Las penas son de nosotros. Las propiedades son ajenas.

 

Brenda cumplió 25 años de edad el pasado nueve de mayo. Vive en el barrio porteño de Caballito, trabaja en el microcentro y estudia psicología en la UBA. Por ser secretaria en un estudio de abogados, percibe un sueldo mensual de 22.000$ (la mitad en negro). Entre alquiler de su departamento dos ambientes y las expensas, destina 13 mil pesos. A eso se le suman 360$ de luz, 650$ de gas, 500$ de abono del celular y unos 1.400$ para el servicio triple play de wifi, cable y teléfono de línea. Forma un total de 16.000$ que completa con 800$ de viáticos. Es decir que le quedan poco más de cinco mil pesos para la comida y el ocio que pueda tener. El 77% de sus ingresos mensuales lo conforman los gastos fijos, sin contar la alimentación. Estamos hablando de una joven de clase media de la Ciudad de Buenos Aires que vive sola. ¿Qué queda entonces para quienes no tienen esas posibilidades? Lo que les queda, irremediablemente, es seguir postergando la ansiada decisión de irse de la vivienda de sus padres, para lograr independizarse.
En Argentina el déficit habitacional, estimado en tres millones de viviendas, es un grave problema estructural que venimos arrastrando desde hace varias décadas. Cuando a dicha falencia se le agrega la actual crisis económica, el resultado se torna sociológico: hombres y mujeres de treinta o incluso treinta y cinco años que viven con sus padres prontos a jubilarse. Aunque esa carencia en materia de políticas públicas para la vivienda propia se mantuvo, el último censo nacional realizado en 2010 daba cuenta de un aumento en el porcentual de hogares unipersonales, ocupados por personas que viven solas, con respecto al censo anterior hecho en el año 2001: del 4,4 al 5,5%
Sin embargo, con los últimos años de incertidumbre económica, si bien no hay datos oficiales, todo indica que esas cifras volvieron a retroceder. Las expectativas que en un principio había despertado el lanzamiento de los créditos UVA se desplomaron rápidamente con el aceleramiento incontrolable de la inflación. Tomás, estudiante de abogacía en la Universidad de La Matanza, lo sostiene con frustración: “El sueño de la casa propia es algo pendiente en mi familia, me ilusioné creyendo que a mis 29 años iba a ser posible, pero se fue todo al carajo… me salió mal”, dice masticando bronca mientras baja la mirada.
Lo cierto es que Tomás pertenece a un escalafón por debajo de Brenda, quien incluso está comenzando a pensar seriamente la posibilidad de volver con su madre. “Sería un bajón pero así no se puede. Me mudé hace tres años porque me llevaba mal con ella, no era una convivencia estable, pero no me está quedando otra alternativa. Es eso o abandonar la carrera, porque los apuntes no son nada baratos y no doy más”, sostiene entre lágrimas.
Nuestro país, en este tema puntual, no se coloca por encima de otras naciones de la región, como si ocurre cuando comparamos salud o educación. Según la plataforma Dada Room, primera en las elegidas a la hora de compartir departamento en América Latina, el promedio de edad argentino en que los jóvenes se independizan es de 28 años, apenas superado por Perú con 29, pero muy por encima de Brasil (25) o Estados Unidos (24).
Si bien las causas económicas son las que mejor explican este fenómeno, sobretodo cuando observamos y comparamos con Europa, no es menor ni representa un detalle el cambio de paradigma cultural: durante el S XX lo correcto era casarse y formar una familia, la llegada a la tercer década de vida encontraba a los hombres ya convertidos en “jefes de familia”; mientras que en estos años aquellos mandatos sociales no poseen el mismo peso, y hasta se valora a los treintañeros con buen poder adquisitivo que priorizan viajar o desarrollarse profesionalmente.
Lo cierto es que al observar la historia de nuestros antepasados, podemos corroborar que el acceso a la casa propia no tenía ni por asomo las restricciones de hoy. Se podía no pertenecer a un estrato social privilegiado, pero aún así comprar una casa en muchas cuotas, con los distintos préstamos hipotecarios que comprendían una verdadera política de estado que no variaba demasiado pese a los vaivenes políticos. Aunque vale destacar que fueron los dos primeros gobiernos del Presidente Juan Domingo Perón los que dieron el gran puntapié inicial al respecto. Localidades enteras como Ciudad Evita, con sus célebres chalets, se construyeron en el período 1946-1955 con reservas del Banco Central nacionalizado, hasta ese entonces en manos británicas.
Si hablamos de decisiones políticas en torno al tema vivienda, no se puede ni debe dejar de resaltar la reciente reforma del código urbanístico de la Ciudad de Buenos Aires, aprobado el día jueves por la legislatura. En ella se aplica una baja del mínimo legal para las construcciones de departamentos monoambiente, pasando de 29,3 a 21 metros cuadrados. En algunos medios de comunicación oficialistas la noticia apareció camuflada, otorgándole mayor importancia a la quita de obligatoriedad de bidets en los baños (aunque la causa responde al mismo propósito: abaratar costos). Esto sólo profundizará la nueva tendencia de mudarse al conurbano bonaerense, donde los alquileres son acentuadamente más económicos. Así lo explica Agustín: “Toda mi familia vive en Villa Lugano, y yo también hasta que en la renovación del contrato me quisieron aumentar de los 6.500$ que pagaba por un dos ambientes a 9.000$”, explica pausadamente y remata con vehemencia: “Están locos! Ni lo dudé, empecé a averiguar y encontré en Ciudadela un departamento muy parecido por sólo 5.700$ y encima menos de expensas.”
En definitiva, los que todavía pueden porque su economía se los permite, eligen mudarse al conurbano. Mientras que otros directamente ya vuelven al hogar de sus padres, de donde pensaban que habían emigrado sin retorno. En ese sentido, los especialistas recomiendan tomarse el traspié con la menor carga de frustración posible, teniendo en cuenta que se trata de un suceso temporal que será superado y nos hará más fuertes.
En términos políticos y comunitarios, nos debemos una profunda reforma integral que haga de la vivienda propia un objetivo concreto y accesible con trabajo y esfuerzo, para sacarlo de ese lugar utópico y casi de fantasía en el que se encuentra desde hace al menos veinte años. Jóvenes como Brenda, Tomás y Agustín esperan crecer y envejecer pagando cuotas de algo que les pertenece y podrán legar, no de un espacio ajeno que le exigen renovar con cada vez mayores obstáculos cada dos años.
Luca Stecco

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