Las paredes son del pueblo

Como todas las mañanas me asomé a observar como estaba el día antes de salir de casa. Inmediatamente, noté un cambio en el paisaje. En la casa de mi vecino de enfrente hacía su presentación una pintada: Belén te sigo amando. El día era cálido y mientras calculaba que con una remera estaría bien, una vecina entrada en años, interceptó mi campo visual y asumiendo que yo sabía de qué me hablaba, dijo: ¿Sabés quién hizo eso?

La verdad no sabía. Y para mi congoja, menos aún sabía si la chica en cuestión era merecedora de tan duradero amor. Desconocía cuál de mis vecinas era Belén. La circunstancia me motivó revolver pensamientos y hacer esta nota excesivamente auto-referencial.

Era apenas adolescente cuando una pintada de mi barrio hizo que abriera los ojos como dos de oro y me cuestionara el porqué de sus palabras: Clarín Miente.

Clarín era el diario que leían mis viejos. El diario que leía mi vecino. De hecho en mi cabeza era el único diario. El diario. De ahí el eslogan de “el gran diario argentino”. Uno de mis primeros trabajos fue como Canillita y en ocasiones la gente sólo pedía “el diario”. Clarín en los noventa se compraba, se leía; no se cuestionaba. Salvo en la calificación dada a los jugadores de fútbol luego de un clásico o en el hipódromo, quizás, se podía cuestionar a algún favorito.

Crecí con eso. Tuve mis primeros noviazgos, me di amor propio, escuché música de la cual me arrepiento, bebí y fumé a escondidas, decía que iba a un lado e iba a otro, aprendí a jugar al Pool, me hice el malo en grupo contra otra barrita, dejé amigos e hice nuevos; hice mi proceso madurativo. Una vez convertido en ciudadano ciertas cosas estaban fuertemente establecidas en mi subconsciente, una de ellas: Clarín miente.

El país era un desastre. La gente siempre votaba candidatos con intereses totalmente ajenos a los propios. Posteriormente avalaba medidas económicas que ahondaban aún más en su contra. Uno tras otro se sucedían los auto-boicot del pueblo. Los periodistas mienten decía mi viejo pero leía Clarín. Los hijos debemos superar a nuestros padres, más que un mandato es una obligación. Mi viejo siempre trabajó como una bestia y en ese punto es imposible, por lo tanto, ataqué su punto débil. Asumí: si mienten los periodistas entonces miente su jefe, miente su mundillo. Ya con edad de participar en el sufragio tuve siempre una premisa: votar al que Clarín odiaba.

Dicha premisa siempre fue difícil de llevar a cabo. En un principio de siglo apolítico, fomentado por el mismo Clarín, mis votos eran nulos o a partidos desconocidos que luego me enteraba tampoco eran de una cepa noble. Aún recuerdo el enojo de mi hermano al enterarse que voté a Herminio Iglesias. Voté con errores aunque sin cometer grandes tragedias. Mi temprano interés por la política se desvanecía poco a poco como la vida política de la siempre en pañales democracia Argentina.

Aproximadamente en el 2005, una pintada me volvió a quedar grabada: ¿Y la redistribución K? Recuerdo reír de manera cómplice al verla. Pensé: es cierto y la redistribución para cuándo. Mi momento personal era de tremenda penuria económica para costear un alto alquiler. Estaba de acuerdo con cierta política de derechos humanos, además de con algunas cuestiones en los ámbitos de salud y educación. A pesar de notar cierta calma económica no vislumbraba un futuro distinto a los que había visto en épocas de calma anteriores. Clarín tenía esperanzas en el gobierno y los funcionarios se paseaban por sus canales de televisión. El gobierno y el grupo tenían una alianza. Mi desconfianza bien desarrollada por tesis anticlarinista me llevaba para otro lado. El 2008 cambió todo.

La crisis con el campo, la 125, el no positivo, las tres tapas que voltean un gobierno, los tractores y las bombachas de gaucho reclamando, la leche volcada en la ruta. Clarín cambiaba de bando, mostraba los dientes. Así reconocí en el Kirchnerismo al verdadero Peronismo. Era hora de ensuciarse los zapatos. Jugársela. Apoyar. Proyectar mi peronismo más allá de los libros de historia. Allí me puse de este lado y terminé de entender cuál era mi lugar en este bardo. Porque grietas hay en todo el mundo y hubo en todas las épocas: Franquismo versus República, Batistianos versus Revolucionarios, Los Somoza versus los Sandinistas, Los del sur versus Los del Norte; Podría llenar páginas listando opuestos. Opuestos que van cambiando de nombre: Carlotistas e independistas, Unitarios y Federales, Radicales y Mitristas, Peronistas y antiperonistas, etcétera. Grietas y más grietas. La vida política prácticamente se basa en ellas. Aquellos que se horrorizan, en parte lo hacen por no comprender de qué lado deben estar para no caer en el abismo del medio.

Ya todos saben que Clarín y el Kirchnerismo son opuestos. Aunque cierta tendencia de izquierda quiere mitificar esto, en su constante intento de mitificar a lo popular, a la espera eterna de las condiciones para hacer una revolución que nunca llega mientras en el banquillo del congreso renuevan sus bancas y hacen su negocio neo marxistas de Palermo. Todo el último período Kirchnerista fue un intento constante de golpe mediático fallido. Luego, por errores propios y virtudes ajenas la victoria del grupo se dio en el cuadrilátero: ganaron las elecciones. Sí, ganaron las elecciones sin siquiera tener un partido. Ganaron desde una coalición que ellos inventaron con todo su poder mediático. A partir de allí, un poco por revanchismo y más que nada por el inevitable futuro electoral, Clarín se lanzó contra todo aquel que aún desee mantenerse en las filas del Kirchnerismo. Hoy en día nos informa sobre la existencia de la patria contratista; una patria nacida durante su aliado gobierno militar, mantenida y profundizada durante los gobiernos democráticos siguientes. Una patria que hizo poderosos a los poderosos de la actualidad, que hoy además tienen el poder gubernamental.

Hoy Clarín elige contar lo que antes elegía omitir porque necesita omitir lo que antes tanto deseaba contar.

La grieta sigue. Se profundiza. No está mal. Una de cada tres personas no le cree al gran diario. Sabe que miente. Sabe que debe votar lo que el gran diario desprecia. Esa es la pequeña porción de batalla cultural que el campo popular ha ganado en nuestros pagos. Sobre ella, parafraseando al Che, no debemos ceder ni un tantito así.

La criminalización de las pintadas es un tema recurrente en los almacenes de barrio. Los propietarios frentistas temen a ella tanto como a una razzia policial de los setenta u ochenta. Se entiende en parte porque una lata de pintura tiene un precio elevado. No obstante, en un mundo en el cual todo está mercantilizado y en donde la información defiende intereses marcados, debemos tener cuidado de saber reconocer a quién realmente nos enfrentamos. La leyenda ya lo dice: las paredes son del pueblo.

Pensaba en todas estas elucubraciones políticas cuando esperaba en el almacén de mi barrio. Delante de mí, una chica pedía una cosa y luego otra y luego otra, alimentando una ruleta de pedidos interminable que me hubiera enloquecido si se hubiese tratado de un tipo, o de una señora, o hasta de un nene confieso con culpa. Tratándose de ella, con sus ojos angelicales, su voz armoniosa y su presencia hermosamente ineludible; esperé paciente, relajado, diría hasta contento, mientras pensaba todo esto. Tiene que ser ella, asumí, ella es Belén y es lógico que su enamorado no pueda dejarla atrás. Al irse, casi mágicamente, ingresó al negocio otra vecina, esa del principio del relato, aquella enojada por la pared pintada.

– Hola nene, supiste ¿quién escribió la pared?

– No señora, pero la pintada tiene razón.

Sergio Delbreil

 

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