El Jardín Floreado de San la Muerte

Detrás de Daniel y sobre un altar de madera está la imagen de treinta centímetros, que envuelve su cadáver en una capa negra y sostiene una guadaña en la mano izquierda. Tiene los ojos rojos. Sobre su cabeza hay un crucifijo de madera.

Las ofrendas que los devotos le llevan al santo pagano de la muerte desbordan los estantes que ocupan gran parte de las paredes de la pieza. Abundan los cigarrillos en atados o a medio consumir apoyados en ceniceros y las botellas de whisky.

Daniel es médium, o brujo, como a él le gusta decir. En su santuario del barrio de Victoria, sentado con las piernas cruzadas a una mesa octogonal amarilla, ceba unos mates amargos. Cuenta, veinte años después del día en que tuvo su primer encuentro con el santo, que el miedo inicial que sintió se transformó al instante en paz. Había despertado a las tres de la mañana y lo vio sentado al pie de la cama, con la capa y la capucha negra.

Hacía poco tiempo que había escuchado hablar por primera vez de San La Muerte. Compartía un departamento en Capital con su amigo Martín. Un día encontró a la policía en la puerta. Martín había colgado una soga de la escalera y la había atado a su cuello.

Asegura que tras este episodio nadie quería quedarse en el departamento porque decían que su amigo todavía daba vueltas por la casa.

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Poco tiempo después ocurre el episodio de la cama. Se despierta a las 3 de la mañana y lo ve. Mira al altar que tenía en su pieza en el que había una vela prendida. El santo le hace una seña, una leve caída de cabeza con las palmas de las manos unidas bajo el mentón y Daniel ya no tuvo más inquietudes. Solamente paz.

Al día siguiente, mientras preparaba el desayuno percibió una presencia extraña. Sintió que algo se movía. Se dio vuelta y lo vio entrar al baño.

Se sentó y dijo: “Negro, explicame esto porque anoche te soñé, ahora te veo pasar y realmente no entiendo que es lo que pasa”. Al darse vuelta lo descubrió sentado en el borde la cama. El santo hizo la misma seña con la cabeza y las manos.

“Tenía la capa y el esqueleto, aunque mucho no lo llegué a ver. Esa fue la primera aparición. Lo volví a ver en otras situaciones, las veces que lo he llamado”, cuenta ahora, mientras se acaricia la barba. “La presencia te lleva a un estado de calma”, asegura.

“La gente a veces me dice que le da miedo que aparezca y yo le digo: quedate tranquilo que cuando aparezca nunca más te vas a volver sentir tan bien como en ese momento. No sentís miedo, porque no le ves la cara, pero sí la imagen, o de repente pasa y sentís una sensación de felicidad en todo el cuerpo”.

***

En el momento en que comenzó a gestarse el santuario en el jardín de la casa no había una sola planta. Solamente una hiedra seca y un rosal muerto. Daniel, que no sabía nada de plantas, le pidió a un amigo jardinero algunos brotes. En mayo enterró cuatro o cinco y para septiembre empezaron a florecer. De esta manera nació el santuario jardín, ubicado en uno de los barrios más pobres de la Zona Norte, a pocas cuadras de la villa miseria Uruguay.

A cada costado del pasillo que lleva hasta el altar hay un pequeño parque cargado de plantas y todo tipo de estatuillas. Un buda dorado en su clásica postura de meditación ocupa el centro del parque. A través del pasillo corre Dagda, una perra absolutamente negra y brillante, demasiado sociable como para cuidar el lugar.

Junto a Sergio, su amigo brasilero que colabora con el santuario, llegaron a esta casa y se sintieron ajenos al barrio, acostumbrados a la capital. El dueño, que vive al fondo, los vio bajando unas imágenes y les preguntó si no tenían una del santo que sea grande para poner en el jardín y así proteger de ladrones el hogar. “Ahora entran más chorros que antes”, dice Daniel, “algunos vienen a pedir ayuda en momentos complicados y no podés negarte. Traen un Wisky por alguna promesa que le han hecho. Pero también viene mucho chorro de guante blanco. Son los que más vienen. Gente de mucha plata”.

Todos, de clase alta o baja, habitan el mismo mundo enloquecido, frenético, impredecible y van en busca de la ayuda de quien pueda torcerle el rumbo al destino, el que con su poder sobrenatural contrarreste en la balanza de la vida, el peso de las tragedias cotidianas.

“El santo de la muerte aparece en los momentos difíciles”, explica, “la gente lo adopta porque dice que le concede cosas inalcanzables. Él te elige. No es cuestión de decir: ‘me gustó, me lo llevo para casa, le armo el altar y ya está’. De ese manera no cumple. Lo importante es rezarle desde el corazón, con fe. No importa si le decís señor, negro, flaco, amigo. Las oraciones las inventamos nosotros. La comunicación con el más allá manejala con la fe, con el sentimiento y te va a escuchar. Dios siempre escucha.”

***

Daniel conoció a San La Muerte en una encrucijada. Hacía algunos años que había dejado las drogas y venía arrastrando una historia pesada. Un conocido suyo le aconsejó ir a ver a un parapsicólogo. Esta persona tenía su consultorio poblado de imágenes de ángeles, y entre ellos una figura del Gauchito Gil y otra del santo. Ambos eran poco conocidos en aquellos años, un secreto para iniciados. El parapsicólogo le regaló algunos libros e imágenes.

“Dicen que el Gauchito Gil le rendía culto y curaba con la mano del santo. El día que lo mataron al gaucho, le dijo a su verdugo: ‘para que yo me muera me tenés que colgar de las patas y cortarme la cabeza con mi cuchillo para que caiga el medallón. Así es como lo matan”. Esa reliquia había estado en poder de un monje brujo, convertido en osamenta tras siete días de estar en cautiverio. El medallón había pertenecido a San La Muerte.

Tiempo después Daniel viajó a Corrientes, al santuario del Gauchito Gil. Una curandera se le acercó y le dijo: “Vos no sos hijo del gaucho, vos sos hijo del flaco, vos tenés que ir a verlo a Empedrado” y hacía allí viajó ese mismo día.

Encontró el santuario al costado de una ruta, alejado de la civilización. El remisero no los quiso llevar. Los recibió una vieja con un grano en la nariz y aspecto de bruja de campo. Los hizo pasar a una pequeña habitación. Las paredes estaban cubiertas de estantes con fajos de dólares, relojes de marca, placas de agradecimiento y en el fondo del cuarto la medalla de oro que llevaba el gaucho el día que lo mataron. Sintió una energía muy fuerte. En ese momento encontró lo que había ido a buscar y escuchó por primera vez la historia.

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                                                                              ***

“Las palabras se hacen borrosas en la tinta del papel escrito o tiemblan en la voz de los fieles que a la luz-y-sombra de las velas se arrodillan bajo la mirada sin pupilas de una figurita esquelética, que en los ranchos más humildes del Paraguay y el nordeste argentino preside el destino de sus habitantes, combina sus amores, los guarda de peligros o los hace ganadores en el juego”. Rodolfo Walsh escribió estas palabras en 1966. Era el comienzo de una serie de diez crónicas sobre componentes ocultos de la cultura popular argentina.

“Paraguay y el nordeste argentino”, decía el cronista. Hoy, el culto está arraigado con fuerza en los barrios del Gran Buenos Aires y la Capital Federal, aunque se lo esconda y sean pocos los que admitan públicamente su devoción.

Nació en la cultura guaraní, en los límites entre Argentina y Paraguay a mediados del siglo diecisiete, cuando los monjes jesuitas son expulsados de los territorios de la América española. Las versiones de la historia son diversas, pero todas coinciden en que después de siete días, un monje que se encontraba prisionero acusado de brujería y de ayudar a los leprosos, fue descubierto por sus carceleros convertido en un esqueleto cubierto por una capa.

Según cuenta Daniel, al llegar a América este monje se había convertido en chamán de una tribu de indígenas. Hizo una huelga de hambre mientras estuvo preso y siete días después, cuando abren la celda, había trocado en calavera, pero sin guadaña. Lo encarcelaron el trece de agosto. Sin embargo, el día que se festeja es el veinte, cuando el santo salió a la vida.

La imagen mezcla la figura de El Señor de la Paciencia – que representa una de las etapas de la pasión de Cristo y cuya iconografía muestra a Jesús coronado de espinas sentado en una roca con la cabeza apoyada en una mano – que llegó a América Latina a manos de los misioneros de La Compañía de Jesús, con la de un demonio al que le rendían culto los indígenas y la imagen tradicional de la parca.

Daniel entiende que el espíritu de la muerte es uno solo. Pone sobre la mesa algunas estatuillas. Las retira de los estantes y los altares. La mayoría están hechas en hueso, material que contiene una energía especial. Otras son de palo santo, materia prima que usaban los indios.

“Depende cómo lo ve cada uno. Hay gente que me dice para ellos el santito es de acá, es correntino y yo le digo que está bien, es correntino. En el caso del monje, el espíritu del señor de la muerte se manifestó en él y a partir de ahí viene toda la historia, pero los espíritus son universales. Ni de acá ni de allá”.                                                                               

***

En el libro “San La Muerte. Historias y rituales de una entidad cuyo reino se encuentra en la frontera entre las dimensiones de lo físico y lo espiritual. Un santo popular íntimamente relacionado con el misterio de la existencia humana”, escrito por Abel Brozzi y publicado por la editorial Colección Hermes, se cuenta la historia de otra manera. Transcurre, igual que lo relatado por Daniel, cuando los jesuitas son expulsados de América y las misiones destruidas:

“Los sacerdotes jesuitas habían desarrollado una importante obra de conversión sobre los indios guaraníes, quienes asimilaron la fe cristiana y ayudaron en la construcción de muchos templos.(…). Los indios, librados a su suerte, se apoderaron de muchas imágenes religiosas que ellos mismos habían tallado exquisitamente en madera. La tribu de los Gucaras sustrajo, entre otras cosas, un tríptico en donde se representaba la Tentación de Jesús en el Templo de Salomón en el que aparecen las figuras de Jesús, el diablo y la muerte.

Dispersos por la selva que era su refugio, se separaron en tres grupos repartiéndose las figuras para rendirle culto a su manera. Así nacieron San Diablo, el Señor Jesús y San La Muerte.”

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***

“En todos los cultos figura la muerte”, dice Daniel, cruzando sus piernas flacas mientras hace correr el mate entre los presentes. “El único culto que lo rechaza es la iglesia católica, porque el budismo lo acepta como tal. No lo ven como San La Muerte, pero es el espíritu. Sin ir más lejos, Colombia y Venezuela le rinden culto a los muertos. En México es un día de fiesta. Si nos remontamos más atrás todavía, en la cultura chamánica de los indios, los primeros que habitaron la tierra, se le rendía culto al dios de la vida y al de la muerte. Está en todas las culturas aborígenes. Es el primero que viene, cuida y vigila. Es a él al que le piden acceso al otro mundo. Entonces dejémonos de joder, si lo traemos de fábrica. El problema es el miedo.

Yo creo que tiene que ver algo con la parca. Está Dios, Alá o llamale como quieras. El poder superior que es la luz, es la vida. El santo es el secretario. Es la parte oscura. Pero que le haya tocado ese trabajo no significa que como entidad sea oscura”.

***

Todos los veinte de agosto la fiesta empieza temprano. El día anterior a la medianoche arranca el velorio que se extiende durante toda la noche. A las ocho de la mañana se abren las puertas y a las once se hace la procesión y se lo saca a pasear por el barrio. Se come asado. El Choripan y el vino están financiados por la alcancía en la que los devotos dejan dinero para el evento.

En 2010 en el santuario jardín de Victoria esperaba no más de cincuenta personas y terminaron siendo doscientas cincuenta. Llegaron fieles desde Rio de Janeiro, Camboriú, Uruguay y de Mar del Plata.

“Lo sigue desde la gente en el Chaco que no tiene para comer, los indios, hasta los de las más altas esferas”, señala Daniel: “Yo he atendido personas que viven en Nordelta. Hasta famosos. Todo muy solapdo. La gente humilde lo esconde menos.  Es distinto al Gauchito Gil, que es más de los pobres. El santo tiene otro público”.

***

El primero de septiembre de 2010 el diario La Gaceta de Tucumán publicó una nota titulada “Un devoto de San La Muerte sería el primer asesino serial en 39 años”. La bajada de la nota relataba lo siguiente: “El muchacho de 22 años se enfrentó a balazos con la Policía cuando pretendieron detenerlo en Buenos Aires. Le habría prometido a su deidad un crimen por semana si obtenía dinero y drogas. Tenía en su poder el arma que le habían robado a un policía federal. No declaró.”

Al poco tiempo varios canales, incluido el programa Policías en acción, se acercaron al santuario del barrio de Victoria. Buscaban un perfil de ese santo de los pibes chorros, del apóstol de la venganza, el que había llevado a Marcelo Alejandro Antelo, alias “Marcelito”, a ese raid de locura y muerte.

“Vinieron acá a hacer notas con todo el amarillismo y se comieron un garrón. Buscaban al santo de los pibes chorros y no encontraron nada de eso, sino un tipo normal. Además, ¿un chorro qué le puede pedir? protección. Lo mismo que puede pedirle cualquiera. Que cuando salgamos a la calle no nos maten. En las cárceles se rinde más culto a San Jorge que al santito.”

Sin embargo, Daniel no esconde que la relación entre el bien y el mal, así como en la vida, en el culto a San La Muerte es estrecha, parte de una decisión constante, una postura ante la vida. En todo lo que sucede, en todo lo que es, hay parte de bien y de mal.

“Es la gente la que es buena o mala. Hay casos de médiums o brujos más oscuros. Hay gente que se especializa en cosas negras. Yo mismo hice esos trabajos en otro momento de mi vida, pero hoy no. Dejé de hacerlo porque es parte del aprendizaje. Yo lo tomé como que era una pieza de mi crecimiento personal. Para poder trabajar con luz tenía que conocer la oscuridad. El santo puede ser oscuro o luminoso. Tiene que ver con como lo tomes, lo que vos hagas con él.”

Así lo explica, mientras camina por el pasillo hasta el frente del santuario con el mate en una mano y el termo bajo el brazo, mientras Dadga corre y salta, y él mira el parque con el pasto recién cortado repleto de flores y plantas.

 

Sergio Delbreil y Sebastián Pujol.

 

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