El verdugo del Rey

Faltaba poco para las seis y la ciudad aún no despertaba. El alba se prendía fuego detrás de las montañas y la helada blanca permanecía inmóvil en toda superficie externa. La mañana tenía ese momento de calma que envidiaba cualquier otra hora del día. Esa paz que puede resultar similar a las últimas horas de la noche, pero que al no tener el cansancio del jornal se torna optimista. Escaso momento, la quietud estaba a punto de romperse, una amenaza rutinaria se mantenía agazapada detrás del anaranjado tenue del cielo.

Mirando por la ventana, Charles Sanson empinaba el vaso de vodka para calmar la sed que no calma el agua y darse valor. Desde hacía tiempo el alcohol era su refugio. Todas las tardes luego de un arduo día laboral se dirigía a la taberna y se empapaba. No había manera de enfrentar la realidad sin alterar las condiciones de la percepción. Ese día, el escape tuvo que ser antes.

Su familia era su condena. Durante toda la adolescencia luchó y se preparó para torcer la ruta del destino, la influencia de sus padres o del dedo de Dios. Estudió ciencias, teología y humanidades. Sentía una gran necesidad de saber; interpretar al mundo y la relación que el ser mantiene con él. A los veinticuatro años ingresó en las esferas estatales con la convicción de que sólo desde allí se podría moldear una Francia mejor, y si bien siempre habían existido diferencias, este nuevo trabajo generó una ruptura familiar. Su padre y abuelo eran partidarios de la revolución. No les iba para nada mal, pero sus posturas ideológicas estaban en los sectores opuestos al régimen. Charles, soñaba con un estado fuerte dirigido por un rey que diluyera las incertidumbres. No compartía los métodos violentos de los revolucionarios y no sentía ninguna empatía con el populacho, aquél sector que emergía de las profundidades del arrabal para segregar la hegemonía del discurso y convertirse definitivamente en protagonista del espacio público.

A pesar de que la distancia con su padre le afectaba, era un hombre decidido y estaba contento con el camino tomado. El horizonte se volvía cada vez más nítido y cuando miraba hacia atrás, encontraba una considerable lejanía entre su destino predeterminado y la realidad actual. Nada podía hacerlo mas feliz. Sentía que las configuraciones universales eran un invento de brujas y hechiceros. Él era distinto, nada lo detendría. Durante largas noches, el insomnio le presentaba la idea de que su apoyo al rey había sido crucial. Estar del lado monárquico era ser aliado de Dios ¿y quién mejor que Dios para modificar el curso de las cosas? Nuestro amigo no contaba con una mitología que en épocas de luces había quedado en desuso pero que aún era venerada en regiones muy lejanas: El azar, los presagios.

Una tarde de invierno, luego de un abundante banquete, su padre se dirigió al pórtico de la casa a sentarse en la silla de descanso. Prendió su pipa y se dispuso a contemplar el infinito del cielo. Sin pensar, sin hablar. Sólo mantener la mirada fija en la inmensidad. El silencio se apoderaba de su estado y lentamente sus parpados descendían. La somnolencia había llegado. Habitualmente la siesta concluía de manera biológica cuando los ojos decidían abrirse. Esa tarde sus sueños se vieron interrumpidos por la necesidad de venganza.

El hijo de una de sus víctimas, atormentado por los fantasmas del pasado y luego de mucho reflexionar, había concluido que la única manera de continuar con su vida era si el asesino de su madre dejaba de existir. Nunca imaginó que matar a alguien fuera tan simple. Al llegar a la casa y ver a su objetivo tan accesible no dudó. Tomó el cuchillo que había preparado para la ocasión y sin vacilar lo empuñó con fuerza directo en el corazón.

El silencio nunca se quebró. El dolor invadió todo el cuerpo negando la posibilidad de un grito final. El vengador contempló la muerte con aplomo sin tiempo de disfrutar de las últimas agonías, desde la esquina se apresuraba Charles.

Al llegar al lugar y ver a su padre muerto sintió una pesadumbre que lo acompañaría por el resto de su vida. Parado ante el cuerpo desangrado no podía soltar ninguna lágrima. En el torbellino de contradicciones que fluían en su cabeza había algo que enlazaba todo: el deseo de escapar. Sabía muy bien lo que representaba esa muerte. Era la puerta de entrada a la oscuridad, al negocio familiar. Todo lo que había construido comenzaba a desmoronarse vorazmente. En un literal abrir y cerrar de ojos se había transformado en el verdugo de París.

Los primeros trabajos fueron duros. La adaptación a ese tipo de trabajo no podía ser inmediata y requería de una metamorfosis diaria. De a poco encontró la manera de congelar la mente durante las horas del día para luego recuperar parte de ella a manos del alcohol. Todas sus ambiciones intelectuales se subordinaron a las necesidades materiales propias y de la familia. No había margen para contemplar al mundo siendo el hombre de la casa. El poco tiempo que le quedaba fuera de la alienación laboral tenía que ocuparlo en desfigurar las imágenes mentales y los aullidos de su materia prima. Era el último hombre con el que miles de personas tenían contacto humano. Cuando la víctima, atada de manos, sentía la bolsa arpillera sobre su rostro, comenzaba a suplicar. Entre el repiquetear de los dientes podía oír las más increíbles ofertas de fortuna, maldiciones esotéricas o rezos resignados. Ningún discurso conmovía al verdugo. Su alma se había evaporado con la muerte de su padre.

La mañana se estaba transformando en mediodía y Charles continuaba mirando por la ventana. Hacía rato que tenía que estar presente en la plaza central para los preparativos, pero un abismo interno lo paralizaba. Ese día el condenado era Luis XVI. Aquél a quien tanto había admirado hoy debía enfrentarse a su herramienta de trabajo, la guillotina. En un evidente estado de ebriedad y habiendo consumido toda su pipa, se incorporó y se vistió. Bajó las escaleras que separaban la habitación del corredor principal y se dispuso a salir a la calle. El camino fue muy lento. Cada paso que daba era un puñal que lo acercaba al fin de su patria. La angustia lo invadía, no podía creer que él iba a ser el responsable de terminar con la monarquía. Iba a consumar la revolución cediendo al Estado a la barbarie.

Al llegar al cadalso, subió las escaleras del cuadrilátero de madera y se dispuso a preparar la ejecución. El viento traía el sonido de las trompetas reales que rugían de tristeza. El pueblo abarrotaba la plaza. Nadie se quería perder el fin y el comienzo de una era. Poco después del mediodía llegó el carruaje acompañado de un extenso vasallaje. El chófer se detuvo frente a un pasillo prolijamente creado. Una alfombra roja separaba al condenado de su condena. Un sirviente abrió la puerta y el rey descendió. Caminó sus últimos pasos, subió las escaleras y se encontró cara a cara con Sanson. Esta vez, nuestro héroe había decido no usar máscara, no quería ocultarse.

-Yo, Luis XVI, te perdono por este acto que has de cometer. No es tu mano la que me quita la vida. Pronto tus clientes serán ellos, tendrás que estar preparado-

Una ráfaga de serenidad le reconstruyó el alma. El hombre era un animal simbólico y esa simple frase le había dado un horizonte. La caída libre en la que se encontraba hacía años se detuvo por un instante. Un hilo de esperanza vinculaba su forzado labor con su mentado anhelo intelectual.

El rey giro sobre sí mismo y se dirigió al pueblo.

– Ruego a Dios que mi sangre no caiga nunca sobre Francia-

Pero los tambores habían comenzado a sonar y ahogaron las palabras. El verdugo le tomó suavemente los hombros y lo dirigió a la guillotina, lo acomodó en posición y en medio de la euforia revolucionaria dejó caer la hoja metálica sobre su cuello. La república había vencido.

 

Ignacio Calza

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