América Latina en su laberinto: ¿cómo quebrar la dependencia (semi)colonial?

Para algunas corrientes de pensamiento la historia nunca se repite, es lineal, avanza en un sentido progresivo; para otras en cambio, el tiempo es cíclico y lo que parece un punto de llegada es en realidad, el retorno al punto de partida. Otra forma de pensar la historia, es a partir de avances y retrocesos constantes, donde los pueblos transitan ciclos similares, pero con las particularidades de cada momento. Más que transitar en círculo, se trataría de caminos con formas espiraladas. Por momento, la historia parece repetirse en América Latina. El retorno constante a políticas de entrega de la soberanía nacional invita a preguntarnos cuáles son las causas de la dependencia regional de la cual pareciera -200 años después de las luchas por la emancipación- que no nos podemos desprender.

Hagamos un repaso por la historia. La condición periférica y dependiente de nuestra región se inicia con el proceso de la conquista europea a finales del siglo XV. Europa avanza hacia la construcción de la modernidad de la mano de la conquista (y la expoliación) de nuestro continente y de sus recursos naturales (en particular el oro y la plata): modernidad y colonialidad, nacieron entonces, como fenómenos indisociables. A partir del siglo XVIII una vez consolidado el sistema capitalista Europa se convierte en el centro hegemónico mundial desplazando a Asia, hasta el momento la región más dinámica del globo. En aquel contexto, el proceso de colonización en América fue militar: mediante la ocupación territorial se estableció un complejo sistema de control político, económico, social y cultural.  

A principios del siglo XIX la crisis del orden colonial, la lucha de la emancipación y las guerras civiles dan inicio a una nueva etapa: se implanta una nueva forma de dominación bajo la conformación de un orden semicolonial que ya no implicaba la ocupación, sino que estaba sostenido por nuevos dispositivos de expropiación de la riqueza.  Inglaterra en América del Sur y Estados Unidos en América Central y el Caribe emergieron como las nuevas potencias neocoloniales. Pero, para lograr este objetivo existió un requisito fundamental: la fragmentación del territorio latinoamericano. El proyecto unificador de principios del siglo XIX presentado por Bolívar, San Martín, Monteagudo, Morazán, entre otros, fue derrotado por el accionar diplomático y militar de las potencias centrales en complicidad con las burguesías portuarias de cada una de las patrias chicas del continente. Sistemas políticos fraudulentos, Estados oligárquicos represivos, el libre comercio y la instauración de un modelo educativo y cultural eurocéntrico, fueron herramientas efectivas para el control de los aparatos productivos y los recursos naturales del continente (fundamentalmente alimentos y minerales).

A partir de allí, en América Latina emergieron diversas fuerzas sociales y políticas que cuestionaron este modelo de dependencia e intentaron construir proyectos en defensa de la soberanía nacional (y regional). La Revolución Mexicana, los gobiernos de Perón, Vargas, Cárdenas, Arévalo, Árbenz; más tarde la Revolución Cubana, el gobierno socialista de Allende, la Revolución Sandinista en Nicaragua, entre otros; y en el siglo XXI, los gobiernos populares en Venezuela, Brasil, Argentina, Bolivia, Paraguay, Honduras, Nicaragua. Sin embargo, estos proyectos no lograron quebrar las condiciones estructurales de dependencia. Luego de cada experiencia fallida (o interrumpida) nuevamente el retorno al orden (semi)colonial.

Desde el origen del capitalismo el carácter dependiente de América Latina (y del conjunto del mundo periférico) estuvo signado por la disponibilidad de recursos naturales estratégicos para el desarrollo interno de los países hegemónicos y también para su posicionamiento en el tablero mundial. Desde el oro y la plata necesarios para la acumulación originaria en la etapa colonial, hasta el petróleo, el litio (por nombrar algunos ejemplos) en el siglo XXI. En este contexto, ¿cómo hacer frente a tales apetencias? Ya en la etapa de la emancipación los libertadores habían advertido que sin unidad regional habría dependencia. La creación de los Estados Unidos del Sur –proyecto presentado en el congreso de Panamá en 1826 y retomado por Manuel Ugarte hacia el 1900- era considerado imprescindible para contrarrestar las fuerzas de los EEUU del norte. Así también lo entendió Perón al proponer la creación del ABC (Argentina-Brasil-Chile) como primer paso para la unidad suramericana; los gobiernos populares de principios del siglo XXI avanzaron en el mismo camino, tal vez como nunca en la historia, a partir de la construcción de organizaciones tales como la UNASUR y la CELAC. La agenda presentada en las Actas fundacionales de dichas organizaciones expresa objetivos claros y líneas de acción para avanzar en esta integración. Sin embargo, ¿en qué medida se constituyó una base social capaz de sostener estos procesos y lograr que no se constituyan en meras experiencias institucionalistas?

Ya lo advertía Juan D. Perón en 1954, solo se puede avanzar en la integración si se construye con la participación de los pueblos: la articulación de los movimientos sociales, del movimiento obrero organizado, de los estudiantes, de los campesinos, etc. no puede estar ausente; por el contrario, debería constituirse en una de las prioridades de la agenda internacional cuando América Latina retome las sendas integracionistas.  

Por otro lado, para lograr estos objetivos resulta necesario que los latinoamericanos nos asumamos como tales. Que conozcamos nuestra historia, que nos reconozcamos como pueblos con las mismas luchas. La educación liberal se ha ocupado de disociar las historias de las “patrias chicas” mediante una enseñanza de matriz eurocéntrica y colonizadora. Por eso, la transformación de la educación y la descolonización cultural son también imprescindibles en el avance de la integración, en la defensa de la soberanía y, por ende, en la desarticulación de los dispositivos que diseñaron –y aún sostienen- la dependencia regional.

 

Mara Espasande.

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