Autobiografía apocalíptica

Un tal John Mitchell, periodista de CNN, entrevista a un especialista en política internacional, docente en la Universidad de Connecticut. Con marcado acento neutro, discuten sobre el conflicto entre Estados Unidos y Corea del Norte. Sebastián Pujol no presta demasiada atención, pero igual entiende: los dos países tienen armas nucleares, sus principales dirigentes están desequilibrados y no se ponen de acuerdo en temas importantes.

No quiere distraerse demasiado. Viajó trescientos kilómetros hasta la casa que le prestaron en esta playa solitaria con la intención de escribir en paz. Si da un paso fuera de la casa pisa arena. Mira la lluvia por el ventanal. Le pidieron que escriba una autobiografía para acompañar la edición de una antología de cuentos fantásticos de la que formará parte. Abre su netbook y hace doble click en el icono del Word. Se toma unos minutos para pensar y una sola idea se le viene a la cabeza: ¿A quién le puede interesar su biografía?

Decide no pensar tanto. Le pidieron una autobiografía breve y escribirá una breve autobiografía. Las cosas se empiezan por el principio, medita. Cierra los ojos, se recuesta en la silla e intenta recordar. La primera imagen que se le viene a la cabeza es la de una pelota de fútbol de gajos amarillos y negros bajo la suela de sus zapatillas frente a la casa de sus padres.

Las imágenes empiezan a caer como una catarata: los veranos en la calle y a las nueve su madre que lo llama a comer, la familia alrededor de la mesa y la tele encendida, el delantal blanco en el colectivo a la primaria, la vuelta a pata para ahorrar los diez centavos del pasaje y si se puede a la secundaria en un privado, la ropa para las salidas y los botines para el fútbol, la vieja del almacén que lo llama por un apodo, los paseos en auto por la capital y a la cancha en el segundo tiempo para entrar gratis, las clases grupales de guitarra y la torta con los colores de la selección.

Abre los ojos. Todo sigue igual. Por más que haya cumplido treinta y cinco años, se haya casado, sea padre de una nena, que haya estudiado periodismo, que se haya desilusionado del periodismo, que haya comenzado a estudiar un profesorado de Lengua y Literatura con esperanzas de no desilusionarse, por más que se haya vuelto un poco más desconfiado, a pesar de todo, sigue siendo más o menos el mismo.

Se decide a escribir. Pone música en inglés. La música lo ayuda a mantener el ritmo y al ser en otro idioma no lo distrae. Mientras escribe cae en la cuenta de que, acostumbrado a la ficción, puede estar exagerando algunos pasajes de su vida. Toma mate y deja que el ritmo de la música haga fluir el golpeteo sobre las teclas. Cuando frena para echar agua en el mate reflexiona: lo que estoy contando puede que no haya sucedido realmente. Se consuela diciendo que sólo está agregándole pimienta a una vida mediocre como la suya.

Pone el punto final, imprime y sale a la playa. Paró de llover. Lee mientras camina. Es un buen texto, piensa, pero no es su autobiografía. Dio rienda suelta a su imaginación. Además, triplica la cantidad de caracteres que requería el trabajo encargado. Cuando se dispone a hacer un bollo con el papel, ve una botella de plástico tirada en la arena. Sonríe. Hace un tubo con el papel, lo introduce en la botella y la tapa. Quizás alguien la encuentre dentro de muchos años en una playa lejana. Toma carrera y la arroja al mar. La tierra se sacude antes de que la botella toque el agua y en el horizonte se forma un hongo gigante. Alguien apretó el botón, un norcoreano o un estadounidense. Sebastián se pregunta, por un segundo, dónde habrá caído la bomba nuclear.

 

Cincuenta años más tarde, tres seres verdes que caminan por una playa desierta ven una botella. Puede ser uno de los descubrimientos más importantes desde su llegada a este desolado planeta. Llevan el contenido de la botella ante el único sobreviviente. El hombre recuerda el idioma que hablaban sus padres en la ciudad de Quito, Ecuador, cuando tenía sólo diez años. Traduce lo escrito para que los invasores, sorprendidos con la historia, puedan entenderlo.

Desde ese día, las maravillosas aventuras de Sebastián Pujol en el Planeta Tierra fueron contadas a lo largo y ancho del universo.

 

Sebastián Pujol

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