Ella y ÉL

Para Diego.

El mundo tiene demasiados lugares olvidados. En uno de ellos, Estrella Roja jugaba un partido caldeado por la rivalidad barrial.

La cancha estaba casi a oscuras, se iba a la tarde y ella se fue a posar a los pies de él. Él tenía el pelo enrulado, la  sonrisa fresca y en sus ojos la chispa de sentirse ganador.

¡Un golazo!, ¡fue un golazo!, le dijo Goyo mientras trotaban al medio de la cancha con el partido ganado.

Ya era tarde, y mañana había que ir a la escuela.

Él la tomo en sus brazos, intentó limpiarla un poco para que no lo reten en casa, la miró ,  ella  era su felicidad. Ella sintió su amor eterno, su respeto y recordó todo lo que había buscado por los rincones del planeta y finalmente lo había encontrado.  Y era él, en ese pobrerío. Tenía que ser en él.

Dicen que ella le dio algo, un don. Él no lo supo en ese momento, pero lo intuyó años más tarde. Ella le dio un segundo más. Esa pequeña unidad temporal que define todo en el fútbol, algo negado para el resto de los humanos futbolistas.

Desde entonces, el siempre vio las jugadas antes, las patadas traicioneras, las intenciones de los rivales. Siempre un segundo antes,  que es más que una eternidad.

Fue todo tan vertiginoso desde entonces y él era parte del Olimpo. Las luces que enceguecen no lo dejaron ver con claridad, los amigos del campeón, las noches y los días pensando en volver al anonimato con su equipo Estrella Roja.

¿Creyó tal vez, que ese segundo de más,  que esa extraordinaria capacidad la tenía en todos los espacios de su vida? La vida que primero golpea y después enseña, le confirmó que sólo la tenía en la cancha y por eso cometió errores, se lastimó y sufrió. Como todos.

Por precipitarse, por ingenuo, por ser humano, en el tiempo que le corresponde, sin ninguna alteración, y con pocas respuestas. Lo vieron llorar por eso, y como en todo amor pasa alguna vez, intentó odiarla. Pero no podía, ella lo había hecho tan feliz.

Como ayer la acarició y recordó tantas cosas hermosas que habían hecho juntos. El Azteca era un hervidero. Él se vio nuevamente en el barrio, su carga había desaparecido y jugó como siempre lo habían hecho, en una unidad perfecta, con un dominio absoluto; nuevamente fueron uno: ella y él.

Carlo Magno

 

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