Rodolfo Walsh, producto de su tiempo

Para que una semilla germine se requieren una serie de condiciones básicas. La mayoría de las plantas precisan agua y oxígeno. Pero para crecer altas y fuertes necesitan sobre todo de una tierra fértil. Si se conjugan esos tres requisitos la vida se abre paso. Simplemente es cuestión de que la semilla esté en el lugar justo.

Cuando se estudia lo sucedido en la Argentina desde el golpe militar de 1955 hasta la última dictadura militar en 1976 es posible llegar a la conclusión de que era el momento adecuado para que aparezca, como levantándose desde el barro de la historia, un personaje como Rodolfo Walsh, alguien que con su coherencia marcara un camino y cuya propia vida represente el drama de todo un país.

Una frase muy extendida cuando se estudia a un personaje de este calibre es: “Fue un producto de su tiempo”.

Sin embargo, hay una pregunta cuya respuesta nos abre un camino interesante de reflexión: ¿Rodolfo Walsh era un héroe, alguien sobrehumano, o simplemente una persona a la altura de las consecuencias de su tiempo?

Este interrogante nos dirige, cuál si estuviéramos poniendo en práctica la mayéutica de Aristóteles, a otro cuestionamiento, a indagar en nuestro momento histórico:

¿Cuál debería ser el producto de esta etapa que no toca vivir?.

El público de hoy al consumir medios de comunicación se encuentra más interesado en reafirmar sus prejuicios que en informarse. Necesitamos que alguien diga lo que queremos escuchar. La veracidad de la información es secundaria. Consumimos y creemos, solo lo que queremos consumir y creer.

En este contexto histórico, donde además tiene cada vez más aceptación la teoría del fin de las ideologías y en el que muchos compran el discurso de que ya todo está perdido, el compromiso con la verdad debe ser más férreo que nunca, aunque esa verdad contradiga nuestras opiniones.

Arturo Jauretche, en su libro Los profetas del odio y la yapa, dice lo siguiente: “Si todo es según el color del cristal con que se mira, conviene saber qué anteojos y anteojeras nos han puesto”.

Hay que desprenderse de los prejuicios, como si estuviésemos quitándonos esas anteojeras, para mirar con franqueza y transformarnos como sociedad.

Porque si bien las condiciones quizás no estén dadas para que maduremos, para que nos juguemos por cambiar en un momento en que nos dicen que no vale la pena, podemos todavía practicar la libertad aun dentro de las relaciones de poder.

Porque aunque las plantas para germinar necesitan agua, oxígeno y tierra fértil, hay otras que crecen aun en las peores condiciones, mutando si hace falta, abiertas a cualquier cambio que las haga desarrollarse.

Hoy quedó obsoleto el estereotipo de héroe tradicional que se jugaba entero por una causa y representaba a toda una generación. Por eso es importante mirarnos más de cerca y darnos cuenta que tenemos una responsabilidad con nuestro tiempo.

 

Sebastián Pujol

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