento de poblar el país con inmigrantes norteamericanos y europeos, porque “los gringos no saben ni montar un pingo”, tal como lo manifiesta en el poema, es por ello que Hernández ridiculiza en el poema a los inmigrantes que Sarmiento defiende. Claro que ambos coinciden en ubicar del lado de la “barbarie” a los indios y a los negros.

La intención de Hernández con este poema era la de concientizar a las clases dominantes, a los intelectuales de su época, de que el gaucho era mucho más productivo trabajando en las estancias que muriendo en la frontera; de hecho, escribe el poema pensando en lectores cultos, creyendo que su obra la leerían los intelectuales y los políticos de su época, sin embargo el Martín Fierro circulo entre los gauchos y tuvo un gran arraigo: estos se veían identificados en cierto punto con el héroe del poema y era recitado en las pulperías. Es preciso señalar que la literatura gauchesca siempre fue escrita por autores “doctos”, desde los Cielitos patrióticos de Bartolomé Hidalgo, pasando por Hilario Ascasubi, Luis Pérez, el Padre Castañeda, Estanislao del Campo. Todos ellos, sin ser gauchos, hablaron en primera persona tratando de imitar el habla gaucha y pensando como destinatario al gaucho. Desde sus orígenes la literatura gauchesca fue una herramienta de las clases dominantes para hablarle a las masas. En El género gauchesco, un tratado sobre la Patria, Josefina Ludmer aborda esta cuestión, que también Jorge Luis Borges había señalado en sus escritos sobre críticos sobre El Martín Fierro: la paradoja de que los cultos escribían en gauchesca y los gauchos imitaban el lenguaje gauchesco de los libros. Este aparato de la literatura gauchesca heredó José Hernández que quiso llamar la atención de los intelectuales más que la de los gauchos, aunque ocurrió lo contrario.

La Vuelta del Martín Fierro se publicó en 1879, para ese entonces José Hernández era diputado por el Partido Autonomista y adhería a las ideas del presidente Nicolás Avellaneda (ya en 1875 se había pronunciado por su candidatura y en contra de la de Bartolomé Mitre). Por ello, en La Vuelta hay un giro ideológico importante. En el año de publicación de la segunda parte del poema, el gaucho había sido incorporado al sistema productivo como mano de obra barata en las estancias y la familia Hernández era una familia de estancieros, es por eso que La vuelta del Martín Fierro es el poema de los consejos. Fierro encuentra a su hijo y al hijo de Cruz y les da una serie de consejos que distan bastante de la acción de aquel gaucho desertor y corajudo de la ida. Algunos de los consejos son: “hacete amigo del juez”, “debe trabajar el hombre para ganarse su pan”, el afamado y nunca bien utilizado “los hermanos sean unidos/ porque esa es la ley primera/ porque si entre ellos pelean/ los devoran los de ajuera.”, o anticipándose a las épocas más tristes de nuestro país, el consejo final: “sepan que olvidar lo malo/ también es tener memoria”.

Recordemos que en la publicación de 1872, Hernández había escrito pensando en lectores “cultos” y que tuvo una gran recepción entre los gauchos, en 1879 el escritor sabía que su público (no lectores, porque pocos gauchos sabían leer, el poema se transmitía de manera oral en fogones) era el de los gauchos, gauchos que no existían en la forma que habían sido descripto Sarmiento en su Facundo:  los gauchos ahora eran peones de estancia, por lo que Hernández escribió esta serie de consejos moralistas a los peones de estancia.

EL MITO FUNDACIONAL Y EL HÉROE GAUCHO

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Durante los años anteriores al centenario de la República (1916), las campañas de alfabetización y la escolarización por medio de la ley de educación 1420, de 1884, habían generado un campo más fértil para un público lector, pero el poema El gaucho Martín Fierro era leído como un texto más, no era “el poema épico nacional”, ni tenía la importancia que tuvo luego de 1913.

Los llamados intelectuales del centenario -entre los que estaban Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas- se enfrentaban a un “problema”  que los liberales positivistas del ’80 no habían previsto: el fomento de la inmigración hizo que arribarán al país miles de inmigrantes europeos que escapaban de las guerras, la pobreza y las persecuciones políticas en Europa. Lejos de ir “a poblar el desierto”, tal como era el plan original, muchos de ellos se instalaron en la ciudad. Estos inmigrantes no eran los que los gobernantes esperaban con las puertas abiertas, con muchos de ellos llegaron a nuestro país las reivindicaciones obreras y las ideas socialistas y anarquistas, sin dudas, este tipo de inmigración fue un “error de cálculo” de los liberales.

Por ello, para los intelectuales del centenario el desafío fue crear una “identidad nacional”. Influenciados por las ideas arielistas que emanaban de la novela Ariel, del escritor uruguayo Enrique Rodó, en la que aparece la idea de un hombre latinoamericano opuesto al cosmopolitismo estadounidense ; las ideas nacionalistas que estaban en auge en toda Europa y en las ideas hispanistas que pregonaba un retorno a la “Madre Patria España” que había sido desdeñada por sus antecesores; los intelectuales del centenario comenzaron a bogar por encontrar la esencia del “ser nacional”, tal como lo señalan Beatriz Sarlo y Carlos Altamirano en su ensayo La Argentina del Centenario: campo intelectual, vida literaria y temas ideológicos. Rojas, proveniente de la burguesía de Santiago del Estero, y Lugones fueron las figuras más destacadas de este proceso que los tiene como protagonistas en varios de sus hitos. Cuando se funda en la Universidad de Buenos Aires la carrera de Letras, Ricardo Rojas es su director y es este quien publica la primera “Historia de la Literatura Argentina”, además de escribir otros libros como Eurindia o El país de la selva, en los que proclama que en el llamado interior de nuestro país debemos buscar la “esencia del ser nacional”, pues su pureza no está contaminada por el cosmopolitismo porteño (léase: por las ideas subversivas de los inmigrantes anarquistas, socialistas y comunistas). En este contexto, Leopoldo Lugones aparece como el gran operador para el enaltecimiento del poema Martín Fierro como el poema épico nacional.

En 1913, Lugones frente a la élite porteña y la clase dirigente dicta una serie de conferencias en las que determina qué es ser argentino y qué no. Es entonces, cuando elige como figura central al gaucho y por consiguiente como héroe nacional al Martín Fierro, es este gaucho quien simbólicamente viene a combatir contra esos inmigrantes indeseados. Toda su fundamentación con la que instaura al Martín Fierro como poema épico nacional surge de esas conferencias, que se publicarían en 1916 en su libro El payador.

Es en ese entonces y tras esa operación política por la que el poema de Hernández toma la dimensión épica que hoy le conocemos. Solo por citar algunos ejemplos, en ese libro se manifiesta que “El gaucho fue el único civilizador de la Pampa”, asimismo trata de describir “el modo en que empezó a formarse la sub-raza de transición tipificada por el gaucho” y narra las proezas del gaucho en la guerra de la independencia y en la guerra civil: “La guerra de la independencia que nos emancipó; la guerra civil que nos constituyó; la guerra con los indios que suprimió la barbarie en la totalidad del territorio…”.

Leopoldo Lugones situa al gaucho como hijo del español y de la pampa (el negro y el indio siempre quedan fuera de la construcción del ser nacional, siguen siendo la barbarie) y defiende la idea de que el gaucho murió peleando por la libertad y la civilización, por lo tanto el país le debe un reconocimiento al gaucho extinto, ese reconocimiento es transformarlo en el arquetipo del “ser nacional” que estaba buscando, es en él donde hay que encontrar nuestra esencia y por ello, el Martín Fierro (del que además ensalza sus virtudes literarias comparándolo con los poemas homéricos y otras épicas universales) es nuestro héroe nacional, es el que viene a limpiarnos, a combatir “espiritualmente” contra la contaminación que produjo la inmigración.

En la conformación de la identidad nacional era necesario encontrar un héroe que resuma el espíritu del ser nacional, alguien que no sea un peligro real. Si antes la barbarie eran los gauchos y la civilización llegaría con la inmigración, ahora que el gaucho como tal dejó de existir y ya no es un peligro resulta que se le debe la tarea civilizadora, cambiando la configuración “civilización/barbarie”: ahora los bárbaros son los inmigrantes y, principalmente, sus ideas. El valor está puesto ahora en la “pureza” de la gente de campo, pureza que, como citamos, fundó la Patria y esta le debe un homenaje: instaurarlo como arquetipo nacional y que además combata contra la impureza del inmigrante.

Leopoldo Lugones supo encontrar – ¿inventar? – ese héroe que fundamente el mito fundacional de identidad argentina en el Martín Fierro y en el poema de José Hernández, nuestro “poema épico nacional”.

 

Pablo Piris

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