Una historia del sujeto y el sistema

He mutado. Lo seguiré haciendo. Así sobrevivo. Estuve en el rostro de emperadores, de reyes, de dictadores; encabecé revoluciones y contra revoluciones. Hoy omnipotente e invisible acumulo más poder que nunca. Soy el gran administrador. Administro la vida de los habitantes del mundo. Sus trabajos, su economía, sus sueños, sus placeres. Soy el gran amo. El creador de los sujetos.

Mis métodos son variables. La esclavitud fue uno de mis éxitos más incuestionables. Mantenía mediante ella a una porción de hombres deseosos de liberación, añorando un exclusivo sueño de libertad. A la otra porción me bastaba con educarla de forma vertical, alimentando el vértigo de observar hacia abajo. Los eduqué con la intensión de dirigirse hacia arriba, alimentando la famosa auto-superación. El amor por la meritocracia. En ese afán de superación, puedo citar el ejemplo de los antiguos griegos que vivían comparándose con el progreso de los espartanos. Tan obstinados en la envidia de su vecino, miraron con excesivo entusiasmo las ideas surgidas afuera en lugar de detenerse a buscar soluciones propias. Con ese razonamiento del hombre que siempre ve al otro hacer las cosas mejor que uno. No obstante, sus filósofos trascendieron y sus ideas retomadas por la iluminación dieron pie a la educación actual.

Con el transcurrir de los años, la esclavitud, la gran herramienta de sujeción, fue siendo abolida y los antes esclavos se convirtieron en pobres, en clase baja. En otras palabras, siguieron siendo el último orejón del tarro. Aunque es cierto que puede destacarse que al menos fueron parte del tarro. La pobreza les dio nuevos sueños, sueños urgentes, concretos e impostergables. Apoyados en una ilusión de superación luchan día a día. Se educan con el fin de vencer a su realidad, a su lugar social preestablecido.

Unos pocos lo logran. Mejor dicho unos pocos me permito desde mi lugar que lo logren. Sirven de ejemplo de superación para el resto.

Quienes viven fuera de la pobreza luchan por mantenerse fuera y con la ilusión de que la verticalidad los lleve hacia arriba, ignorando que la ley de la gravedad reina el universo.

Los derechos adquiridos a través de los siglos colocan al hombre en una posición privilegiada respecto del pasado. Los más agraciados, los mejor posicionados socialmente son esclavos de sus propias deudas: apenas abren los ojos están con saldo económico negativo y su miedo a caer en el más precario orden social los moviliza y, a la vez, los pone en posición de lucha contra aquellos que están debajo; incluso contra quienes tienen a su lado. En ocasiones, incluso esos pocos que logran salir de la pobreza suelen dar la espalda a sus antiguos hermanos sociales. No estar unidos lleva indefectiblemente a los hombres a estar eternamente dominados.

Una vez controlados sus sueños mediante maniatarlos en sus trabajos y en su economía, la administración más difícil que me toca está dada por los placeres. Allí la condición animal del hombre emerge. El amor, el placer, la alegría; estados que pueden producir rupturas liberadoras.  De modo que es necesario tatuarles debajo de la piel, grabarles en su ADN, una conducta que ejecuten sin siquiera cuestionar. Así establecí la moral.

La moral está cuidada por un sinfín de instituciones que actúan para mí, entre ellas, la religión. Ésta fue y sigue siendo la que más beneficios me brindó. Antes y después de la crucifixión de su mesías, de su profeta o cómo gusten de llamarlo. Los paganos, desde los tiempos de las civilizaciones griegas o grecorromanas, ya estimulaban beneficios morales y supra terrenales para quienes adoptaran buenas costumbres sexuales. Correctas artes de la existencia. En la antigüedad no existían códigos que impusieran un matrimonio basado en la monogamia, que prohibieran el sexo entre hombres, ni tampoco existía una condena social hacia la pérdida de la virginidad o al acto sexual en sí; aunque a través de las correctas artes de la existencia su sociedad se basaba en el buen comportamiento de dichas prácticas. Ese buen comportamiento, esas buenas formas, serían adoptadas con el tiempo por el cristianismo que las ejecutó de forma mucho más radical: problematizó la actividad sexual y controló su legislación por medio de su riguroso poder pastoral, con la complicidad de las instituciones a las que dio origen la modernidad. Simplemente cambió la forma de accionar. En lugar de fomentar las buenas costumbres, se dispuso a castigar las malas. Tanto éxito tuvo su control que hoy en día la voz popular culpa solamente a la iglesia católica por las faltas de “libertades” sexuales y prejuicios morales, ignorando que la problemática antecede a dicho movimiento. Una vez llegado el modernismo, la ciencia dio explicaciones aún más contundentes que mantuvieron la mencionada moral presente en la población. Incluso entre el creciente número de ateos, agnósticos e infieles. Razones de higiene, de salud, de cuidado personal; fueron  las nuevas tendencias que adoptó el sujeto moderno para profundizar las costumbres sexuales de un sujeto antiguo o medieval. No es casualidad que la modernidad trajo consigo el término sexualidad.

El sujeto moderno necesita de explicaciones científicas para la formación de su ética, fue así como se transformó en sujeto de su sexualidad. Se ha esforzado una y otra vez en lograr ver las cosas desde otra perspectiva, acudiendo al gran mito de la objetividad. Sólo obtuvo como resultado pensar y ejecutar de forma distinta lo que viene pensando y ejecutando desde siempre. Al invocar a su diosa razón para obtener su tan ansiada ciencia explicativa radicalizó la problematización del tema sexual y lo retroalimentó como dominio moral. Para lograr reeducar este dominio moral fue ganando cada día más terreno y será siempre necesaria la educación.

He aquí uno de mis grandes dilemas. La educación es sin dudas un proceso de liberación. Por lo tanto, la herramienta de sujeción es la misma que podría otorgar al hombre su ansiada superación. La emancipación del sujeto, su transformación a hombre libre, realmente libre, está allí. ¿A su alcance? Ilusiones de alcance, de cercanía. Ilusiones de las que dispongo para que consideren posible lo imposible.

Los docentes, los educadores son el peligro, los Morfeo de mi Matrix con su odiosa pastillita azul. Han existido durante toda la humanidad aunque hace siglos los he logrado entubar tras los muros del edificio escolar. Son ellos parte de mí. En su mayoría y casi sin darse cuenta, lo que hacen es repetir, recrear las condiciones necesarias para que la historia se vaya repitiendo. Para que el condenado que nació pobre siga siendo pobre, para que el poderoso siga siendo poderoso; para repetir todas y cada una de las estructuras sociales. Sin embargo, desde dentro de mí, algunos emancipadores siguen buscando liberar algunas mentes. Su liberación y, por consiguiente, la liberación de su alumnado está presente en los textos, en la historia, en el aprendizaje; en la corrección de un rumbo que se repite y no tiene salida visible. Hoy en día la educación padece prisionera dentro de la escuela. El mundo exterior en ocasiones no parece reflejar lo que sucede dentro de ella y viceversa. Hace tiempo, pregonaba con su música y sus martillos rojos y negros el filósofo Roger Waters, la idea de derrumbar esos muros para liberar la educación y las mentes. Peculiar paradoja, años después de su palabra, fui yo quien se animó a derribar un muro que me permitió establecerme sin barreras en todo el mundo. ¿Se animarán ellos, esclavos constantes, a hacerlo? ¿Derribar esas paredes y establecer su pregonado mundo? Paredes quizás simbólicas que pueden ser derrumbadas sin ningún martillo porque están simplemente dentro de sus mentes esclavizadas

¿Estarán alguna vez preparados para su libertad, para hacer lo imposible?

Cuando lo hagan estaré listo. Volveré a mutar. Tengo, hoy en día, las ventajas de ser invisible.

La modernidad, al igual que hizo con la sexualidad, con la moral y tantas otras cosas, me puso nombre, me bautizó: Soy el sistema.

Sergio Delbreil

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