Henry Wallace: the president que no fue.

Franklin Roosevelt fue elegido presidente de Estados Unido cuatro veces. Le tocó lidiar, entre otras cosas, con la salida de la famosa crisis del treinta y con la segunda guerra mundial. Sus políticas de asistencia social y protección económica para los sectores bajos y medios de la sociedad no tienen antecedentes en el país del norte hasta el día de hoy. Falleció mientras estaba al frente del poder ejecutivo. Durante su tercer mandato, su vicepresidente fue uno de los políticos más progresistas de la historia norteamericana: Henry Wallace. Sin embargo, el presidente murió apenas comenzaba su cuarto mandato. Por escasos meses, la naturaleza privó a Wallace de llegar a lo más alto que un político puede aspirar. Los destinos del mundo hubieran sido bien diferentes.

En 1945, cuando comenzó el cuarto período del mencionado presidente, el compañero en el ejecutivo pasó a ser Harry Truman. Roosevelt jamás lo había tenido en buena consideración. Su deseo era que Wallace siguiera en la vicepresidencia pero las presiones de los popes del partido demócrata influenciaron en la decisión final de cambiar el vicepresidente. Un complot dentro del partido, a horas de decidirse una interna que colocaría a Wallace nuevamente como candidato a vicepresidente, terminó por suspenderse dicha contienda y se colocó a dedo al acompañante de fórmula. La salud del mandamás estaba visiblemente en decadencia y la posibilidad de que el poco influenciable Wallace se transformara en presidente alertaba a las altas esferas del partido que ya habían tenido que dirimirse durante años con el liderazgo de Roosevelt. Si Truman llegaba a transformarse en presidente muchos poderosos en las sombras fortalecerían su posición en un momento histórico en el que Alemania estaba a punto de rendirse, EEUU enfrentaba a Japón en la Guerra del Pacífico y tenía lista el arma más letal de la historia, la verdadera estrella de la muerte: La bomba atómica.

Henry Wallace provenía de una familia dedicada a la Agricultura poseedora de una fortuna. Su padre había sido ministro en esa materia y él mismo ocupó dicho puesto durante los dos primeros períodos de Roosevelt al frente del gobierno. Desde ese lugar revolucionó el mundo del campo. Se puede decir que es el fundador del potencial agricultor actual de los Estados Unidos. Desde un principio, adoptó medidas totalmente polémicas para fortalecer y defender al sector. Llenó la cartera de iniciativas sociales que defendían a los que menos tenían en un momento de extrema pobreza, entre ellas les aseguró almuerzo y cobertura médica.

Más allá de su especialidad, su ideología política era totalmente progresista. Como vicepresidente defendió las política de cooperación con la Unión Soviética, expresó sus ideas anti racistas e incluso defendió sus antiguos escritos sobre la necesidad de la emancipación de las colonias Británicas. Esto escandalizaba a los conservadores del partido que desde un principio lo miraban con recelo porque había ingresado a la política a través de su padre adherido al partido Republicano. Desde su lugar, era uno de los pocos que conocía las negociaciones de Roosevelt con los aliados, sus tratativas para el mundo de posguerra y su excelente relación con el mandamás ruso Joseph Stalin.

Durante la guerra fue el encargado de visitar varias regiones en misiones diplomáticas que buscaban sumar países a los aliados. Su visita revolucionó cada lugar. A México viajó en auto con apenas dos personas más, parando en numerosos campos para conocer las problemáticas de cada uno. Fue bienvenido como nunca antes un político estadounidense. Al dejar la vicepresidencia, aceptó el cargo que el presidente le ofreció como secretario de comercio. Parecería una posición menor, pero a la hora de cortar la torta de la victoria de la guerra se transformaría en un puesto estratégico. Renunció cuando Truman se transformó en presidente.

Dicho suceso se produjo luego del fallecimiento de Roosevelt. Harry Truman no tenía grandes estudios y no era un buen estadista. Había sido Senador durante varios períodos y desde allí, sin grandes aportes pero defendiendo las posturas del partido, se fue ganando adeptos dentro del mismo. Como empresario tampoco había obtenido buenos resultados y socialmente no había conseguido ni siquiera su anhelo de pertenecer al Ku Klux Klan, dado que su ingreso fue rechazado porque no aceptaba la condición de no poder tomar católicos como empleados para sus empresas.

Peleó con valentía en la Primera Guerra Mundial y fue condecorado por ello. Su llegada a la política se dio apadrinada por uno de los capos del Partido Demócrata: Tom Pendergast. En cierta ocasión le consultaron a Pendergast el porqué de haber introducido como candidato a Truman. No dudó en responder que quería demostrar que con una maquinaria bien engrasada se podía colocar en el senado a cualquier chupatintas. Pendergast alternó sus días en la política con días en la cárcel por escándalos de corrupción.

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Como vicepresidente, Truman, no tuvo ningún conocimiento de los temas que hablaba el presidente en privado. No conocía mucho más que el público en general. Nada de lo que aquél se encontraba negociando pasaba siquiera por sus oídos. Al llegar al poder, sus asesores fueron los más reaccionarios cuadros del partido. Sus oídos ávidos de odio por el comunismo fueron alimentados por falsas noticias sobre las ideas que tenía Stalin para el mundo y le fue escamoteada toda información referida a los acuerdos secretos existentes entre EEUU y URSS.

Para demostrar su valía y carácter se plantó ante el ruso con desmanes que rosaron la falta de diplomacia. A su vez, fue informado de un arma secreta que estaba prácticamente lista y que sería la única forma de lograr la rendición de Japón. Desde un primer momento se mostró muy abierto a darle uso, principalmente cuando le notificaron que se trataba de un arma con una capacidad de destrucción jamás vista.

La carrera atómica se desató luego de la Segunda Guerra Mundial. Todas las potencias militares invirtieron grandes recursos económicos y humanos a la investigación de un arma de destrucción sin precedentes que utilizara la energía atómica descubierta a finales del siglo anterior. Durante el trascurso de la guerra, los rumores de que Hitler estaba logrando grandes avances en la materia aterrorizaban a los aliados. En ese contexto, Roosevelt apoyó todo proyecto referido al tema. Incluso luego de que el servicio secreto le informara que Alemania había abandonado la investigación atómica para ahondarse en la producción más factible de otro tipo de misiles. Desde el ejecutivo norteamericano veían a la potencial nueva arma como una importante forma de persuasión. Al parecer no se planeaba su real utilización. Sin embargo, desde sectores militares la fantasía de usar el nuevo chiche siempre estaba latente.

La participación de EEUU en la guerra fue dilatada por el presidente Roosevelt. La sociedad no veía con buenos ojos la participación bélica a pesar del odio que generaban Hitler y los japoneses. Hacía varios años escandalizaba a la opinión pública el conocimiento de la riqueza adquirida durante la primera guerra por varias empresas de la industria armamentística y por las entidades bancarias. Las pruebas contra éstas demostraban sin fisuras cómo habían fomentado tanto la guerra como la participación del país en la misma.

Hasta el ataque a Pearl Harbor, el apoyo de EEUU a los aliados fue económico y armamentístico. A partir del bombardeo a la base naval declaró abiertamente la guerra. Por un acuerdo con Stalin, Roosevelt ordenó la apertura de otro frente de ataque a Alemania en Europa, que se concretó en Normandía. Esto obligó a Hitler a dividir sus fuerzas y permitió a los soviéticos avanzar notablemente. La URSS venía resistiendo hacía varios años e incluso había tenido impresionantes victorias contra los poderosos alemanes cuando estos se toparon contra el hostil terreno ruso. Como parte del acuerdo por la apertura de este frente, una vez vencido el ejército germano, los rusos declararían la guerra a Japón e invadirían.

El poderío naval y aéreo estadounidense fue demasiado para Japón. La guerra se transformó desde un principio en una masacre sin precedentes. Los japoneses peleaban hasta el final, jamás se rendían. Para ellos morir en combate era el orgullo supremo. Así y todo, EEUU pudo llevar adelante el plan de ir tomando isla por isla hasta cercar a Japón. Una vez consumado dicho plan se produjo el bloqueo naval del país y comenzaron los ataques sistemáticos sobre el mismo. La rendición no llegaba solamente porque los japoneses no aceptaban la rendición incondicional exigida tiempo atrás por Roosevelt. Temían que el tipo se rendición propuesto acabara con la vida de su emperador y éste era amado por su pueblo como si fuera un dios. La derrota estaba consumada. EEUU lo sabía.

La utilización de la bomba desde el punto de vista militar fue totalmente innecesaria. Su real explicación se encuentra, por un lado, en un intento de amedrentar a la URSS para demostrar quién mandaría en el trazado del mundo de posguerra y, por otro lado, para apresurar la rendición de Japón antes de que la propia URSS también influenciara en ella.

Desde el plano social interno no había obstáculos. Al norteamericano, como al resto del mundo, aunque en este caso con menor efectividad, le vendieron que sin las bombas Japón no se habría rendido. En la antesala de los sucesos, ya existía un odio irracional hacia el japonés de parte de la sociedad norteamericana. Aunque es cierto que el ataque a Pearl Harbor lo multiplicó. Luego del mismo, en EEUU se instalaron los campos de concentración para japoneses. Allí se trasladó a todo japonés que vivía en suelo americano, porque se decía que conspiraban desde adentro. Incluso se pobló estos lugares con norteamericanos de ascendencia japonesa. Estas medidas encontraron  fuerte consenso en la sociedad, principalmente en la costa del Pacífico. La vida en estos campos de concentración no terminaba como en los nazis, pero trascurría con penurias tales como el hambre y el hacinamiento; se mantuvieron, aún cuando los servicios secretos confirmaron que las conspiraciones jamás existieron. Esta es sin dudas la mancha más grande del mejor gobierno yanqui del siglo XX.

Este contexto, fue el pretexto justo para Harry Truman. Apenas un año antes de llegar a la presidencia en encuestas presidenciables no llegaba al 2%. Luego de su interinato, ganó las elecciones con más del 50.

El 6 de Agosto de 1945 la primera bomba cayó sobre Hiroshima. Destruyó por completo un área de seis kilómetros de diámetro. Decenas de miles de personas murieron al instante. Se calcula que para 1950 murieron cerca de trescientas mil más. El 9 de agosto, la segunda bomba cayó sobre Nagasaki. Ciento veinte mil personas murieron en el acto y una cantidad similar en los años siguientes.

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Según el general Groves, uno de los responsables máximos del proyecto atómico, Harry Truman no fue quien tomó la decisión estricta. Su decisión fue más bien no poner trabas. Groves recuerda que Truman con la bomba parecía un niño en un tobogán. El presidente asumió toda la responsabilidad. Años después cuando lo consultaban si sentía remordimiento o culpa, respondía que había sido una de las decisiones más sencillas de su vida… y que no se arrepentía.

Por escasas horas, un complot dentro de un partido evitó la vicepresidencia de Henry Wallace y por consiguiente su llegada a la presidencia. Es cierto que años después, en relación con la guerra de Corea, tomó posiciones más reaccionarias e incluso se arrepintió de todo su anterior progresismo. También es cierto que, muy probablemente, si hubiera llegado a la presidencia la bomba atómica seguiría siendo una ocurrencia de unos pocos novelistas locos y algunos científicos codiciosos. La guerra fría a lo mejor no hubiera sucedido jamás.

El mundo como lo conocemos ahora sería sólo un mal sueño.

 

Sergio Delbreil

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