Días de odio

Es difícil encontrar entre nosotros algo tan despreciado y a la vez universal como el odio. Por más que intentemos evitarlo, en repetidas ocasiones se presenta esa sensación molesta que nos invade y tratamos de amortiguar con dosis de razón. Aparece en la rutina más ordinaria dentro del plano individual y en las experiencias colectivas más extravagantes que como especie hemos tenido que atravesar. Desde Hitler al vecino que te copa la medianera. Mi madre me decía que no debía odiar, eso no lleva a nada. Siempre hay que poner la otra mejilla. El amor al prójimo. Moral religiosa al tope, ¿por qué debo querer a todos? Quiero a quien quiero. Además, ¿Qué nos queda si los que más odian son los que te llaman al amor?

Estas palabras no tienen ningún sentido analítico, sólo buscan expresar a través de un día normal, cómo la aparición de odios cotidianos de a poco van construyendo un perfil del otro. Un sector social que vamos a querer lejos. No muerto. Lejos.

Suena la alarma para comenzar el día, que en escasos momentos se convertirá en día laboral, y al escuchar el perro que aúlla en el piso de arriba se despierta el fluido odiador. Odio a la de arriba. Me dirijo hacia el ascensor, bajo y salgo.

Comienzo a transitar el camino que separa mi casa del subte y veo una larga fila de automóviles detenidos en la cuadra. El séptimo chofer en la cola, sin conocer el motivo de la demora, se enfurece y aprieta con estupor la bocina. Su sonido de barco que llega al puerto aturde a toda la cuadra y no produce ningún resultado. Arranca a construirse el perfil. ¿Este sujeto piensa realmente que con su actitud hará que fluya el transito? ¿Alguna vez lo logró? ¿No se da cuenta que esta inmerso en un lugar rodeado de edificios y que quizás este atormentando a cientos de personas? Es claro que no. La omnipotencia del feroz sonido le garantizan una jerarquía en la fila, se impone de alguna manera. Lo odio.

Llego al subte y como puedo me introduzco en el tetris habitual. Dentro del vagón, invisible para mí, pero a tres metros, una señora se fastidia y comienza una discusión. Le reprocha a un joven su cercanía y contacto.

– ¿No te podés ir un poco más allá? Me estás empujando-

El pibe la mira y no dice nada. La mujer lo evalúa de arriba a bajo y lo insulta por su juventud capilar teñida de verde. ¿Señora, no probó con abrir la caja fuerte, que seguramente está a la altura de la consideración que Ud. realiza de sí misma y abonar un taxi? La reflexión sobre la realidad del transporte público en Argentina se la dejamos al chico. La odio, pero suma a la construcción del perfil.

Salgo del subte y emprendo un rápido caminar hacia el trabajo. No me detengo en los jefes oficineros, porque salvo que la excepción le gane a la regla serían para un relato aparte. La posibilidad de ejercer un leve dominio sobre otros o tan solo sobre uno, los catapulta al sillón de Rockefeller, Hercules Rockefeller. Aunque sea por ocho horas.

Entro al salón -Hola muchachos- Nadie responde. Están Rodríguez y García prendidos en un encarnizado debate.

-Pero si sos de la B- Grita García.

-Pero por lo menos nunca abandono- Contesta Rodríguez.

La conversación sube de tono y hay que correr a desactivarla en función de evitar ambos despidos. No se volverán a hablar. Hay una lógica del hincha que no pudo conocer Marx, pero que hubiera contribuido en sus análisis. Es la bruma que atraviesa toda clase social. ¿Qué diferencia a los hinchas de fútbol, más allá de características cuantitativas en términos de logros deportivos? Trabajan en los mismos lugares, tienen los mismos gustos, sienten lo mismo por sus equipos, parejas, hijos. Forman parte de la misma cultura y viven a tres cuadras de distancia, pero no me digas que sos mejor que yo porque no te hablo más y soy capaz de herirte en los lugares más sensibles de tu ser. Sofisticada racionalidad. Sofisticada emoción. Es para llorar, diría Víctor Hugo, y aunque es una característica presente en diversos perfiles de persona, se exacerba en el que odiamos.

Salgo cansado y antes de llegar a casa me siento un rato en el banco de una plaza. Tanto odio fue devastador.  Prendo un cigarrillo y contemplo los ejercicios, el mate y los paseos ajenos. Todo parece amigable, pero en un abrir y cerrar de ojos, la realidad se transforma en tragedia. Un Pitbull que iba sin cadena se abalanzó sobre un caniche de juguete y lo devora con ansiedad. El publico se desespera y corre a socorrer al indefenso. El dueño del perro asesino también y con unos gritos y golpes logra destrabar la hermética quijada de la bestia. A diez metros del suceso, estupefacto, se encuentra un niño de no más de tres años sobre un triciclo. Está claro que, si no se presentaba el Toy, la víctima era el pequeño. Más claro aún es porque se odia al forro en musculosa y groso que llevaba semejante animal sin cadena. Pero no se limita a él, sino a gran parte del universo porteño. ¿Por qué la gente tiene perros dentro de un departamento? ¿Tan solos se encuentran? ¿Les abruma la posibilidad de llegar a casa y relajarse en vez de salir bajo lluvia a pasear cada día al can? ¿o es que les encanta juntar mierda con la mano y ser los esclavos de la caca? Por no profundizar en la convivencia perro humano dentro de un depto. de 40 metros cuadrados. El porteño en su buena Ley. Lo odio.

Llego a casa abrumado por el día y decido no salir más. Me siento en el sillón y pienso que el odio no es tan malo. Es útil para elaborar un estereotipo de persona indeseada y sedimentar convicciones propias. La generalización no es buena compañera, pero arbitrariamente voy a caer una vez más en ella para sentirme cómodo con la conclusión.  No sé quien voto a Macri o a Bolsonaro, dejo ese análisis para los analistas, de lo que si estoy seguro es que, en su mayoría, ambos electores reúnen las características que disfrazadas impulsan estos odios cotidianos: Soberbia, intolerancia e indiferencia ante el otro. El odio tiene muy mala prensa y está bien. Aunque la duda sigue latente, ¿las grandes tragedias de la humanidad se realizaron en función de lo que se odiaba? ¿o fue en búsqueda de algo querido? Quizás el tiempo devele el misterio. Lo dudo mucho. Odio al tiempo.

 

Ignacio Calza.

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