Pena de muerte

A Fernando Carrera.

La visibilidad nula atentaba contra el calor irradiado desde las paredes cercanas. Al no existir posibilidad de visión alguna, calcular el tamaño de aquel túnel era imposible. Denotaba ser angosto porque un leve movimiento fuera de la senda producía el contacto con la pared. El contacto era como tocar una hornalla recién apagada. Incalculable cantidad de personas habrían recorrido el camino antes. Evitaban todo roce. Sufrían la incertidumbre de no saber, de no sentir. Para él era distinto.

Creía haber caminado durante horas. Sus piernas aún lastimadas apenas podían sostenerlo y los orificios de las balas torturaban cada centímetro de su cuerpo. Un martirio de dolores aminorado sólo por un dolor de cabeza imposible de contrarrestar. El mortal voltaje recibido encabezaba sus penurias. Empezaba a creer que era su destino. Su eternidad. Por fin, luego de una curva pronunciada, en la sintió hervir uno de sus hombros, vio una luz al final del sendero.

La temperatura iba en aumento. Supo en ese momento en qué lugar se encontraba. Suponía que al llegar se desvanecería por el calor agobiante. Sin embargo, sólo quería llegar a algún lado; dejar atrás el terror, la pesadilla. Lo vivido no había sido justo. Se sentía vencido. Su deseo era dejar de sentir.

Al atravesar la arcada, soportó el calor y se encontró con una escena ridícula: tres tipos se disponían a jugar a las cartas. Sólo atinó a anunciarse tímidamente con un –hola- como quien no sabe si es lo correcto, lo que se espera de quien llega.

– Pasá pibe, el jefe está en reunión. Vas a tener que esperarlo un rato… Tiempo sobra.

Los tres personajes rieron de la ocurrencia. Fernando los miró con cierta bronca porque lo último que deseaba era reír. Acto seguido, casi de forma inmediata, reconoció a dos de sus interlocutores. No se vio sorprendido de hallarlos allí aunque sí del hecho de estar hablando con ellos. Después de todo parece ser un lugar bastante cordial, pensó equivocadamente como pudo comprobar luego.

– Tenés suerte de que el jefe no esté. Detesta los airecitos superiores de aquellos que llegan creyendo que debían haber tenido mejor suerte. Todos merecemos estar acá. Todos. Incluidos muchos de los que están allá arriba. En tu lugar iría abandonando esas creencias, esos aires… y también esas caras de asombro ante lo que ves. El asombro no está bien remunerado por estos pagos. A propósito ¿no te viste en el espejo?

La frase le llegó como respuesta a un intento de esgrimir la posible existencia de un error de asignación. No debo estar acá, se había atrevido a decir. Repetía de esa forma su infierno terrenal. Temía que el resultado volviera a ser el mismo: la confirmación de la equivocación como única verdad. La injusticia. Sí, otra vez la injusticia.

Por el momento tomaría el consejo del francés decapitado que acababa de sacarse sin problemas la cabeza de su cuello cortado para colocarla sobre la mesa, luego de anunciar que de esa forma se sentía más cómodo. Ante esa imagen, se convenció de intentar dejar de asombrarse ante las elocuentes circunstancias y las terroríficas apariciones. Después de todo era cierto, no había podido verse en un espejo. Tampoco deseaba hacerlo luego de escuchar esa pregunta que confirmaba su horrenda apariencia.

Entre las innumerables cantidades de cosas que no entendía estaba el idioma. ¿Cómo había logrado entenderle a la cabeza decapitada de Robespierre?  

– Vas a tener que ir dejando las preguntas. Agotan. No es bueno agotar a los que estamos acá. Hacete amigo, acostúmbrate rápido. Conviene pibe. Acá no hay francés, no hay alemán, ni italiano. Hablamos el idioma universal de la mierda, de la lacra. Así nos entendemos. Vos ya lo estás hablando… Nos falta uno para jugar, ¿Conocés el truco? Son cartas españolas, el juego es argentino.

– Lo conozco, soy argentino.

– ¿Cómo? ¿Venís directo de allá? No entiendo los signos de electrocución en tu cabeza. Claramente estuviste en un tiroteo, estás todo agujereado pero tenés se nota que tuviste curación. No moriste por eso. Te quemaron después, te frieron el marote.  

– Me balearon. Iba en mi auto y me balearon. Quedé inconsciente y el auto descontrolado siguió su marcha. Atropelló y mató a tres personas. Me culparon para tapar el hecho de que me habían cagado a tiros por error. Los que me tiraron eran canas, policías. El tribunal me sentenció a pena de muerte. La corte suprema hizo la vista gorda. En todos los medios había salido la imagen de los muertos y a mí me presentaron como un chorro prófugo que venía escapando de los patrulleros.

– Entiendo, te la dieron. Algo no me cierra igual. ¿Cayó la democracia en Argentina después de tanto tiempo?

– No, para nada.

Al escuchar la respuesta, el interlocutor de Fernando, el único al que aún no había reconocido, tiró el mazo de naipes sobre la mesa y la golpeó con ambas manos. La cabeza de Robespierre fue a parar al suelo y picando y rodando terminó en un rincón de la habitación mientras arrojaba un sinfín de insultos en el trayecto. A su lado, Hitler se quedó sentado sonriendo mientras mezclaba el mazo de naipes como si estuviera por encima de la situación. Los tres anfitriones entendieron velozmente que a pesar de mantenerse en pie el sistema democrático, el país había adoptado la pena de muerte como condena máxima.

– Perdí la cuenta de la cantidad de siglos que llevo acá. Me dijeron cientos de veces que estoy por quemar ciudades, por matar rivales políticos, que por esto o por aquello pero lo que más veces escuché fue que estoy por hacer caer la república. La república y su congreso serían el porvenir del mundo. Y ahí lo tienen, solitos los puritanos terminan por elegir la barbarie.  

Mientras ese tipo se movía y gesticulaba como en una obra de teatro dramática de antaño, Fernando logró reconocer que se trababa del antiguo emperador romano Julio Cesar. A pesar del paso del tiempo mantenía la estampa de un líder. Llevaba constantemente la voz cantante. Hitler se disponía a repartir las cartas cuando el cuerpo de Robespierre lograba encontrar su cabeza y aprovechaba para esbozar una idea:

– A mí me decapitaron con mi propia herramienta. Los mismos que tenía al lado me vendieron como un déspota porque usaba la guillotina contra la escoria social. Castigado con el castigo por el que fui castigado. Hermosa moraleja educativa para el porvenir. La pena de muerte fue bastardeada para vender un sistema más justo que termina llegando al mismo lugar. ¿Cómo fue que pasó en Argentina?

– No lo sé. Primero votamos en contra del gobierno de turno para dejar atrás la corrupción y volvernos una sociedad más tolerante. Pero el gobierno nuevo destruyó la economía, la educación, todo. Entonces tuvimos una ola imparable de inseguridad y exigimos soluciones. En otros países se decía que funcionaba bien. En nuestro país entraban y salían de la cárcel. Entonces reclamamos mano dura. Y la mano dura necesitaba penas fuertes para ejemplificar.

Cuando Fernando terminó de responder, Hitler invitó a todos a tomar asiento con un cabeceo muy parecido al que hacían los milongueros porteños en épocas gardelianas cuando invitaban a bailar a una señorita. El francés y el romano se sentaron. En todos ellos, más allá de la sorpresa causada por la noticia, se notaba la seguridad característica de haber afrontado situaciones límite. Por lo que continuaron su rutina. Mientras repartía las cartas, a pesar de que Fernando aún dubitativo seguía parado, el alemán expresó su idea:

– Fue el odio. El odio es el arma más letal de la humanidad. Una buena dosis de odio recogida por un guante que sepa empuñar puede llevarse por delante todo tipo de ideales. Mi imagen la han usado para personificar el mal a pesar de que no logran explicar que mi construcción de poder la hice por medio de su amada política, usando sus partidos, a través del sistema que tanto pregonaron. Al rebalsar el odio las sociedades buscan un líder que ejecute por ellas sus deseos más oscuros. Para hacer sin ensuciarse las manos, sin embarrarse. Asesinos de guante blanco.

Cuando el líder Nazi terminaba de decir la palabra blanco, surgió una voz proveniente de un túnel al que Fernando no se había animado siquiera a asomarse porque emanaba de allí una sensación de terror intangible alarmante.

– Asesinos celestiales para mayor precisión. Creen que desde la tierra pueden decidir quién viene a parar al infierno y quién se va a su añorado paraíso. Les gusta jugar, como dicen ellos, a ser dios. No se dan cuenta que toman las decisiones bajo el influjo de la persuasión de otro. La iglesia les llenó la cabeza durante años y cuando dejó de ser eficaz aparecieron los medios de comunicación. En este siglo, en el que los medios masivos dominan, cualquier publicidad bien defendida por ellos tiene posibilidades de vencer. Hasta estoy pensando en ir y ganar las elecciones a presidente de algún país. Con un buen eslogan, lo que quieras.

Al terminar aquél palabrerío apareció desde esa dirección la figura del mismísimo diablo. Su apariencia distaba mucho a la del imaginario popular. No era rojo, no tenía cuernos, no tenía cola, ni portaba un tridente. Tenía dos brazos, dos piernas, el pelo corto, una barba de tres o cuatro días, llevaba unos pantalones Oxford y unas Topper de lona blancas. Felicitó a los presentes por la precisa descripción de la realidad Argentina de mediados del siglo XXI y se presentó ante Fernando sugiriéndole que lo llamara Juan, dado que no era una persona muy distinta al resto. Su única diferencia era el infinito poder que poseía.

Juan, el diablo, se sentó en la silla vacía a la derecha de Hitler por lo que sería mano al comenzar la partida y compartiría equipo con Julio Cesar que se encontraba sentado enfrente suyo, siendo éste el encargado de ser necesario de cantar el tanto. Fernando apenas salía de su asombro cuando le dirigió la palabra por primera y última vez al jefe.

– Yo no debería estar acá. No hice nada malo. Me plantó una causa la policía.

– Lo sé. Yo lo veo todo, pibe – dijo el diablo con visible fastidio – No hace falta que me digas nada. Andá a acomodarte en tu celda que está lista hace rato largo. En la charla de recién quedó claro que fuiste parte de tu propio asesinato y no tenés idea de cuántos más. ¿Acaso no querías mano dura? Ya había pasado algo semejante en tu país con un tocayo tuyo, un tal Carrera. Hasta hicieron una película con el caso y a nadie le importó. Seguían con eso de hay que matarlos a todos. Igual no te aflijas, hoy en día casi nadie va para arriba, vienen todos acá. Sos uno más. Nada más te comiste el cuento de ajusticiar gente tal como te comiste la historia de la justicia divina.

Sergio Delbreil

 

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